Alfredo Casas | Frontera D
El cinturón que la rodea hace fiel el nombre a su labor y a la idea que de él tenemos en nuestro inconsciente colectivo. En este caso apretando y castigando a la población mediante el aire que se respira en la ciudad. Dhaka es una de la ciudades más contaminadas del planeta y, según la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist, uno de los peores lugares para vivir en el mundo.
La periferia es un cinturón de fabricas de ladrillo que día a día inundan la atmósfera y los pulmones de la población. Son los contaminantes que se generan en la producción del ladrillo. Es una industria rudimentaria que utiliza madera y carbón, pero también neumáticos o cualquier otro material que sirva para calentar los hornos. Se calcula que existen alrededor de unas 8.000 de estas factorías en Bangladesh. La mayoría son ilegales.
La fiebre del ladrillo no solo ha tenido efectos severos en los niveles de contaminación y en la salud de la población, causando una media de 15.000 muertes prematuras al año, sino también un gran impacto en el paisaje. El boom de la construcción ha dejado miles de edificios a medio construir, inmensas moles de cemento que coronan el skyline de esta caótica capital asiática. Aunque muchos están sin terminar, sus plantas se encuentran repletas de negocios o en muchos casos de talleres textiles en los que se cosen muchas de las prendas que se usan en Europa y en el resto de Occidente. En sus apenas 815 kilómetros cuadrados alberga a más de quince millones de personas y cada año absorbe nuevas oleadas de migración.
Faruk levanta sus ojos por detrás de la máquina de coser en la que suele pasar unas diez horas al día. Sus diminutos dedos mueven el hilo como si se tratara de uno de los juegos que practicaba en su aldea con sus amigos. Pero tiene claro que esa época ha terminado. Ahora su vida es trabajar de sol a sol en un taller en la duodécima planta de uno de esos esperpentos de hormigón. Hace unos meses que vino a la ciudad con su familia y que ha tenido que empezar a trabajar para ayudar a la economía familiar. Sus padres vivían de la pesca. El cambio climático ha dejado al río sin peces y llevado a miles de familias a emigrar a la ciudad.
Como en el edificio de Faruk, los miles de trabajadores del Rhana Plaza se encontraban trabajando en precarias condiciones de seguridad que el gobierno no se preocupó de atajar. La corrupción es uno de los principales problemas de la ciudad y el Rhana Plaza era un edificio comercial que pudo ser utilizado para otros fines porque su propietario era un dirigente local de la gobernante Liga Awami.
Mohammed sabe que no está bien que chicos como Faruk trabajen y sobre todo en condiciones tan penosas. Él mismo fue uno de esos chicos en el pasado. Ahora, a sus escasos treinta años, está a cargo del taller. No se lamenta de su sino, pero claramente remarca que no quiere este futuro para sus hijas: “Tengo dos niñas y no quiero que vivan esta experiencia. Pero para muchos chicos que vienen de las aldeas este es su único camino, como fue el mío”. En su sonrisa se nota la tristeza de verse sin opciones. Sin embargo pide a los occidentales apoyo para que los encargos no dejen de llegar a Bangladesh: “lo que necesitamos es que los europeos se impliquen en la seguridad de los talleres y controlen el negocio desde aquí. Si dejan de llegar pedidos moriremos de hambre, no tenemos otra opción”.
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