La Dinastía del Tarahumara
Por Aranzazú Ayala Martínez @aranhera
26 de septiembre, 2014
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“Fácil de escribir, fácil de decir y difícil de olvidar”, un hombre que lleva más de 30 años forjando su leyenda desde un gimnasio perdido en esta angelical urbe. 

Aranzazú Ayala Martínez

@aranhera

[dropcap]I.[/dropcap]

El gimnasio es una luz en medio de la calle oscura, olvidada por los programas de alumbrado público, con el asfalto agrietado, escupiendo agua estancada, olvidada también por los programas de bacheo. Todos quedaron lejos del gimnasio.

El lugar, que parece una enorme bodega con unas escaleras a la izquierda que llevan a un segundo piso donde están vestidores y oficinas, es un castillo. En ocho años se ha convertido en la fortaleza de una Dinastía, y Dinastía con mayúscula: tres generaciones, una familia de sangre y una familia forjada en los entrenamientos y en la profesión.

Aquí la lucha libre deja de ser el estandarte de lo kitsch y el folklore, y se revela como lo que es: una disciplina y una lucha contra la impaciencia, contra la mediocridad. 34 años se dicen en unos segundos pero se reflejan, profundos, en los ojos oscuros del profe Salvador. Su mirada sonríe de orgullo, un orgullo calmado, un orgullo seguro y firme. Respaldado por cientos de muchachos, por hijos, por nietos y un sobrino nieto, y ahora “una camada de ocho chamacos” que está por venir. Ocho niños más de la Dinastía que empiezan a entrar al mundo de las Luchas –también con mayúscula, porque para el profe y su Dinastía, las Luchas son el mundo.

Aunque todavía está en el Centro Histórico de Puebla, el gimnasio de “El Tarahumara” se sale por mucho de la parte turística. La calle que lo cobija no tiene más negocios que un taller mecánico que para la hora que empiezan los entrenamientos, entre ocho y ocho y media de la noche, está casi siempre a punto de cerrar, con algún autobús urbano estacionado afuera. Desde hace ocho años es un espacio propio del profe Salvador, que en el mundo de la lucha libre mexicana es conocido desde hace décadas como “El Tarahumara”.

¿Por qué ese nombre? Pues porque quería algo mexicano. Algo que fuera fácil de escribir, fácil de decir pero difícil de olvidar, y así llegó a sus manos un folleto de la Sierra de Chihuahua y se bautizó como luchador en honor a los rarámuris del estado norteño. Hoy ese nombre es un referente y sinónimo de calidad, de entrenamiento duro. “Ahora sí que, como dicen, son muchos los llamados pero pocos los elegidos”, dice El Tarahumara mientras observa cómo los nueve muchachos que están entrenando el lunes, ya pasadas las ocho de la noche, brincan sobre las espaldas de sus compañeros. El que termina se pone hasta adelante, rodeando el ring, y así van hasta completar varias vueltas.

Los entrenamientos son tres veces por semana, y las dos horas parecen interminables. Son un laberinto de brincos, piruetas, fuerza y estiramientos, de tensión, de aguantar, de endurecerse. De no caer, de seguir, uno tras otro, de apoyarse aunque se lastimen, de ponerse de pie aunque estén boqueando. Entrenar con El Tarahumara no es cualquier cosa.

Muchos llegan media o una hora antes a hacer pesas. Después, cuando están todos, corren alrededor del ring. El profe los ve en silencio con esa mirada profunda, sumergida entre los pliegues de su rostro moreno. Tiene un arete en la ceja izquierda, otro más en el oído y lleva el cabello negro y largo, con un mechón blanco al frente, recogido con una liga. Se sabe exigente y lo dice, lo repite, pero con resultados.

El 24 de agosto la comisión de box y lucha del ayuntamiento de Puebla apoyó a su gimnasio para hacer una lucha pública en el zócalo de la ciudad, en el centro del pleno domingo inundado de calor y de llamas que caían del cielo envueltas en rayos de luz. Ni así dejó de llegar la gente que, aunque no conocía a casi ninguno de los chicos de la primera lucha –cuatro debutaron ese día– se apasionaron, gritaron, defendieron, aplaudieron y chiflaron. Familias completas llenaron los escalones y el piso de piedra de la parte de sombra y debajo del sol para ver pelear a la Dinastía.

 

[dropcap]II.[/dropcap]

Que no se vean las caras, que no se sepa quién es quién. La identidad secreta sigue siendo la ilusión intrínseca, el misterioso heroísmo del hombre detrás de la máscara, el juego de no saber. Para entrenar no usan máscaras, y es difícil reconocerlos a menos que sea por sus voces, que se apagan entre la música que sale de algunas bocinas ocultas, el techo alto color verde pistache y los gritos ocasionales del profe Salvador, dirigiéndolos.

