Los muertos de nadie, los huesos sin dueño...
Una crónica de Martín Durán
Por Lado B @ladobemx
28 de febrero, 2014
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La fosa común en México es un hoyo negro que se traga cuerpos y se traga familias enteras, aquellas que pasan semanas, meses y hasta años aferrados a la esperanza de encontrar a sus familiares porque la indolencia de las autoridades o la falta de protocolos de manejo empujaron a la nada a esos hombres y mujeres que al ser asesinado quedaron lejos de donde podían reconocerlos.

 

Martín Durán*

I

Alma Rosa Rojo Medina sintió que le retorcían el corazón cuando vio que el joven empleado del Servicio Médico Forense arrojaba aquellos huesos sin dueño al agujero de donde lo habían sacado, como si se tratara de un saco viejo de piltrafas.

Sus ojos en la distancia se le nublaron. La imagen de su hermano desaparecido desde hace cuatro años pasó por su memoria. ¿Será él el cuerpo que este muchacho arrojó así como si nada a la fosa? ¿Será este otro cadáver reseco por el tiempo y la tierra, que ahora emerge de la bolsa negra, con su bigotito ralo y su pelo hirsuto, con la piel y la carne marchita, marchita, por la descomposición implacable?

Su hermano Miguel Ángel Rojo. Del que una tarde de julio del 2009 se despidió. Miguel Ángel Rojo, al que vio por última vez subirse a la camioneta que lo llevaría de la comunidad de Obispo a Estación Obispo, al sur del municipio de Culiacán. Miguel Ángel, el hermano del que ya no se supo nada tras visitar a su concubina. Nada. Ni un rastro. Miguel, el que ya no está.

Salvo la fe en las autoridades, nada abandona a doña Alma Rosa. Ni la esperanza ni las corazonadas, cuando dice que la mañana en que fue al panteón 21 de Marzo, a visitar la fosa común para sacar cinco cadáveres que nadie ha reclamado para ver si uno de ellos es su hermano Miguel Ángel, el ministerio público a cargo del caso le soltó: “Yo creo que este es su hermano, señora Alma Rosa, tenga fe”.

“Pero yo en cuanto lo vi tuve la corazonada de que es mi hermano, me quedé en shock, si el cuerpo tenía el bigote ralito de él y su pelo lacio”, cuenta la señora.

II

El viernes 9 de agosto pasado, tras ocho meses de burocrática espera y obligada por la PGR, la Procuraduría General de Justicia procedió a exhumar cinco cuerpos de la fosa común, ubicada en el ala norte del 21 de Marzo, en un sitio donde la ciudad de Culiacán ha crecido con desmesura que hasta hace pocos años, tras el muro que divide el camposanto, ya se observaba el monte y los cerros de la periferia.

Foto:laparednoticias.com

Foto: laparednoticias.com

Doña Alma Rosa Rojo llegó a las 7 de la mañana acompañada de una de sus hijas y los técnicos del Semefo. Ellos se dedicaron toda la mañana a excavar en los puntos donde el encargado del panteón les dijo que estaban sepultados los cinco hombres que fueron inhumados en noviembre del 2011.

Alma Rosa le ha seguido la pista al cadáver que fue encontrado una mañana en el monte profundo del ejido El Avión, sindicatura de Higueras de Abuya, un mes después de la desaparición de su hermano.

Los restos fueron hallados entre árboles de esa selva baja caducifolia que crece al sur de Culiacán, con una cuerda atada al cuello y con la carne seca por haber estado durante semanas expuesto a los elementos de la región: el calor, las lluvias veraniegas y el sol bárbaro de agosto.

Ese cuerpo estuvo durante meses en el Servicio Médico Forense, hasta que junto con otros cuatro cadáveres que nadie fue a reclamar fueron enviados a la fosa común el 4 de noviembre del 2011.

Como no se sabe cual de los cinco es el que se sospecha que sea Miguel Ángel, la PGR ordenó practicarle los exámenes de genética forense a los cinco, que fueron acomodados en dos fosas contiguas.

Si uno de ellos resultara el hermano de Alma Rosa, los otros cuatro sólo tendrían que esperar la eternidad de la fosa, si nadie más los busca.

Para la gran mayoría de los cuerpos que nadie reclama ese es su destino final. Ni un nombre ni un dato ni una pista que permita saber quiénes fueron en vida.

Pero en esta ocasión, Alma Rosa busca entre los muertos olvidados a su hermano desaparecido.

“Es muy duro ver este tipo de cosas. Lo que pasa es que si esos cuerpos tuvieran su prueba pericial no habría necesidad de hacer lo que hacemos; ni siquiera llevan una ficha de identificación cuando los echan a la fosa”, refiere la mujer.

III

Una mañana de junio pasado, el panteón 21 de Marzo recibió de un solo golpe 20 cadáveres. Ya tenían tiempo los del Semefo sin que llevaran a nadie, pero las personas sin identificar se acumularon tanto en las gavetas del congelador que tuvieron que despacharlas de un tirón.

Entre personal de funerarias y trabajadores de los Servicios de Criminalística depositaron los cuerpos en esta parte del camposanto, donde sólo hay tumbas de madera sin lijar con una clave escrita en color rojo.

Alineadas las cruces sobre un terreno yermo, una llanura pelona, nada le dice al visitante, salvo que la muerte es implacable.

“Debe haber cientos de cuerpos”, dice un trabajador del Ayuntamiento al que se le ha preguntado dónde van a sepultar los cuerpos sin nombre.

Ahí están los que se pudren en la nada, sin rezo y sin exclamación.

