Lado B
Diez años buscando justicia para mi madre
Esta es la historia de Jorge y de cómo el feminicidio de su madre, Gina, el 23 de junio de 2016, lo arrojó en una espiral de incertidumbre, dolor y desesperanza, de la cual pudo salir gracias a la literatura, sus profes, sus amistades y una abogada comprometida, la cual llevó a que el responsable tuviera una sentencia
Por Samantha Paéz @samantras
28 de junio, 2026
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Jorge Suárez Panohaya lleva una gorra negra y una sudadera oscura, está sentado en la mesa del fondo de un café en el centro de Puebla. Con la punta de los dedos roza apenas su cabeza a la altura de las sienes. Mira fijamente hacia adelante, como si hubiera algo más allá de la pared.

—Es como (cuando) el mayor miedo que tuviste se hace realidad —dice.

Su pesadilla se hizo realidad el 26 de junio de hace diez años: acababa de descubrir que su madre, María Georgina Panohaya Castillo, había sido víctima de feminicidio. Tres días antes, su exnovio Mauricio había abandonado su cuerpo en una caseta de vigilancia de los Condominios El Valle, a unas cinco calles de donde vivían en la colonia San Jerónimo Caleras.

Con entonces 17 años, Jorge empezó a buscar a su mamá desde el jueves 23 de junio, cuando no pasó por su hermana a la escuela, ni llegó a dormir. Él tenía el presentimiento de saber dónde estaba y qué le había pasado, pero alargó la esperanza lo más que pudo, hasta la noche del 25 de junio, cuando finalmente le contó a su abuela sobre la desaparición de su madre.

Cuando al día siguiente fueron a buscar a Gina (como le decían de cariño a su madre) al lugar donde Mauricio trabajaba de vigilante, Jorge y su familia se toparon con que estaba lleno de policías ministeriales y forenses. La realidad lo golpeó en el estómago.

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En la mañana del 15 de enero de 2026 corre un poco de viento frío en la entrada del Tribunal de enjuiciamiento de la ciudad de Puebla, a un lado del penal de San Miguel. Jorge usa una bufanda roja para tratar de atajarlo, y una gorra le cubre el pelo. Hoy arranca el juicio oral por el feminicidio de su madre y está tan nervioso que no desayunó, y camina de un lado a otro esperando a su abogada, Karina López Bello. A unos metros de él, impasibles esperan su hermana Jenny y su abuela Sonia.

Ante la cámara Jorge dice:

—Las pruebas son sólidas, no hay ninguna prueba que no diga que fue él, porque su cuerpo (de Gina) fue encontrado en su lugar de trabajo y sólo él tenía las llaves.

Después vuelve a su estado de inquietud hasta que llega Karina, una mujer delgada y con el pelo rojo, entonces su alma respira con alivio. Se aproxima a ella y la abraza por unos segundos. Karina, Jorge, Jenny y Sonia dan sus datos a los policías que vigilan el acceso del tribunal y caminan hacia el segundo piso del edificio, allí hay unas cuatro hileras de sillas metálicas y frías, donde la gente espera a que les llamen para entrar a la sala donde se desarrollará el juicio. Nadie se sienta: Jorge está muy nervioso, su abuela prefiere estar de pie por un dolor crónico en el nervio ciático y Jenny los mira, fue la única que sí comió antes de salir de casa.

La abogada se va a otro lado para avisar que la familia de Gina está lista para iniciar el proceso y dar su testimonio ante la jueza Rosa Celia Pérez González. Sin embargo, tendrán que pasar casi tres horas para que les llamen y un par de semanas para que por fin atestigüen. 

Todo el proceso penal ha sido lento: en 2016 la familia de Gina pasó tres días de un lado a otro para hacer el reconocimiento del cadáver y después rendir su declaración ante el Ministerio Público. Para octubre de ese año no había avances en la carpeta de investigación y Sonia se unió a una manifestación para denunciarlo. En 2017 cuando Karina se incorporó como asesora jurídica, la familia notó cambios imprevistos en la carpeta de investigación. Fue hasta 2022 que se liberó la orden de aprehensión contra Mauricio. En abril de 2023 por fin lo detuvieron en la Ciudad de México, a pesar de que la Fiscalía poblana sabía que estaba allí desde 2017.