Por momentos El Tarahumara parece una estatua. Sabe lo que hace, pero también sabe que tiene una gran responsabilidad. Para que un muchacho debute, explica, pasan al menos tres años. Y son 36 meses de ejercicio, de esfuerzo, de hacer sacrificios, de entregarse. Muchos tienen trabajos, algunos incluso tienen que mantener a sus familias, pero son constantes con su pasión. Si después de esos tres años cuando debuta a uno de sus chicos se da cuenta que no está listo, lo regresa. Exigente es lo que suena y resuena, pero la exigencia choca con su mirada bondadosa que no se separa de los movimientos de los jóvenes –el menor de los que están en el ring tiene 14 años.

Entre quienes actualmente son parte de la Dinastía están El Asturiano, ya profesional a nivel de la Arena Puebla; Saga, familiar de El Tarahumara, Black Terror, que cambió las rastas y perdió una novia por la máscara, las botas de charol y el chaleco con parches de bandas punk y estoperoles, y Menergy, con quien hace pareja. Ellos dos lucharon hoy como rudos; Black Terror era técnico pero su sueño era ser de los otros, de los que se ganan las mentadas del público, y hoy por fin debutó del lado donde siempre quiso estar.

 

[dropcap]III.[/dropcap]

Hoy es el día de luchar. Desde las 12 del día el profe Salvador y sus hijos comienzan a montar el ring en la calle frente al mercado de La Merced. Toda la cuadra queda cerrada desde temprano, flanqueada por los equipos de dos sonideros que este mismo miércoles, más tarde, tocarán: el Sonorámico y el Samurai.

El Tarahumara y su equipo terminan de montar todo y se regresan al gimnasio, que está a sólo tres cuadras del pequeño mercado, que tiene sólo un par de locales abiertos. Es como una ciudad fantasma con pisos grises y luces parpadeantes, que vuelve a la vida sólo este día con el color de los luchadores.

Desde las 3 de la tarde ya están algunos de los muchachos en un local vacío, cuya cortina de metal blanco platinado corren hacia abajo, sin cerrarla del todo, para que no sea vea a los luchadores. Los más jóvenes son los más recelosos con sus rostros. Algunos, como El Tarahumara, luchan sin máscara, pero para los que cubren sus caras la tela de colores que deja sólo espacio para la boca y ojos, es su segunda piel, su alter ego, el pilar del personaje que se han creado a base de entrenamientos y trabajo de años. La máscara es su doble.

Para forjar su nueva identidad como luchadores no están solos: los que se integran a la Dinastía son asesorados por el profe Salvador, que les ayuda a elegir un nombre que se quede, un nombre sólido con base en la personalidad de cada uno, en cómo son arriba del ring y su forma de luchar. También los orienta para elegir sus trajes y sus máscaras: además de entrenarlos físicamente es su guía en la nueva vida como luchadores, en esta vida paralela que no se separa de lo que son día a día, de sus trabajos y sus familias.

Los primeros en el ring son los payasos, que se ponen guantes de box y se burlan, hacen reír, alburean. Se convierten en la porra de “los rudos” y el resto de la lucha, casi tres horas más, se la pasan mentándole la madre a la porra de “los técnicos”, que está parada justo donde entran y salen los luchadores. Las groserías y las porras son parte de la dinámica, de la camaradería y hacen el ambiente. Así animan a quienes les da pena gritar y seducen a los transeúntes para que entren al ambiente.

Muchos de los luchadores que están al principio son novatos, llevan apenas dos o tres veces en el ring y no son conocidos, así que la “pelea” entre las dos porras los anima, los adentra y la timidez desaparece. Las más de 150 personas, familias con niños, y curiosos que se van sumando, son parte de la escena de golpes y caídas dentro y fuera del cuadrilátero. Los luchadores salen del ring, vuelan, caen al suelo y siguen la lucha, conscientes de su protagonismo.

Las primeras luchas son breves, transcurren entre aplausos, uno que otro chiflido y la lluvia que viene y va. Para el tercer grupo de luchadores sale el sol otra vez y empieza a calentar con fuerza dentro de la lona blanca que tapa toda la alargada calle. Los primeros tres grupos son los más jóvenes: Menergy, Black Terror, Saga, varios de los que hace poco debutaron ya oficialmente como parte de la Dinastía. Adentro del mercado hay dos hombres, miembros de la comisión de box y lucha libre del ayuntamiento de Puebla, que vienen a verificar las licencias de los luchadores, y si efectivamente el que va a luchar es quien dice la credencial: todos necesitan tener una credencial que obtienen luego de un examen que los certifique.

Los que ya tienen más experiencia caminan como si estuvieran arriba del ring, a más de un metro elevados sobre su público, ceremoniosos, deslizantes. Se mueven con cautela pero como si danzaran, como si posaran constantemente cuando caminan. La vida diaria, el ir de un punto a otro, el saludar, el agacharse bajo la cortina de acero para entrar al vestidor, todo es como subir y bajar del ring, un saludo ceremonioso, un ritual de gestos y ademanes. Los luchadores ya consagrados viven todo el tiempo como luchadores, pero El Tarahumara no. El profe Salvador está tranquilo, platica con todos, entra y sale del vestidor, carga a un bebé, se asoma a la calle.

