A pocos días del comienzo del Mundial, las protestas y los conflictos contra las fuerzas policiales son constantes. Sí, por un lado, se hace propaganda de las bellezas de Brasil y lo rico de su cultura, por otro lado el mundo ha conocido las contradicciones de este país y la represión estatal, y se ha solidarizado con el pueblo brasileño y la juventud que lucha por un cambio profundo en esta sociedad.
En junio del 2013, cuando las cámaras internacionales que transmitían la Copa Confederaciones voltearon a registrar las protestas de la juventud, enfurecida con las tarifas del transporte y una rabia acumulada en décadas o siglos de opresión, represión y corrupción, el mundo comenzó a percibir que el país gobernado por Lula y Dilma no era el paraíso de crecimiento económico y progreso social, como se decía. Las protestas fueron atendidas con mayor violencia policial, lo que provocó que las siguientes fueran más grandes, hasta despertar un clima de levantamiento nacional que puso al país en la agenda de las protestas multitudinarias, como lo fue Turquía y los países de la llamada Primavera Árabe. «El gigante despertó» fue una frase que ilustró ese momento, la cual de alguna manera también fue utilizada con carácter mediático y perdió su significado. El hecho es que los movimientos populares alcanzaron victorias sorprendentes, obteniendo –por ejemplo– la cancelación del alza de las tarifas en el transporte público. La gente se movilizó para defenderse de la violencia estatal, muchos profesionales como periodistas y abogados denunciaron violaciones al libre ejercicio de su profesión.
Pasado el mes de junio se reafirmó que protestar no sólo es un derecho, sino que es una respuesta necesaria a las innumerables carencias sociales y opresiones cotidianas. Los bloqueos de carreteras, el ataque a edificios públicos y el rechazo a las fuerzas policiales se hicieron constantes. Tan constantes como la ausencia de condiciones dignas de vivienda, de atención hospitalaria, el asesinato de personas en operativos policiacos, la corrupción de alcaldes, las condiciones de trabajo, entre muchas más injusticias. Las protestas ha tenido una dimensión tan grande y difundida en todas las regiones y rincones del país, que los monopolios de la prensa han tenido que hablar más de lo habitual de dichos conflictos sociales.
Frente a esta realidad, lo más grave es que el Estado ha aplicado un patrón coordinado y orientado de violencia, que se puede sintetizar en propaganda de guerra, militarización de la sociedad, criminalización de la pobreza así como el fortalecimiento de megaproyectos para transferir los recursos públicos a grandes grupos económicos instalados en la burocracia estatal. Vivimos la “colombianización” de Brasil –el término ha servido para criticar la violencia del Estado mexicano–, no es otra cosa que el terrorismo de Estado, el cual busca crear pretextos para dar inicio a un nuevo proyecto de intervención político-militar por parte de los EEUU e inaugurar un nuevo capítulo de la militarización de la sociedad.
Un buen ejemplo de esto es la comandancia –desde las Fuerzas Armadas de Brasil– de las Fuerzas de Paz en Haití (la MINUSTAH), desde 2004. Desde entonces, patrones semejantes de intervención militar han sido practicados en regiones pobres del propio Brasil. Aunque no sea el único, el caso de Río de Janeiro es emblemático.
La propaganda de guerra aplicada en el país se basa en construir la imagen del enemigo antes de desatar tropas de élite y los operativos militares. Los policías se encargan de promover balaceras en barrios pobres y, para ellos, los presuntos “traficantes de drogas” (así clasificados por ellos) no merecen protecciones jurídicas tales como la presunción de inocencia, el debido proceso y la prohibición de la tortura. Si algunas personas son baleadas, la justificación más probable es que ellas tenían antecedentes penales y vínculos con las redes de tráfico de drogas. En todo caso, el agente implicado en un asesinato nunca será castigado.
La guerra también se aplica a través de la búsqueda del apoyo de la población para los operativos militares. Para esto, los monopolios de prensa influyen en demasía. La historia repetida una y otra vez en la televisión de que las fuerzas oficiales están retomando el poder del Estado en regiones controladas por los traficantes. Además de la movilización social para apoyar a la guerra contra las drogas está hecha por los medios masivos, tal y como lo muestra la película Tropa de Élite, que tergiversó la novela del mismo nombre para legitimar el actuar de los grupos policiacos.
Esto no ha tenido los efectos pretendidos. Los constantes operativos policiales en los barrios pobres provocan muerte de niños y jóvenes, mujeres trabajadoras y ancianas, en fin, personas a las que ni en la distancia se les puede considerar culpables. Grandes operativos militares que terminaron en masacres acontecieron en la historia reciente: en el penal Carandirú, ubicado en en São Paulo, el 2 de octubre de 1992 (111 muertos); la masacre de mayo de 2006, también en São Paulo, una presunta reacción a ataques del crimen organizado (564 muertos); la “masacre del Pan”, durante los Juegos Panamericanos, en el conjunto de comunidades Complexo do Alemão, en Río, en junio de 2007 (44 muertos).
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EL PEPO