Liz Ruiz
La verdad es que ha habido tantos sucesos lamentables últimamente con respecto a la sexualidad, los derechos de las mujeres, las sexualidades no heterosexuales, el patriarcado, la misoginia, la violencia y demás, que me fue difícil elegir un tema para tratar esta quincena: entre la defensa por el “eeeeeh puto” más férrea que por la democracia, los derechos o la salud; los panistas misóginos que cruzan el continente para ejercer su violencia sexual; los famosos panazis (esos jóvenes panistas neo-nazis que se disculpan por serlo); o la maestra de Cuernavaca golpeada por integrantes de la Unión Nacional de Padres de Familia por ser abiertamente lesbiana (perdón pero a la derecha le ha gustado la primera plana esta semana, yo qué culpa). Como no me decidía, mejor no quise tocar ninguno de estos temas (una tiene su corazoncito y luego también necesita agarrar fuerzas para encarar el panorama). Así que el día lunes prometí dedicar este artículo a cierta parejita enamorada que tuvo a bien platicarme su historia, no solo contribuyendo con su lindo y reciente amor a amor-tiguar mi hastío por la violencia, sino también saciando amablemente mi innata curiosidad por las vidas ajenas.
A él ya lo conocía. Había convivido con él una sola vez, entre copas, y recuerdo que era amable pero muy serio. Seco, más bien, como de esas personas (por lo general son hombres…. Ni modo, el género siempre presente) impenetrables, con todos sus sentimientos muy por debajo de la piel. A ella jamás la había visto. Llegué a la casa donde teníamos la cita y nos pusimos a trabajar. Entre los preparativos del proyecto que estábamos desarrollando en ese momento, recuerdo que noté la poderosa atención que él le ponía a ella. Ya saben: cualquier movimiento es digno de ser observado, cualquier comentario merece una carcajada, las miradas cómplices parecen ser su principal lenguaje. Supuse que era mi imaginación hasta el momento en que se dieron un beso, entonces di por hecho que eran pareja y dejé el asunto por la paz.
La verdad es que fue una experiencia muy disfrutable para mí. Bonita, esa es la palabra que mejor la describe. Era una escena bonita, con un amor tierno, respetuoso y fascinado por la novedad y el súbito encuentro con cupido un buen día en el salón de clases.
Esta idea me lleva a una contradicción de nuestra sociedad: el amor es lo más bello y sublime del mundo, pero no se vale así nomás sino que tiene que cumplir con una serie de requisitos para que sea bien visto y respetado por las personas que rodean a la pareja. Aunque formen pareja, no son solo ellxs quienes tienen injerencia en su relación, sino que tiene que pasar por la aprobación de familiares, amistades, patrones y demás. Para ser lo más espiritual y trascendente del mundo, el amor está muy burocratizado y estigmatizado.
Así que mi conclusión es que si nos podemos enternecer con las historias rosas de diferentes parejas heterosexuales enamoradas, tenemos la misma capacidad para solidarizarnos y empatizar con todas aquellas historias de amor diverso. ¿Amor diverso? Qué locura la nuestra: amor diverso contra amor normal.
Muchas gracias por leerme, y muchas gracias a la linda parejita que me permitió escribir sobre amor heterosexual sin sentirme culpable jajajajaja.