Los primeros equipos se ven más nerviosos. Pese a que la respuesta del público no es tan estridente –de no ser por los payasos y la porra de los técnicos–, cuando bajan del ring y entran al mercado, la gente los detiene para tomarse fotos con ellos y un grupo de niños con libretas en mano les piden, emocionados, su autógrafo. “Una foto pa’l feis”, dice una niña que no rebasa los 12 años.

La última lucha es la estelar. Después de desaparecer un rato dentro del vestidor ya no es el profe Salvador y emerge debajo de la cortina de metal como El Tarahumara, la leyenda de la lucha libre. Trae el cabello suelto, no trae camisa y se pueden ver sus tatuajes, tres caras en el pecho y otros en la espalda que alguna vez fueron de tinta negra que es ahora verdosa y se diluye en su piel morena, cubierta con los rizos negros que le caen desde la frente y que se quita con movimientos de cabeza constantes.

Aunque su actitud de calma y serenidad no desaparece ni un momento, cuando se quita la camisa y se pone los pantalones de cuero negros con letras rojas y se suelta el cabello es otro, es feroz, es imponente, es rudo. Cuando sus pies, con tenis deportivos, caminan sobre el suelo, sus pasos son pausados, pero sobre el cuadrilátero cuando sus cimientos son unas botas negras, pisa fuerte. Duro. Sin titubear. Brinca y golpea con más vigor que los muchachos que seguirán la memorable línea de su Dinastía, forjada primero que nada por el nombre que se ha hecho en 34 años como luchador.

El Tarahumara es profesional, su pantalón tiene en la pierna izquierda las letras CMLL, las siglas del “Consejo Mexicano de Lucha Libre”, pero cuando se le pregunta quiénes de sus muchachos son profesionales, responde que todos. Los que quedan y aguanta el entrenamiento son, a sus ojos, profesionales porque viven para luchar, porque se entregan como él. Aunque su lucha de cuatro rudos y cuatro técnicos –entre los que está el Asturiano, que forma parte de su Dinastía y del Tarahumara’s gym– es fuerte y más dinámica que las otras, más intensa tanto entre los luchadores como en la afición, no para en ningún momento. Cuando recibe las mentadas de madre de la porra de los técnicos les responde con una sonrisa entre burlona y coqueta y un movimiento de cadera de arriba hacia abajo, doblando las rodillas y a veces moviendo los brazos un poco de atrás para adelante. Está concentrado, no pierde la vista de sus compañeros rudos pero tampoco de sus rivales, y a la vez está alerta, atento de la afición. Para esa hora, después de las seis de la tarde, el cielo se nubló otra vez y la lluvia regresó más intensa, pero la gente lo único que hace es acercarse al ring, nadie se va.

 

[dropcap]IV.[/dropcap]

Faltan 20 minutos para las siete de la noche cuando todos bajan del ring. El réferi alza los brazos de los ganadores, y ambos equipos, primero los técnicos, se toman de las manos y levantan los puños, mirando hacia sus porras para festejar y saludarlos. Después de los aplausos, gritos y las últimas mentadas, los luchadores bajan. No ha pasado ni un minuto para que el cuadrilátero esté lleno de niños que aprovechan antes de que lo desmonten para jugar a ser luchadores, brincar y azotarse contra las cuerdas.

Después de más de seis horas de trabajo, desde montar el ring hasta luchar, coordinar a los equipos, hablar con los del ayuntamiento y cuidar que todos estén bien, termina el evento. Es momento de las fotos con el público, de seguir firmando libretas, de posar con los niños. Casi todos los luchadores alzan los brazos mostrando el músculo cuando les piden tomarse una foto con ellos, y aunque se ven cansados están contentos. La mayoría se cambia rápido y se va, no hay tanta celebración entre ellos pero parecen satisfechos. Los payasos y los de la porra técnica siguen afuera, tomando cerveza y bromeando.

Afuera todavía llueve. Dentro del mercado hay una masa de gente que espera para tomarse fotos y pedir autógrafos a los luchadores, a los novatos y a las figuras ya reconocidas. La Dinastía es fiel a su creador. Y sigue conservando los principios que el profe Salvador eligió hace casi tres décadas cuando escogió su nombre: “fácil de escribir, fácil de decir y difícil de olvidar”.

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Aranzazú Ayala Martínez
Periodista en constante formación. Reportera de día, raver de noche. Segundo lugar en categoría Crónica. Premio Cuauhtémoc Moctezuma al Periodismo Puebla 2014. Tercer lugar en el concurso “Género y Justicia” de SCJN, ONU Mujeres y Periodistas de a Pie. Octubre 2014. Segundo lugar Premio Rostros de la Discriminación categoría multimedia 2017. Premio Gabo 2019 por “México, el país de las 2 mil fosas”, con Quinto Elemento Lab. Becaria ICFJ programa de entrenamiento digital 2019. Colaboradora de “A dónde van los desaparecidos”