MANCHAS

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Alejandra Gutiérrez Cruz

 

Siete años perdidos y el dálmata atrajo la enfermedad, plagó de manchas el inicio, como queriendo burlarse del tiempo no utilizado. Franco aceptó tras muchas llamadas de Lidia. No podía decirle que no. Samantha deseaba conocer a su madre.

Lidia compró al dálmata pensando que así se ganaría el cariño de su hija. Llegó media hora antes, cargando al cachorro aún sin manchas, adornado con un gran listón rojo en el cuello. Un temblor recorría el cuerpo de Lidia y las manos le sudaban, recreando ríos en sus palmas, ahogando al destino.

Tocó el timbre y esperó a que Franco le abriera la puerta con el interfón.

Era la tercera vez que vería a su hija y la culpa la incitaba a buscar formas de complacerla, de ganársela. Pensaba que a una niña de siete años era fácil comprarla con regalos y nadie podía resistirse a la ternura producida por un dálmata.

Franco abrió la puerta del departamento con una mirada de advertencia. Lidia le hizo una mueca con la peor de sus caras. Ella tomaba su relación con él como un trámite, un hastío necesario para reencontrarse con su hija. Pero no era su culpa, él reaccionó como era esperado. Todo por no querer a su hija desde un principio, las responsabilidades siempre la hacían huir.

Detrás de Franco apareció Samantha, aún tímida, pálida, pero deseosa de cargar al dálmata sin manchas. Ella sabía que su madre intentaba comprarla. Cualquier detalle que decía, era casi seguro que a la siguiente visita se lo llevara. Recordó que algo había dicho sobre lo mucho que le gustaba la película de los 101 dálmatas. Salieron al parque, hija en silencio, madre tartamudeando preguntas básicas: que si era amiguera, que cuál era su música favorita, sus pasatiempos. Samantha respondía con un sí o no secos, sin dar más detalles.

Lidia deseaba con todo su empeño ser querida por el simple hecho de ser madre. Y recordaba remontándose al día en que saliendo del hospital dejo a Franco con una pañalera y la bebé en brazos. Situándose en el lugar común del hubiera preferido no hacer eso.

La niña intentaba. Intentos fallidos por querer a su madre real cuando la imaginaria era mejor.

Madre e hija continuaron caminando por el parque. Cuando la primera intentaba tomarle la mano, Samantha la retiraba con el pretexto de que el dálmata se escaparía. Quería obligar a su hija a quererla, para satisfacer su necesidad de confirmarse madre y después salir corriendo.

Se columpiaron, le compró un algodón de azúcar y el tiempo se les fue en escoger nombre para el cachorro: Manchas. Poco original, pero completamente de acuerdo a la lógica de su pequeña dueña.

Cuando regresaron a casa, Franco se despidió de Lidia con la misma mirada de advertencia que ahora tenía palabras: el abandono le estaba prohibido bajo cualquier circunstancia.

Pasaron meses, el cachorro creció, Samantha también. Al dálmata le salieron manchas negras, a la niña unas rojas en sus brazos, piernas y espalda. Manchas aparentemente inocentes, manchas de muerte. No notaron nada raro ni cuando sus mejillas perdieron color como acuarelas rojas disueltas en agua. Las salidas al parque se volvieron más breves. La pequeña agotaba su energía en cada paso, las cuadras se le presentaban eternas y el cansancio se instaló en cada célula de su cuerpo, adhiriéndosele como medusa.

Las visitas de Lidia se hicieron más frecuentes, tal vez porque sabía que algo malo se avecinaba. Cuando le hacía de comer a su hija, ésta no probaba bocado. Cuestión de preferencias pensó Franco y no le tomó importancia. Le gustaba sentirse por encima de Lidia en cualquier situación, ser el preferido de su niña.

Una noche cenaron los cuatro. Manchas formando parte de la familia. Lidia también. Franco hurgaba en su ingenio para encontrar platillos divertidos, porque después de un tiempo la niña tampoco quería probar lo que él preparaba. Samantha en aquella ocasión comía su spaghetti imaginando que eran gusanos. A la vez que estaba sorbiendo uno, un hilillo rojo descendió por su nariz. Después fueron dos, creando un río que bajaba por su boca y la sangre tiñó la crema de su spaghetti. Lidia y Franco asumieron que era por el calor. A todo lo raro que sucedía con su hija le encontraban explicaciones a través del absurdo sentido común.

