Lado B
Crónica de tortura en Jalisco
 
Por Lado B @ladobemx
25 de agosto, 2013
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Jorge Gómez Naredo | Proyecto Diez *

@jgnaredo

Llegaron por él. Y para encontrarlo, catearon cinco casas. Sin órdenes de aprehensión ni venia de jueces. Así, como si en este país fuera legal que policías pudieran entrar a los domicilios de las personas a la fuerza, dejando por todas partes pedazos de impunidad.

¿Y por quién iban esos señores de la honorable Fiscalía General del Estado de Jalisco?

Su nombre: Gaudencio Mancilla.

¿Y qué hace él para que la policía lo ande buscando?

Ha estado noche y día, y día y noche, luchando porque los bienes de su comunidad se queden con la comunidad. Algo simple. Podría decirse que algo justo. Pero muchos no entienden. Muchos piensan que lo que produce dinero debe ser de los que tienen dinero. Punto.

Lo sacaron de su casa, allá en Ayotitlán. Pero antes de “someterlo” (esa palabra tan utilizada por las fuerzas del orden que puede significar todo y significa nada), él sacó una pistola nueve milímetros de uso exclusivo del ejército.

¿Y por qué Gaudencio tenía una pistola en su casa?

La historia se cuenta así: a Gaudencio muchos “le traen ganas”. Pero especialmente tres: los de las mineras, los que talan árboles ilegalmente (a veces con ayuda del crimen organizado -como si hubiera “crimen no organizado”…-) y los que desde instancias gubernamentales (tanto federales como estatales) hacen negocios con las minerías, y con los de los árboles (y a veces con los del crimen organizado, y a veces con los del no organizado).

Un día, hace ya algunos meses, para ser más exactos, el 17 de junio, llegaron unos sujetos bien armados a buscar a Gudencio. A encontrarlo. A desaparecerlo. Él, Gaudencio, logró escapar. Anduvo metido en el anonimato unos días, mientras se calmaban las cosas. Mientras los que querían desaparecerlo se perdían por un tiempo.

Y entonces, Gaudencio con tanta inseguridad para él solito y con tan poco apoyo de las autoridades para cuidarlo, pues puso en su casa un arma por si los que le “traen” ganas lo iban a buscar un día.

Tomada de proyectodiez.mx/

Tomada de proyectodiez.mx/

Y es que allá donde él vive se tiene la mala costumbre de matar o desaparecer a la gente que anda exigiendo sus derechos y las autoridades hacen poco, o hace nada, o peor, participan en la desaparición y en el asesinato.

A Aristeo Flores y Nazario Aldama Villa los mataron por denunciar tala ilegal de bosques y narcotráfico.

Celedonio Monroy Prudencio anda desparecido desde octubre del año pasado. Dicen los que vieron, que se lo llevaron unos hombres bien mal encarados. Llegaron a su casa y lo sacaron. Era de noche.

¿Y entonces qué pasó con Gaudencio?

Señores de la honorable Fiscalía del Estado de Jalisco “sometieron” a Gaudencio. Y lo golpearon. Y lo amenazaron. Esas señores, como él mismo dice, no andan muy llenas de bondad cuando “detienen” a las personas en su propia casa, sin orden de aprehensión ni de cateo ni nada.

Dijo Gaudencio el pasado viernes 23 de agosto sobre la detención:

“Sí hubo violencia, porque esas gentes, ya ve que no le piden con rezos a uno, [me dijeron] que ‘qué andaba haciendo’, que ‘hijo de la chingada’, que ‘andaban reportando que había gente armada’”.

A Gaudencio lo metieron en una camioneta y se lo llevaron ya golpeado con rumbo a la ciudad de Guadalajara. Todo en un operativo del personal de la honorable Fiscalía General del Estado de Jalisco.

Antes de llegar a la ciudad, la camioneta se detuvo en una casa de seguridad que ahí tiene la Fiscalía para luchar contra el crimen organizado, el desorganizado y el mal que hay en el orbe.

Bajaron a Gaudencio y lo metieron en una pequeña habitación, o en una camioneta, o algo, y le mostraron los “instrumentos” con los cuales lo iban a torturar. Lo amenazaron. Lo golpearon una y otra vez. Se le pasó un golpe en el rostro que le hinchó el pómulo izquierda. Pero los demás fueron puestos en lugares que no se notaran ante “los medios”.

¿Y qué querían que Gaudencio dijera?

Simple: que en Ayotitlán andaban organizando una policía comunitaria, que ya traían un montón de armas, y que detrás de la planeación de esa policía estaba Alfonso Hernández Barrón, de la Comisión Estatal de los Derechos Humanos (CEDHJ); Clemente Castañeda, diputado local de Movimiento Ciudadano, y a los integrantes de la Unidad de Apoyo a Comunidades Indígenas de la Universidad de Guadalajara, César Díaz y Jaime Hernández Lamas.

Gaudencio no se venció. Y no dijo lo que él sabía que no era cierto. El honorable personal de la Fiscalía General del Estado de Jalisco decidió trasladarlo a las oficinas de esta ínclita institución en Guadalajara.

¿Y qué pasó cuando llegaron a las instalaciones de la Fiscalía?

Ya había un escándalo. La Fiscalía había dicho que se detuvo al líder indígena por organizar una policía comunitaria. Pero, no lograron encontrar pruebas. Bueno, sí encontraron unos folletos de hace como siete meses, sin embargo ahí no se llamaba a la formación de una policía comunitaria, mucho menos a echarse a la guerrilla, o hacer la revolución. Nada.

A Gaudencio lo bañaron en la Fiscalía. Le curaron las heridas. Le compraron ropa nueva. Lo trataron re-que-te-bien tanto que hasta lo liberaron tras pagar una suma irrisoria de fianza.

¿Y por qué lo bañaron y le compraron ropas y le curaron las heridas y lo dejaron libre?

No querían que anduviera ahí dando entrevistas con la camisa llena de sangre ni con el pómulo tan hinchado.

Buenas costumbres. Buenos modales.

Gaudencio seguirá defendiendo su tierra porque en eso se le ha ido la vida. Quiere algo que quizá sea bien complicado: “El gobierno debe frenar todo este tipo de anomalías, si se hacen todas estas cosas [que] se hagan con legalidad, y que se hagan con respeto”.

Pedir respeto a las leyes es cosa de locos… ¿A quién se le ocurre?

Gaudencio quizá da en el clavo cuando dice: “Es que esta cosa está al revés…”. Y se refiere al mundo. Al menos al mundo que él mira.

* Texto tomado de Proyecto Diez. Periodismo con memoria.

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