Juan Pablo Carrillo Hernández | Pijamasuf
La música es, posiblemente, la más misteriosa de las artes conocidas, misteriosa en ese sentido profundo que apunta hacia lo inefable, las regiones últimas donde el lenguaje parece insuficiente y fútil y, en contraste, nos descubre, así sea por un instante, un universo donde lo absoluto es asequible.
¿Pero por qué la música también es capaz de esto? Esa música que es, citando a Mendelssohn, Lieder ohne Worte, canciones sin palabras. ¿Qué hay en la música que aun sin participar estrictamente de los significantes lingüísticos de las emociones humanas, es capaz de echar raíces en los campos semánticos de estas y también generar frutos? ¿Por qué es posible imputar felicidad esperanzadora a la Novena Sinfonía de Beethoven, melancólica desolación a la Quinta de Mahler, cierta alegría gratuita y hasta un poco vana a varias piezas de Mozart, sensualidad al Prélude à l’après-midi d’un faune, si ninguna de estas parecen hechas de eso?
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