La sangre también comenzó a aparecer a la hora de lavar sus dientes y las hemorragias nasales eran más frecuentes. En cambio el dálmata adquiría fuerza a cada segundo. Fuerza y más manchas. Samantha parecía envejecer a cada instante. Palidecer igual que un vestido de novia. Verla así, como un espectro, despertó el miedo de Lidia, su incapacidad de hacerle frente a lo difícil de los días. Aún así permaneció, acompañando a Franco y a su hija al pediatra.

Tras varias preguntas y la inspección de rutina obligada, el semblante del médico oscureció como cuando una nube se interpone entre la luz y las sonrisas de los hombres. No quiso dar un diagnóstico hasta estar seguro, aunque en realidad tenía ya en esos momentos la certeza de lo grave. Ver a Samantha ocasionaba que la muerte se le reflejara en sus pupilas.

Fue una semana de estrés forzado. Pruebas de sangre, extracción de líquido de la médula ósea, las agujas, las torundas empapadas de alcohol. El llanto de Samantha. La debilidad de Lidia, su pensamiento obsesivo. Quería correr y Franco la continuaba deteniendo con una sola mirada. Los ladridos estridentes de Manchas cuando llegaban todos a casa después de un día en el hospital.

Los resultados comprobaron el temor ya conocido por el pediatra. Una palabra quedó resonando en el aire: Oncólogo. Y Lidia pensando nuevamente en la huida.

Comenzó la peregrinación por hospitales. Una, dos, tres,…, seis opiniones pronunciadas por distintas bocas, apuntando al mismo blanco. Manchas amenazando. Manchas creciendo con sus manchas expandiéndose cual tinta derramada en papel.

Cuando la resignación de los padres echó raíces, se accionó el movimiento: Quimioterapias dos veces por semana para atacar a los monstruos cancerígenos. Lidia sin poderlo creer, cerrando sus ojos tan fuerte como si deseara desprendérselos para no ver más dolor. Queriendo huir, cuidando a Manchas más que a su hija. Sonido de la máquina de afeitar y cabello cayendo como largas serpientes rubias. Los sollozos de Samantha al saberse calva, al ver a su propio reflejo desconocerse. Bilis expulsada como agua. La sangre y las manchas. Las ojeras en una carita pálida. Franco llorando en la oscuridad cuando Lidia abandonaba el departamento. Vigilando el sueño de su pequeña. Al pendiente de señales que denotaran en urgencia.

El deterioro fue notable en un par de meses. Lidia casi no iba al hospital. Sus únicas visitas eran para llevarles ropa limpia y a su hija peluches recién lavados sin olor a hospital. Ya no sentía la necesidad de saberse madre. Prefería cuidar a Manchas. Franco le reclamaba. Samantha ya no era tan consciente de su alrededor pero alcanzaba a sentir la ausencia de su madre. Eso era lo único que la detenía. Lo único que la separaba de la muerte.

Lidia fue por última vez al departamento de Franco para conseguirle algunas cosas: playeras y pantalones limpios y algún libro con el cual pudiera distraerse. Antes de irse entró al cuarto de Samantha y vio a Manchas tendido en la cama. Se acostó a lado de él. Lo acurrucó como si fuera un bebé y se fue quedando dormida mientras decidía si aquel era un buen día para huir.

Alejandra Gutiérrez Cruz (1986) 

Nació en la ciu­dad de Méx­ico y estudió Psi­cología en la ULA.

Cursó el Diplo­mado de creación lit­er­aria en la Sociedad Gen­eral de Escritores de Méx­ico (SOGEM).

Es colab­o­radora de las revis­tas lit­er­arias Traspa­tioZara­banda y La hoja de Arena.

Escribe poesía y nar­ra­tiva.

Su blog “Luciér­naga en vilo”.

Lado B: Información, noticias, investigación y profundidad, acá no somos columnistas, somos periodistas. Contamos la otra parte de la historia. Contáctanos : info@ladobe.com.mx
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