“Mando postales a Obama para que liberen a Pablo Ibar”, dice Francisco de Paula durante el congreso abolicionista de la pena de muerte en Madrid. Enseña una foto de Pablo y con gracioso acento malagueño añade: “No solo se las mando a Obama, también al Rey, al lendakari (presidente vasco) y a Margallo (ministro español de Asuntos Exteriores)”. Pablo Ibar es el único preso español que actualmente está condenado a la pena de muerte en Estados Unidos. Desde hace trece años vive en el corredor de la muerte de la penitenciaría de Raiford, en el Estado de Florida. Francisco de Paula es el presidente de la asociación Vida y Libertad, quien está constantemente organizando campañas para intentar absolver a presos, como Pablo, de la pena capital.
Francisco de Paula responde a las preguntas de pie, en los pasillos del Palacio de Congresos de IFEMA (Feria de Madrid), donde en junio del año pasado se celebró el 5º Congreso Mundial contra la Pena de Muerte. Entre sus brazos sostiene una carpeta repleta de trípticos con fotografías de varios convictos, algunos ya absueltos, otros aún cumpliendo condena. Uno de los liberados está a su lado, sentado en un banco junto a su mujer, embarazada. Viste con un traje gris y una camisa blanca con varios botones desabrochados. Se levanta para hablar con De Paula. A medida que se acerca se vislumbran los grandes eslabones de la cadena de plata que lleva al cuello, bajo las luces blancas de los focos del pasillo.
—¿Te acuerdas del primer sitio al que fuiste cuando te liberaron, Joaquín?, le pregunta Francisco de Paula.
—A Málaga.
—Eso, es. Fue en el año 2001, para organizar una exposición por el preso Mario Flores. Me acuerdo que cuando viste mi tierra desde el avión dijiste: “Yo me quedo aquí”.
Joaquín José Martínez, asturiano de origen, estuvo tres años de espera en el corredor de la muerte en Florida, pero logró salir porque se celebró un nuevo juicio en el que se le declaró inocente del doble asesinato del que se le había acusado. Hace doce años de su puesta en libertad. Ahora trabaja como informático en Valencia, aunque pasa mucho tiempo fuera de casa, yendo a congresos abolicionistas.
Francisco de Paula conoció a Joaquín José gracias a su padre, Joaquín Martínez. Al hablar de él cierra su carpeta, y comienza a recordar.
—La primera vez que lo vi fue en el año 2000. Estaba con una hucha en la Puerta de Sol, pidiendo dinero para sacar a su hijo de la cárcel. En una ocasión salió por la televisión y dijo que si todos los españoles daban un duro tendría dinero suficiente para pagar a los abogados que llevaban el caso de Joaquín. Me acuerdo de que una señora le mandó cinco pesetas en una carta (se ríe). Hubo historias impresionantes, señala De Paula.
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