Lado B
Acapulco está de vuelta
En 2009 la violencia estalló en el país. Acapulco se convirtió en un foco rojo, la vacación cancelada y el sueño prohibido. Ya no se podía ir con tanta facilidad, y si se iba era a encerrarse. Una compañera de la universidad hizo su servicio social cerca del idílico puerto guerrerense; ahí conoció a un chico de preparatoria que le contaba que ya no salía de noche a la calle. Todo era en fiestas caseras, ir y encerrarse del búnker de la casa al búnker de la escuela y al búnker de la casa de algún amigo.
Por Aranzazú Ayala Martínez @aranhera
24 de abril, 2015
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Entre los saldos rojos de la fallida guerra contra el narco está Acapulco, que en 2009 se convirtió en una de las ciudades más violentas del mundo dejando atrás sus golden years como destino turístico por excelencia. Hoy la sociedad acapulqueña trata de recuperarse haciendo como que no pasa nada, aunque pasa, todavía pasa.  

Aranzazú Ayala Martínez

@aranhera

En 2009 la violencia estalló en el país. Acapulco se convirtió en un foco rojo, la vacación cancelada y el sueño prohibido. Ya no se podía ir con tanta facilidad, y si se iba era a encerrarse. Una compañera de la universidad hizo su servicio social cerca del idílico puerto guerrerense; ahí conoció a un chico de preparatoria que le contaba que ya no salía de noche a la calle. Todo era en fiestas caseras, ir y encerrarse del búnker de la casa al búnker de la escuela y al búnker de la casa de algún amigo. Las llamadas de los papás eran frecuentes: “¿dónde estás, ya llegaste, estás bien? No vayan a salir.”La rutina acapulqueña, para muchos, se convirtió en un peregrinar entre ambientes blindados huyendo de las calles. No fuera a ser que a alguien le tocara una balacera o un “levantón”. Y así la tradicional playa mexicana, la leyenda viviente de artistas, de famosos, de fiestas y de vacaciones familiares masivas, se borró de mi mente.

Era un lugar prohibido.

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Apenas hace unos días hubo un muerto ahí por Caleta, cerca de la famosísima Quebrada, donde los clavadistas ejecutan una caída épica mientras los turistas los observan. Justo en la Semana de Pascua, después de Semana Santa, la fecha tradicional en la que miles y miles de mexicanos peregrinaban a la playa guerrerense. Acapulco se vació por años hasta hace poco: con la intensa campaña mediática de insistencia de que el lugar es seguro otra vez, los turistas han regresado.

¿Cómo es volver al legendario puerto cuando los medios dicen que ya no pasa nada, que todo está bien, después de años de terror? Mi primer alerta, antes de que comenzara la guerra contra el narco de Felipe Calderón, fue una noticia justamente en Acapulco, cuando aventaron unas cabezas a la pista de baile de un centro nocturno. Y después cuando otra cabeza apareció flotando desde las olas hasta la arena de la playa.

Acapulco fue famoso en sus golden years, atrayendo artistas de todo el mundo, el destino vacacional ideal hollywoodense, para después dividirse entre el favorito de los habitantes de la Ciudad de México que iban en masa a las playas más populares, y un destino de élite, con artistas sinónimos de derroche como Luis Miguel y Roberto Palazuelos. Pero durante varios años la costa acapulqueña se vació por la inseguridad, y la ciudad ocupó el primer lugar en la lista de las más violentas del mundo, desbancando por primera vez a Ciudad Juárez, Chihuahua, y después compitiendo con San Pedro Sula, Honduras, y otras ciudades latinoamericanas por los tres primeros lugares. 

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Por casi siete años la ciudad fue un puerto prohibido, provocando una especie de morbo curioso. ¿Qué sentirán los que viven ahí? ¿Y los que ahí siguen, los que nunca pudieron irse?

Nos quedamos con el hermano de mi amiga que cuenta que al mejor amigo de una conocida suya de Acapulco lo secuestraron y apareció muerto, nadie sabe nada, nadie supo el porqué. Eso, dice, no tiene mucho. 

