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Aunque no podríamos limitar la definición de la música a una frase técnica del tipo “la música es la organización armónica del tiempo”, el tiempo y la música guardan una relación indisociable: el tiempo sin música es silencio, pero la música sin tiempo es imposible.
Jonathan Berger, profesor de composición y teoría musical en la Universidad de Stanford, ha ejemplificado cómo las variaciones entre periodos musicales cortos y largos pueden no sólo alterar nuestra percepción del tiempo (así como la de los ejecutantes), sino la genial manera en que compositores como Schubert conseguían que el tiempo fuera más rápido o más lento, aunque la duración objetiva de la composición tuviera en cada movimiento la misma medida.
Gracias a la neurociencia, sabemos que el cerebro es capaz de recalibrar nuestra percepción del tiempo: en el 2004, la Royal Automobile Club Foundation for Motoring advirtió que la obertura de las Valquirias de Wagner era la música más peligrosa para manejar: no se trata de que los arrebatos románticos nos distraigan al volante, sino que el tempo frenético de la música podía llevar a los automovilistas a descuidar su sentido “normal” de la velocidad; aún con el velocímetro frente a ellos, los conductores tienden a acelerar al escucharla.
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