Ernesto García Cabrera
La relación entre la música y las bestias usualmente se encuentra ubicada dentro del “Reino del metal”. Seguramente la actitud desafiante, aguerrida e indómita de los miembros de las agrupaciones así como los seguidores de este género de la música popular, se trasladaron hacia el gusto por lo salvaje. Pero pensemos ejemplos que no sean exclusivos de un geek treintañero amante del género de los cueros negros, las largas cabelleras, la doble bota (doble bombo) y los tremendos solos de guitarra eléctrica. En lugar de ello intentemos establecer cómo se da esta relación de cierta “familiaridad” entre el metal y las bestias, para luego plantear que la relación entre bestias y música tiene otros tantos recovecos:
A) Estamos seguros de que no soy el único individuo que ha escuchado y echado mano del adjetivo “brutal” para referirme a alguna música metalera. Primero que nada lo “brutal” es de muchas formas relativo a la actitud de una fiera, veamos lo que dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua.
Brutal (Del lat. brutālis).
1) adj. Propio de los animales por su violencia o irracionalidad.
2) adj. Dicho de una persona: De carácter violento.
3) adj. Propio de una persona brutal. Una paliza brutal.
4) adj. Muy grande. Una oscuridad brutal.
5) m. ant. bruto (‖ animal irracional).
B) Tomando en cuenta lo mencionado en el inciso anterior, digamos entonces que uno de los álbumes más importantes en la historia del metal fue elaborado en 1982 por la no menos célebre banda inglesa “Iron Maiden”, el nombre de dicho fonograma es “The number of the beast”, por supuesto que dicho título algo nos dice acerca de la relación entre bestias y el metal, ¿cierto?
Vale la pena aclarar que la utilización del término “bestia” aparece en Iron Maiden como una referencia infernal en el sentido de la tradición judeo cristiana. En otras palabras, la interpretación de la bestia como demonio, tiene que ver con la sed de sangre y violencia que comparten los animales y el vilipendiado “amo de las tinieblas”.
C) Ozzy Osbourne quien es una de las más grandes figuras del género, pasó a la historia no sólo como el vocalista de “Black Sabbath”, sino por sus estrambóticos y locuaces actos en el escenario, vamos, que decapitar a un murciélago es algo que cabe en varias de las definiciones establecidas en el inciso A.
Como hemos visto, uno bien podría afirmar que la relación entre las bestias y la música metalera está sustentada a través de algunos de los ejemplos más básicos y por todos conocidos: figuras representativas del género y su actitud escénica, así como los títulos de álbumes considerados clásicos o pilares del metal. Ahora bien, nosotros creemos que esta relación bestia/música no es exclusiva del metal. Permítame, cuando menos, intentar dar sustento al porqué de tal afirmación:
Cuando uno escucha música se entrega, por así decirlo, a la pura percepción, a la escucha. Este estado es opuesto al estado de la reflexión (característico de la buena literatura). Si la reflexión es algo propio de los hombres no primitivos, ¿no sería justo decir que, al escuchar cierta clase de música entramos a ese mundo no reflexivo, donde al centrarnos en la experiencia de la escucha nos dejamos llevar por nuestra parte instintiva? ¿Puede la música no metalera, ser auténticamente bestial?
Antes de dar respuesta a tales preguntas, hagamos la siguiente reflexión: Mover la cabeza al compás de una frenética canción de Morbid Angel, hacer lo propio con los pies y el torso, ya sea a la síncopa de una salsa, al son de la música electrónica, o lo que sea, son por igual acciones que tienen en común no estar caracterizadas por la reflexión. En todo caso éstas se distinguen por sintonizarnos con el ritmo, como sucedía en la celebración de algunos rituales arcaicos de la humanidad. Por ejemplo, los celebrados por cavernícolas para asegurar la fertilidad, incluían siempre algo de música y danza que precedían al apareamiento, algo similar sucedió con las danzas y músicas que buscaban preparar a los guerreros de una tribu para ir al combate o salir de cacería, la música tocada en esos rituales colectivos tenía por objetivo la consecución de un fin mágico/utilitario, pero también se caracterizaba por la múltiple repetición de pequeños patrones rítmicos/melódicos. Siguiendo esta idea podemos decir que la respuesta para las preguntas que realizamos líneas arriba es afirmativa por dos razones.
La razón para afirmar que somos bestias al escuchar música y dejarnos llevar por nuestra parte instintiva, implica que cierta clase de música nos induce en lo que Anne Danielsen denomina “estado participativo”, la segunda razón es que, en oposición a cualquier otro género de música popular, es el metal quien cuenta con un exclusivo arsenal de elementos extramusicales que hacen referencia a lo bestial.
Líneas antes comentábamos que la relación entre las bestias y la música no era exclusiva del metal, al menos no en términos estrictamente musicales. Sin embargo nosotros creemos que debido al cuantioso número de elementos y recursos de representación al metal adjuntos: ilustraciones y posters, letras de canciones, nombres de discos y/o agrupaciones, así como la teatralidad de los miembros de las antes mencionadas (no solo dentro del escenario, sino también fuera del mismo), se produce la idea de que la música bestial es la música metalera, en lugar de plantear que la música que nos produce “estado participativo” (bailar, cantar) y no “reflexivo” es la música bestial. La música que mejor induce el estado participativo es aquella cuyo componente es conocido como “groove”.
De acuerdo con la musicóloga noruega Anne Danielsen, en la música orientada al groove, “la unidad básica de la canción se repite tantas veces que nuestra inclinación como oyentes a organizar el material musical en forma general, poco a poco se desvanece. Bailar, tocar y escuchar son estados no caracterizados por la consideración o reflexión, sino más bien por una presencia en el aquí y ahora del evento, esta experiencia es el estado participativo”. Tal como decir que hay una conexión entre la búsqueda de una experiencia y las maneras en que se ha diseñado una línea de “groove”. En lugar de esperar a los acontecimientos por venir, “estamos sumergidos en lo que está ante nosotros”. El groove es, en un sentido, la medida en que somos absorbidos en la música y nos movemos junto con ella, la manera en que uno es absorbido y entra en modo participativo. Un groove funciona cuando se le permite o logra conquistarnos para el estado de “estar en el groove mismo”, sin división entre la música que suena y el sujeto que la escucha, de ahí que quede suspendida la relación sujeto-objeto tan característica de la reflexión.
Por lo tanto la música que debería ser reconocida como la música bestial o brutal es la música con groove, entonces deberíamos considerar a James Brown, Willie Colón, Bootsy Collins, Daft Punk, Larry Graham, Rubén Blades, Tower of Power, Eumir Deodato y Jamiroquai, entre otros tantos exponentes de música orientada al Groove, “monstruos del salvajismo” y a sus obras “feroces piezas de bestialidad”.