Veracruz, “la guillotina de los migrantes”: relato de un secuestro

Rubén Figueroa | Somos el medio

El frío de la madrugada nos hizo bajar del lomo de la bestia para refugiarnos en la parte de abajo del vagón, las quijadas nos temblaban, «¿es por el frío o por miedo?», le pregunte a Erick  a quien había conocido en Apasco, Macuspana, en el Estado de Tabasco. Por el tiempo que habíamos viajado estábamos seguros de haber entrado a Veracruz, lo cual nos daba mucho miedo, son cosas horrendas las que se escuchan de ese lugar.

Pasaron unos minutos cuando el tren aminoró la velocidad, de pronto, en medio de la oscuridad una persona subió  a la parte en donde íbamos, se acercó a nosotros  y nos preguntó: “¿de dónde son?”, «de honduras le respondimos», “¿van solos?”, «en  los otros vagones van más». Cuando él nos preguntó que si alguien nos llevaba, nos dio mala espina, entonces decidimos pararnos para estar alertas por si intentaba algo, el tren siguió su recorrido, pasó alrededor de hora y media, nunca nos quitó la vista de encima.

Al entrar a un pueblecito, la luz de las lámparas  nos dejó verlo, era un chavo que traía ropa nueva, sólo andaba con una mochila pequeña; a los  pocos  minutos sacó un radio de esa mochila, empezó a hablar y cuando pasó el tren saco un arma de su mochila y nos dijo: “no se vayan a mover hijos de puta, porque los pelo”.

Enseguida se acercó una camioneta negra cerrada, con el arma apuntándonos en la cabeza nos bajaron y nos subieron a la troca, dos tipos con armas grandes  venían en ella, nos tiraron al piso y uno de ellos me puso el pie en la cabeza y nos dijo: “si gritan o se levantan  los mato”. La camioneta avanzó alrededor de 20 minutos, iban escuchando puros corridos de narcos y tomando cervezas.

Sentí cuando la camioneta la metieron a un garaje, se escuchó cuando cerraron el portón, nos bajaron, nos pusieron las manos atrás y nos las amarraron con cinta canela, abrieron la puerta de la casa y en la sala había dos tipos más viendo la televisión. Tenían armas y más radios en una mesa; de pronto uno de ellos se paró y les dijo: “¿sólo  a esos dos bajaron?”,  “no venían muchos” le respondieron, “métanlos al cuarto y caliéntenlos”, les ordenó. Me agarraron del pelo y me aventaron al cuarto, nos empezaron a golpear muy fuerte y nos dijeron: “para cuando amanezca queremos el número de teléfono de sus familiares o los tableamos cabrones”.

“Nos van matar”, me dice mi amigo, “yo no tengo a nadie del otro lado”, «yo voy por primera vez le respondí». Pasaron unas horas, no nos dábamos cuenta que había amanecido porque el cuarto tenía unas tablas en la ventana y siempre estaba oscuro, entraron dos de las personas y nos empezaron a golpear: “¿Ya recordaron el número?” nos dijo, «no tenemos familia en Estados Unidos, les respondimos», no nos creyeron y  nos siguieron golpeando. Ese día nos pegaron tres veces, al segundo dos y cuando llegó el tercer día de pronto sacaron a mi amigo del cuarto, ya nunca lo regresaron, no supe más de él y eso me preocupó más; como al quinto día me sacaron, me empezaron a golpear con un tubo en mis piernas y  me dijeron: “ahora nos vas a pagar trabajando para nosotros”.

Me ponían a limpiarles la casa, estaba llena de latas de cerveza y cigarros, a veces estaba barriendo y de repente se levantaban, me golpeaban en el pecho y me decían: “si intentas huir te buscamos hasta debajo de las piedras”. Tenía que decirles que haría lo que ellos me pidieran para que me dejaran de golpear, siempre estaban informados por que  compraban los periódicos y los leían, después de limpiarles me metían al cuarto pero ya no me ponían la cinta en mis manos.

Los siguientes días sólo eran amenazas tras amenazas, me asignaron a una persona, él era quien me entrenaría y en caso de intentar escaparme él sería quien me ejecutaría. Empezaron a hablarme sobre una misión que teníamos que hacer, teníamos que ir a Tenosique y encontrarnos con más personas ahí; ellos decían que en ese lugar donde se empiezan a enganchar a los migrantes yo tenía que traerme a cinco. Una noche me puse a llorar, estaba muy desesperado  y me preguntaba, ¿cómo le voy hacer para traerme a esos cinco? era como haber aceptado sicológicamente trabajar para ellos.

“No sé cómo le vayas hacer, pero tienes que enganchar y traerte a 5”

Llegó el décimo día, me sacaron del cuarto y me dijeron: “¿listo?, vamos a ver qué tan chingón eres, te vas a ir con este a Tenosique y ya sabes lo que tienes que hacer”. Me subieron a una camioneta junto con la persona que me vigilaría y entrenaría, me volvieron a tirar al piso para que no me diera cuenta dónde me habían tenido y así no ubicar el lugar; nos llevaron a unas cuadras de las vías, ahí nos bajaron, enseguida le entró una llamada a mi cuidador por su celular, él se distrajo y fue como un milagro porque de pronto escuche el sonido del tren…

Marlon corrió y logró subirse a ese tren que escuchó, la persona que lo cuidaba no logró alcanzarlo, viajó en ese tren por más de 8 horas con el temor de que alguien lo identificara en el camino y lo matara. Él decidió salirse de las vías,  pidió ayuda,  ahora se encuentran sano y salvo en su país, juro nunca más intentar el sueño americano.

Lea la nota completa de Somos el medio aquí.

Lado B: Información, noticias, investigación y profundidad, acá no somos columnistas, somos periodistas. Contamos la otra parte de la historia. Contáctanos : info@ladobe.com.mx