Alejandro Badillo
António Lobo Antunes refería en una entrevista que la literatura latinoamericana era poderosa por su historia llena de injusticias y de pobreza. Las historias felices no venden y la tragedia social de los países subdesarrollados puede ser caldo de cultivo de historias cuya tensión proviene de la violencia y corrupción que han marcado a muchas generaciones. Alice Munro, la reciente ganadora del Nobel de Literatura, habitante toda su vida de la provincia de Canadá, uno de los países con más altos índices de desarrollo humano, busca sus historias no en un contexto de conflicto social que apenas conoce, sino en el mundo interno de sus personajes, en una sutil nostalgia por el paso del tiempo; los cambios en las familias y sus relaciones.
En cada uno de los relatos de Amistad de juventud no hay una anécdota fácilmente identificable, un punto de quiebre cuyo peso atraiga y cree tensión en todas las escenas. No hay una dirección previsible en la narrativa de Munro y eso la acerca a la literatura contemporánea. Si el canon del cuento clásico indica que se debe respetar la ecuación introducción, desarrollo, nudo y conclusión, la autora canadiense se regodea en el detalle, experimenta en la digresión que, aparentemente, es un hilo suelto, pero que contribuye a crear una dimensión general de la obra. El lenguaje va en un sentido opuesto, concentrado y efectivo; incluso minimalista. La fuerza radica en las relaciones que se establecen entre los personajes que, como conductos secretos, a veces afloran a la superficie. Otro punto interesante es la predilección por la voz narrativa en presente y en tercera persona que privilegia un tiempo real, una cámara que sirve como una cámara que espía en habitaciones, sigue a los personajes sin que lo sepan.
Random House Mondadori, 1era edición, octubre 2013
Traducción de Esperanza Pérez Moreno
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