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Estamos en 2015. Apenas pasó el primer medio año de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, en la ciudad de Iguala, a medio camino entre Puebla y Acapulco. Parece que en 2015 la opinión pública ya dejó atrás la edad oscura del puerto. La vida nocturna ha vuelto junto con los turistas y los camarógrafos de Televisa que se acercan al atardecer a preguntarle a los visitantes qué opinan de la contaminación de un muelle que será retirado de la playa. No mencionan la persecución que terminó con un muerto y un herido, a unos metros de la avenida la Costera, el jueves de la semana de Pascua, cuando todavía cientos de turistas abarrotaban hoteles, playas y centros nocturnos. Tampoco hablan de la entrada de 108 patrullas de la Policía Federal y el Ejército a la localidad de San Pedro Cacahuatepec, en el municipio de Acapulco.

En playa Bonfil, una playa pública llena de restaurantes en los que sólo se necesita consumir la comida para tener todo el día una sombra a pocos metros del mar, no pasan ni quince minutos para que un desfile de alrededor de 10 comerciantes atraviese las mesas ofreciendo desde llaveros, arreglos florales con base de coco hasta masajes y comida. La peregrinación se repite durante todo el día con nuevas personas. ¿Cómo sobrevivieron durante los años que Acapulco estaba en la lista negra de lugares por la violencia? Una señora que hace trenzas con tanta velocidad que parece furia, no responde directamente a la pregunta. Sólo dice que antes la gente salía menos, estaba escondida porque tenía miedo que le fuera a tocar una balacera, pero que ahora ya no. Además de hacer trenzas tiene otro trabajo como ayudante de cocina en un restaurante, por eso no le pegó tanto, dice. Pero los demás comerciantes que deambulan entre las sillas de plásticos, los lancheros que pelean por ganar a los clientes a los que llevarán a un paseo “a Pichiingue, a las casas de los artistas”, parece que hubieran estado ahí siempre. Como si nada malo hubiera pasado en la ciudad cuyo nombre se convirtió en lengua de serpiente, cabezas decapitadas y crueldad bajo el sol.

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En la zona del hotel Princess, llena de gigantescos hoteles de cinco estrellas y condominios de lujo, hay todavía una entrada privada a la playa. Una angosta franja de arena en terracería lleva a una cooperativa con baño y restaurante, con una entrada de apenas unas decenas de metros a la playa. 

A un costado de los señalamientos que marcan la separación de las playas de dos monumentales hoteles hay una especie de caja de tráiler de cemento, con escaleras que no llevan a ninguna parte, como aventada y algo chueca en la arena. La puerta de metal se cae y el extraño objeto está cubierto con graffittis. 

En frente, justo en el mar, hay una construcción de arcos rectangulares que se adentra a las olas, con una suerte de riel a la mitad encima. Es una estructura que lleva años peleando por existir, “cancelada” constantemente por las autoridades, inicialmente planeada para ser el muelle de un club de yates en Playa Hermosa. 

Para 2011, en el puerto se habían cerrado más de 20 accesos a la playa durante los últimos 25 años, de acuerdo al entonces presidente de la Unión de Vendedores Ambulantes y Caballerangos El sol naciente de playa Hermosa, Salvador Zacarías Flores, citado por el diario La Jornada. Pareciera que la existencia de ese retazo de playa se extinguirá pronto, pero todavía es uno de los respiros hacia el mar quedan libres y no han sido devorados por las propuestas de lujo que buscan atraer a turismo con dinero al puerto. Borrar cualquier cosa que parezca fea. Llenar el puerto de lugares exclusivos. Cercar, cercar todo, como están cercando al país los ricos y quedando la mayoría afuera. 

Aunque todo el día la playa estuvo llena y la gente parecía despreocupada, ajena a cualquier violencia, un grupo de ocho militares llegó a la cooperativa el jueves 9 de abril y estuvo inspeccionando la zona, como buscando a alguien. Al cabo de un rato se fueron y parece que la estrategia publicitaria funciona bastante bien: ninguno de los visitantes mostró señales de alarma. Sólo mi amiga y yo.

