Lado B
Una Monedita de oro, en el Cervantino
Una mañana en las calles de Guanajuato
Por Lado B @ladobemx
23 de octubre, 2013
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Monedas

Luis Felipe Lomelí

@Lfelipelomeli

A ritmo de cumbia cumbia cumbia en el Cervantino, Monedita de oro transformó la plaza San Fernando. Estaba casi vacía cuando los muchachos estaban listos para brincar al escenario, pero una sola canción les bastó para llenarla: todo el que pasaba por ahí se acercó a verlos y la gente de los cafés aledaños dejó de platicarse los últimos chismes para reír a quijada batiente con las letras de Monedita.

Y es que sí: las letras, la actuación de los integrantes, los choros mareadores y el ritmo de las canciones convocan de inmediato al relajo y la pachanga. “Tengo un piojo en la cabeza… ¡qué bueno que no tengo dos!” O: “esta canción está dedicada a la maestra más bonita del mundo: Elba Esther González”. Los niños aplaudiendo junto con las mamás y los papás de los niños. Y, por supuesto, no podían faltar los gritos de “¡sabor!” ni la imitación de sonidero cholulteca de “cu-cu-cu-cuuuumbia”.

Pero lo más maravilloso de Monedita de oro es que no sólo buscan hacerte reír y bailar, sino que el baile y la risa son sólo los medios que utilizan para transmitir su mensaje. Uno de eso que muchas veces hacen falta: uno que te dé esperanza y que te haga sentir bien contigo mismo, risueño, sin golpes de pecho, azotes, o falsos discursos motivacionales.

Pongo un ejemplo, uno de los discursos más largos que se aventó Juan Morales, vocalista, letrista y guitarrista de Monedita, fue “en contra de las niñas”. Así, a tiro por viaje, se disculpó de que iba a ser políticamente incorrecto e iba a hablar mal de las muchachitas: porque siempre están protestando, porque son descuidadas, desordenadas, malcriadas, flojas, etcétera. Y, por supuesto, vinieron las quejas de parte de las niñas del público. “Ya ven. Quién está protestando: las niñas, las niñas siempre están protestando… En cambio los niños…” Y comenzó a echar flor y media a los niños: obedientes, educados, estudiosos, limpios, pulcros, ordenados, risueños, acomedidos, etcétera etcétera. Supongo que usted ya se imaginó lo que pasó y cuál era el verdadero mensaje: los niños comenzaron a hinchar el cuello, a mirar por encima del hombro a sus amiguitas pero luego, poco a poco, les fue cayendo el veinte de que ninguno de ellos era exactamente así y que sería muy bueno si lo fueran.

Monedita de oro está conformada por cuatro oriundos poblanos, Juan de la capital y tres de la hermana república de Atlixco: Alfredo Lima en el bajo, Erich Amigón en la batería y, el más joven, Nicolás Macuil en el acordeón y en el instrumento que le pongan porque, además, también canta. Y las canciones abordan temas nada soslayables con elementos comunes y corrientes, con los más cercanos: el taco de suadero, el Solovino (sí, el perrito callejero que llegó solo a hacernos compañía una tarde), el amor a la maestra, la televisión o las bolsas de plástico.

Adivinó usted, uno y otro elemento para hablar de la igualdad social (“el millonario y el limosnero, se avienta sus tacos de suadero”, “nadie nace hablando inglés”), del respeto y los derechos de los niños discapacitados, del reciclaje y el cuidado al medio ambiente, de la importancia de leer y de jugar por encima de ver la televisión (“una tontería que ataranta todo el día).

Y el público respondió. Pidieron una y otra más y “no es que seamos facilotes pero es la primera vez que venimos al Cervantino”. Y a darle. A tocar otra. Al final del concierto había filas para pedir autógrafos y comprar discos.

Los de Monedita, quienes tienen una canción en una compilación de Putumayo, estaban felices: “que nos inviten más seguido”. Ojalá puedan volver pronto. Por lo menos, seguro que esa tarde todos los niños se portaron mejor en sus casas.

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