Según cifras de la Procuraduría General de Justicia, obtenidas por acceso a la información, en los últimos seis años y medio han sido arrojados a la fosa común un total de 341 cuerpos en todo el estado.

En el 2010 fue el año en que la fosa recibió 80 cadáveres, la cifra más alta de los últimos siete años, y en 2012 fueron 70.

En el Semefo de Culiacán hasta fechas recientes había 16 cuerpos más sin identificar.

Son los que permanecen en el congelador a la espera de que alguien llegue y reconozca que uno de ellos es su familiar.

Para Alma Rosa, que ha sufrido en carne viva la desazón de vagar por semefos, funerarias y agencias del ministerio público, la conclusión es que las autoridades no han aprendido a llevar un control sobre las personas que hallan muertas y que no llega pronto familia a reclamar.

“Hay muchísimos que no están identificados; imagínese, por un lado están los que fueron desaparecidos y por otro están los que nadie va a reclamar”, dice con certera amargura.

“No hay un orden. No tienen el dolor de ponerse en el lugar de nosotros, tener pruebas, tenerlas para que no andemos en esto”, añade.

IV

El cadáver de Fortino Castro Castro permaneció 440 días en un congelador de la funeraria Emaus de la sindicatura de Pericos, Mocorito, mientras en Culiacán su hermana Imelda Castro Castro, ex presidenta del PRD Sinaloa, y el resto de la familia se hacía loca buscándolo.

El jueves 10 de septiembre de 2009 Fortino había sido visto por última vez bajando la cortina de su negocio de cerrajería ubicada en la colonia Barrancos. Se retiró en su motocicleta, según declararon testigos, pero nunca llegó a su casa con sus dos hijos y su esposa.

El domingo 13, tres días después, el cuerpo de un hombre desconocido fue localizado asesinado a balazos a unos metros de la autopista Benito Juárez, La Costera, a la altura del kilómetro 61, en la sindicatura de Melchor Ocampo, Mocorito.

El agente del ministerio público dio la orden de trasladarlo y depositarlo en la funeraria, a espera de que llegara familia a reconocerlo.

Pasaron los días, semanas y meses. Ante la desesperación y con la desidia a cuestas de la Procuraduría estatal, Imelda comenzó a denunciar el caso en los medios.

Fueron meses en que los fiscales le decían a Imelda que los datos de su hermano ya estaban “boletinados” por todo el país, que ya a nivel federal se conocía el caso, que tuviera paciencia, que ya sería encontrado.

Pero Fortino nunca fue demasiado lejos de Culiacán. Siempre estuvo ahí, mientras la autoridad simulaba investigar.

Si no hubiera sido porque a alguien en la funeraria se le ocurrió, 440 días después de que hallaron el cuerpo de Fortino, que ya era hora de que partiera a la fosa, desilusionado porque no cobró su comisión, la familia de Imelda no hubiera tenido descanso.

Más crucial fue que tras los trámites del ministerio público para enviarlo al Semefo a concluir su periplo de muerte, y de ahí al 21 de Marzo a descansar, un empleado del forense quien por mucho tiempo ayudó a los Castro Castro a buscarlo le pareció conocido el cuerpo que le llegó aquella mañana del 2 de diciembre del 2010.

Por si sí o por si no, le telefoneó a Imelda. Tal vez para espantarse las dudas. Un par de horas más tarde, la perredista llegó a la plancha fúnebre. Era su hermano.

“Tenemos que evitar que los cuerpos vayan a parar a la fosa común sin que sus familiares sepan qué fue de ellos, porque un cuerpo es propiedad de la familia”, dijo Imelda la tarde de diciembre del 2011 en que ofreció una conferencia para denunciar lo sucedido.

V

Desde que Alma Rosa perdió a su hermano, la búsqueda sin cansancio comenzó. Y no sólo eso sino que se convirtió en activista con la causa de las familias con personas desaparecidas.

Esta mañana de fines de agosto cuenta la historia del peregrinar en pos de justicia. Habla de la primera exhumación a la que asistió para tratar de encontrar a Miguel Ángel

“De algo ha servido que usted pida las exhumaciones”, le dijo en una ocasión el administrador del panteón 21 de Marzo: “Ahora cuidan más cuando los sepultan, les ponen fichas de identificación”.

La primera vez que fue a la fosa fue en noviembre del 2011. Como hoy, la corazonada de que el cuerpo hallado en el ejido El Avión sea su hermano se creó. Pero la burocracia y la dejadez nunca le permitió tener una prueba de ADN correcta de ese cadáver.

Esta vez hay cinco pruebas de ADN que esperará. Tiene esa esperanza que le aprieta el pecho y le recorre los ojos hasta convertirse en una lágrima.

Pero sabe que si uno de ellos es Miguel Ángel, habrá otros cuatro que no lo serán. Y junto con ellos, los cientos de cadáveres que se pierden en ese olvido que es la fosa.Lado B. Periodismo 3.0

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Martín Durán es egresado de la carrera de Letras, reportero de nota roja en Culiacán Sinaloa, y uno de los tres responsables de La Pared Noticias, un sitio que nació a mediados del 2013 para dar espacio a esas historias que parece que no interesan a los otros medios, como un espacio para contar la noticia de otra manera, una más relajada, una más libre del corsé de la nota tradicional. Aplicar la narrativa literaria aprendida en los libros y en la calle, sin caer en el acartonamiento. Este texto se publicó originalmente el 4 de septiembre de 2013 y se reproduce con autorización de su autor.

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Lado B
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