Tras la aprehensión de Mauricio como presunto responsable del feminicidio de Gina, las audiencias fueron fijadas cada tres meses aproximadamente y la mayoría de las veces eran diferidas. En septiembre de 2025 les dijeron que iniciaría el juicio oral, pero se pospuso hasta esa mañana, en la que hay presencia de algunos medios de comunicación.

Durante los diez años que pasaron desde el feminicidio de Gina al final de su juicio se iniciaron 402 carpetas de investigación por el delito de feminicidio en Puebla, de acuerdo con el Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP). Aunque el Observatorio de Violencia Social y de Género (OVSG), de la Universidad Iberoamericana de Puebla, documentó que de enero de 2016 a noviembre de 2025 ocurrieron 662 probables feminicidios en el estado.

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Jorge tuvo una infancia que describe como grata y divertida en una autobiografía que escribió durante la universidad. Allí también contó que de esa época recordaba las fiestas, las visitas de sus primos y los juegos en el preescolar. En la primaria se mantuvo en el cuadro de honor por sus buenas calificaciones, desde ese momento se inclinó por la lectura.

En la secundaria decidió que estudiaría Lingüística y Literatura Hispánica y como segunda opción Comunicación, influenciado por los consejos de una amiga de su mamá. A los 14 años empezó a trabajar en una taquería cercana a su casa para ayudar a su madre con los gastos escolares. Gina era trabajadora independiente: vendía comida o productos de catálogo y cortaba el pelo, pero el dinero muchas veces no alcanzaba.

Cuando Jorge salía de trabajar ya era de madrugada, regresaba solo a su casa por las calles oscuras de la periferia de la ciudad, donde una noche el cuerpo de un hombre era abandonado en un terreno o una mujer era arrojada por su marido a un pozo y los vecinos la escuchaban gritando por ayuda, donde las personas evitaban pasar ciertos lugares por los asaltos o las jaurías de perros.

Con todo y eso, Jorge era feliz; además de tener a la literatura y a su madre, quien era su más grande confidente y mejor amiga, en el bachillerato encontró una nueva pasión: el teatro. Se integró a la compañía del Benemérito Instituto Normal del Estado (BINE), donde estudiaba. Le encantaba ser un día un mecánico y otro un futbolista con problemas de pareja, jugar a ser otros.

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Todo se quebró cuando su madre conoció a Mauricio, un hombre de entonces 32 años originario de Tlatlauquitepec, Puebla. Él era muy celoso, llamaba a Gina hasta 84 veces en un mes, le impedía hablar con sus amigos y familiares. Jorge notó algunos moretones en el cuerpo de su madre, y su abuela, Sonia, los escuchó discutir varias veces. El noviazgo duró sólo dos meses, pero bastó para que Gina cambiara: se volvió sobreprotectora con Jorge y Jenny, a quienes marcaba constantemente por teléfono para saber si estaban bien.

—Este hombre se obsesionó con mi madre, la seguía, la perseguía y a ambos nos destrozó las fibras más sensibles de nuestro ser. No hay necesidad de que diga qué fue lo que pasó. Solo que durante tres días conocí lo que era vivir en el infierno —contó Jorge en su autobiografía.

Tras el feminicidio de Gina, Jorge asumió la tarea de buscar justicia: su hermana tenía sólo 12 años y su abuela tenía problemas de movilidad, además estaba cansada de las autoridades, quienes otras veces le habían fallado. En esos años empezó a consumir cristal, una droga muy estimulante. Aunque no se volvió adicto, sí tuvo un consumo problemático que lo llevó a tener problemas con su pareja.

—Quería un refugio, la sensación de estar bien —dice Jorge.

Por ese entonces había perdido las ganas de vivir y sentía que ir a la universidad era una distracción para enfocarse en el caso de su madre. Transitaba esa senda en soledad, hasta que en 2017 conoció a Karina y otra abogada, quienes ayudaron a su familia y la investigación comenzó a avanzar.

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La segunda audiencia del juicio ocurre el 22 de enero de 2026. La sala es un inmueble de paredes blancas, con paneles de madera oscura que dividen a las partes involucradas de la jueza que preside, y el suelo es de duela de color claro. Atrás de la jueza Rosa Celia Pérez está una estructura transparente con el logotipo del Poder Judicial.

