Martín López Calva
Enojarse es fácil, pero enojarse en la magnitud adecuada, con la persona adecuada, en el momento adecuado eso es cosa de sabios»
Aristóteles (384 a.C. – 322 a.C.).
La gente en México está enojada. Enojada con un gobierno al que un porcentaje alto de los electores no votaron y que a pesar del amplio margen de diferencia con respecto al candidato que ocupó el segundo lugar y a la insuficiencia de las evidencias que se presentaron para invalidar la elección consideran un gobierno impuesto y no legítimo.
La ciudadanía en nuestro país está molesta. Molesta con un gobierno que dijo que iba a disminuir radicalmente la violencia y las muertes generadas por la llamada guerra contra el narco del sexenio anterior cambiando la estrategia pero no ha logrado resultados significativos y trata de hacernos creer que la violencia disminuye simplemente porque no se habla de ella en los medios de comunicación.
Los mexicanos estamos molestos con un gobierno que prometió recuperar el crecimiento económico con reformas estructurales profundas y una política distinta y audaz pero tiene a la economía nacional en un estancamiento mayor, no visto desde hace muchos años y del que parece no haber salida en el horizonte inmediato.
La sociedad está enojada. Enojada con un gobierno que prometió reformar radicalmente la educación, el sector energético y petrolero, las finanzas, las reglas fiscales, la salud y las telecomunicaciones hacia el fin de los monopolios privados, públicos o sindicales, hacia una democratización y una verdadera competencia con reglas claras y equitativas que acabaran con el dominio de los poderes fácticos establecidos y tolerados por el poder político, pero se ha quedado a la mitad del camino con reformas tibias en algunos casos, con indecisión o claudicación en la aplicación de los cambios en otros ámbitos, con propuestas reglamentarias contradictorias a las reformas constitucionales en otros más, con una aparente rendición ante las fuerzas que buscan restaurar el centralismo y el corporativismo que empezábamos a dejar atrás como nación.
Existen cada vez más manifestaciones de este enojo que crece y se generaliza frente a la indecisión, la inacción o la franca intención de retroceso que muestran las diferentes áreas del gobierno federal. Marchas, plantones, cadenas humanas, tuits, imágenes o mensajes en redes sociales, discursos políticos, arengas en la tribuna del senado o de la cámara de diputados, opiniones discusiones de la gente en reuniones privadas, etc. se multiplican de manera exponencial.
Pero como bien decía Aristóteles, enojarse es fácil. El problema de este enojo social está en la falta de precisión en sus destinatarios, en sus objetivos, en su intensidad y formas de expresión, en sus tiempos y en sus argumentos.
Porque el enojo que realmente es productivo, el enojo eficaz es el que se produce en el momento adecuado, con la intensidad adecuada y se dirige hacia la persona o instancia adecuada en una forma adecuada y con razones también adecuadas.
Este es el enojo que no estamos pudiendo generar y conducir los mexicanos de esta segunda década del siglo XXI que seguimos instalados en el enojo estéril e improductivo, el enojo visceral, el que sigue al que habla más bonito, a quienes nos parecen más progresistas o críticos, a los que hacen más ruido o tienen mayor popularidad.
De manera que resulta necesaria la educación del enojo, para poder generar en la sociedad una capacidad de enojo más inteligente, auténticamente crítica y prácticamente eficaz.
A partir del ya clásico libro Inteligencia emocional de Daniel Goleman se puso de moda en el terreno pedagógico el tema de la inteligencia emocional. Goleman tomó de Howard Gardner y su teoría de las Inteligencias múltiples la idea de las inteligencias personales –intra e interpersonal- y desarrolló a partir de ellas y como parte fundamental de la forma inteligente de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás, el concepto de inteligencia emocional y de educación de las emociones.
Goleman presenta algunos estudios desarrollados en el campo de las neurociencias para plantear la relación entre el cerebro emocional ubicado en la amígdala y el cerebro racional o reflexivo ubicado en la neo corteza cerebral, mostrando la forma en que el desarrollo de la reflexión y el análisis de las emociones que intervienen en determinadas decisiones y reacciones personales puede ir modificando la forma en que reaccionamos de manera espontánea y inmediata en situaciones de emergencia donde la amígdala y lo emocional controlan nuestras reacciones. Entre más se eduque la reflexión sobre lo emocional más inteligentes serán las reacciones emocionales instantáneas.
Pues bien, una parte importante de la inteligencia emocional tiene que ver con el enojo. Necesitamos desarrollar formas inteligentes de enojarnos –con la persona adecuada, en el momento adecuado y con la intensidad adecuada diría el filósofo griego- para que nuestro enojo no sea en vano y pueda tener efectos positivos.
Buena parte de la educación del enojo y de cualquier emoción tiene que ver con información suficiente y pertinente y con procesamiento, comprensión y análisis de esta información. En el terreno de la protesta ciudadana y la expresión del enojo de la sociedad tendríamos que buscar entonces que exista una “solidaridad bien informada” como afirma Peter Hans Kolbenbach, antiguo superior general de la Compañía de Jesús.
Porque en muchas de las manifestaciones de protesta ciudadana y en un buen número de grupos movimientos de la sociedad civil y del aún incipiente y esperanzador renacimiento de la participación de los jóvenes en la política surgido a raíz del movimiento #yosoy132 podemos observar muy buenas intenciones y una solidaridad auténtica con las causas de la democracia y la justicia pero no suficientemente informada y por lo mismo, muy fácil de manipular.
Lonergan dice que “…los sentimientos son enriquecidos y refinados mediante el estudio atento de la riqueza y variedad de los objetos que los excitan, y así una no
pequeña parte de la educación consiste en fomentar y desarrollar un clima de discernimiento y de gusto, de alabanza diferenciada y de reprobación cuidadosamente formulada, que ayudará las capacidades y tendencias propias del alumno…”(Método en Teología, p. 38)
De manera que si el sentimiento de enojo hacia nuestros gobernantes surgido del incumplimiento de sus promesas de campaña o de propuestas de legislación o acción política contrarias a la democracia y la justicia a la que aspiramos se quedan en meras reacciones viscerales que desencadenan posturas maniqueas que ven como bueno todo lo que los líderes considerados progresistas dicen que es bueno y como malo todo lo que surge de “Televisa”, “los poderes fácticos”, “los testaferros de la derecha” y otras etiquetas tan abstractas como simplistas, se estará desperdiciando una enorme energía social.
Pero si se encuentran estrategias efectivas para educar el enojo, para enriquecer ese sentimiento y refinarlo mediante el estudio atento de los “objetos que lo excitan” –el estudio acucioso del fenómeno educativo y de las propuestas de reforma si estamos enojados con lo que pasa en este ámbito o de las telecomunicaciones en el mundo y las propuestas de ley en México si ese es el objeto de nuestro enojo, etc.-, si desarrollamos una solidaridad bien informada que parta del conocimiento básico de lo que es el liberalismo, el capitalismo, el neoliberalismo, el marxismo, los fundamentos de lo que se califica como derecha o izquierda en el espectro político, etc. entonces se podrá generar ese clima de discernimiento social indispensable para experimentar un enojo inteligente.
Educar el enojo, desarrollar un enojo inteligente, crítico y responsable es el camino para construir una protesta con propuesta que libre de manipulaciones ideológicas y de polarizaciones estériles nos ayude a canalizar la energía social hacia la construcción de alternativas reales a lo que hoy vivimos. Solamente así podremos mover a México, pero moverlo en el sentido que todos queremos.
*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.
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