La ilusión de tranquilidad la refuerzan los medios con las declaraciones del alcalde, Luis Uruñuela Fey, y el secretario de turismo Netza Peralta Radilla, quienes dijeron que para inicios de las vacaciones de Semana Santa, los primeros días de abril, la ocupación estaba casi al 91 por ciento, y para la semana de Pascua llegaba al 78.8 por ciento.

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Al buscar en las noticias locales, las cosas no pintan tan bien como en el discurso. El diario local “El Sur” da cuenta de un asalto en La Costera, la avenida principal del puerto, que conecta las playas más tradicionales con las modernas y las zonas de lujo, además del asesinato de un hombre y dos mujeres heridas con armas de fuego, “en distintos hechos de violencia”. 

El sábado 11 de abril hubo tres ejecutados y cinco heridos en varias colonias del puerto, y un día antes las autoridades de la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC) de la comunidad La Concepción de Acapulco denunciaron que sigue el hostigamiento contra su coordinador, José Isabel Morales. Para el cinco de abril una nota de El Financiero se titulaba “Fin de semana violento en Acapulco deja 11 muertos”, y estaba acompañada de una foto de militares en una de las avenidas de la ciudad.

Pero no nos tocó ver nada de eso. Muchos turistas parecían desentendidos, como si estuvieran flotando en otro espacio. Una hojeada rápida a cualquier medio local demuestra que la gente sigue muriendo asesinada, que la gente sigue siendo violentada por quien sea: por civiles, por militares. Da la impresión que todos quieran dejar eso atrás y aunque siga palpitando la violencia en cada rincón del puerto, nadie quiere voltear a verla. Ya no hay balaceras, ya no está tan fea la cosa, todos sigan su vida feliz. Además, en época electoral, ¿quién va a querer pensar en el lado sangriento de Acapulco?

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Parece que en Acapulco las dos realidades que conviven en el país se viven todavía con mayor fuerza, y que el discurso de los funcionarios, antecedidos por Felipe Calderón quien dijo que los únicos “shots” que iban a recibir los turistas eran de tequila, sigue vigente y todavía con mayor fuerza. Playa Hermosa es la muestra de lo que parece buscar el gobierno local y también el gobierno federal: privatizar todo, encarecer todo, construir un mundo accesible sólo para los ricos y acabar con las pocas iniciativas de hacer las cosas distintas que todavía existen. Silenciar la realidad de violencia que no ha cesado con el presidente Enrique Peña Nieto pero de la que se habla aún menos que en el sexenio presidencial anterior. Y también habla de la realidad que muchos mexicanos prefieren ignorar. Una nota de CNN México publicada el tres de abril inicia diciendo: “Sin preocuparse demasiado por el proceso electoral, la inseguridad o la advertencia de una posible toma de la Autopista del Sol por protestas… turistas abarrotan las diversas playas del puerto de Acapulco, uno de los principales balnearios de México.”.

Y como dice el spot de radio de Héctor Astudillo, candidato del PRI a la gubernatura de Guerrero, cuya campaña se basa en recuperar la seguridad, el turismo y la tranquilidad, “los problemas del país no empezaron en Guerrero, pero casi acaban con él”.Lado B. Periodismo 3.0

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Autor Lado B
Aranzazú Ayala Martínez
Periodista en constante formación. Reportera de día, raver de noche. Segundo lugar en categoría Crónica. Premio Cuauhtémoc Moctezuma al Periodismo Puebla 2014. Tercer lugar en el concurso “Género y Justicia” de SCJN, ONU Mujeres y Periodistas de a Pie. Octubre 2014. Segundo lugar Premio Rostros de la Discriminación categoría multimedia 2017. Premio Gabo 2019 por “México, el país de las 2 mil fosas”, con Quinto Elemento Lab. Becaria ICFJ programa de entrenamiento digital 2019. Colaboradora de “A dónde van los desaparecidos”
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