Pasa primero Sonia Castillo, la mamá de Gina, a dar su testimonio. Cuenta que su hija de 38 años se dedicaba a la venta de productos por catálogo, que era madre de dos hijos y que tuvo una relación de noviazgo con Mauricio. Dice que cuando su hija desapareció, ella no lo sabía, pero que sentía que algo no estaba bien y fue el 25 de junio de 2016 cuando su nieto le manifestó que su madre aún no regresaba.

Sonia asegura en la sala de juicio oral que el 26 de junio llegaron al lugar de trabajo de Mauricio, allí presente, y fueron los policías ministeriales quienes le confirmaron que su hija estaba muerta, después de que les mostrara una de las fotografías de Gina. Narra que después acudió a las instalaciones del Servicio Médico Forense (Semefo) a reconocer el cadáver. En ese momento rompe en llanto y pide un receso para recuperarse.

Sonia regresa a la sala y mirando directamente a los ojos a Mauricio le pregunta por qué mató a su hija, por qué les quitó la mamá a sus nietos. Mauricio baja la mirada, no contesta. Ella dice que Gina no era mala y vuelve a preguntar por qué la mató, pero sigue sin tener respuesta.

Casi una década pasó desde que en octubre de 2016 se uniera a una marcha en contra de los feminicidios en la ciudad de Puebla, que terminó en el Parque Juárez. En esa ocasión llevaba una blusa morada, un puñado de canas crecía en sus patillas, justo arriba de sus orejas. Cuando tomó el micrófono, denunció que la Fiscalía no había avanzado en la investigación por el asesinato de su hija. Ahora a sus 66 años tiene hipertensión y un dolor continuo en la pierna. Las canas pueblan toda su frente y sus mejillas lucen más abultadas, sus ojos lucen un poco más pequeños, quizás por el cansancio, el llanto o la decepción.

Jorge es el siguiente en dar tu testimonio. Aunque la voz se le quiebra, no pide una pausa, narra que su madre cambió mucho cuando fue novia de Mauricio, no sólo era la sobreprotección, sino que se mostraba constantemente preocupada, ella que era tan alegre. También dice de las veces que él amenazó y agredió a su madre. 

Una de las peritas confirmaría, más adelante en el juicio, que fueron al menos cuatro episodios de violencia previos que la familia presenció.

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Cuando Jorge empezó a tomar terapia por parte del gobierno, ya había desarrollado estrés postraumático y bruxismo, que es el hábito involuntario de apretar o rechinar los dientes y se relaciona con problemas de ansiedad. Estas condiciones le generan un dolor de cabeza constante. 

El Centro Nacional para el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), de Estados Unidos, señala que el TEPT es un problema de salud mental desarrollado después de eventos traumáticos, como el combate en guerra, agresiones sexuales o físicas, accidentes graves, desastres naturales, ataques terroristas y saber de la muerte violenta o accidental de un ser querido.

A Jorge le faltaba el aire cada vez que su hermana o su abuela salían y no le contestaban el teléfono, su mente lo llevaba a ese momento en el que estuvo buscando a su madre y la encontró muerta. A veces, para contrarrestar esa sensación se autolesionaba. 

—Aún en las noches el infierno me hace visitas cuando mi mente se encuentra tranquila —escribió en su autobiografía.

De acuerdo con el Centro Nacional para el TEPT, existen varios síntomas: revivir el evento, evitar cosas que recuerden el evento, tener pensamientos negativos más que antes y el sentimiento constante de nervios o ansiedad. Casi todos los tiene Jorge.

A pesar de la necesidad de atención psicoemocional, de 2019 a 2025, Jorge y su hermana Jenny recibieron sólo cuatro sesiones de terapia, de sólo media hora. Aunque les agendaban cada cuatro meses, era usual que les recorrieran las terapias o que tuvieran que estar de 8 de la mañana a 10 de la noche para recibirlas. 

Las Guías clínicas del Hospital Psiquiátrico Infantil Dr. Juan N. Navarro, que serían ideales dado que Jorge y Jenny eran menores de edad cuando ocurrió el feminicidio de su mamá, señalan que la Terapia Cognitivo Conductual es la más adecuada para eventos de estrés postraumático y se aconseja brindar de 12 a 16 sesiones, así como desde una etapa inicial, que es a las cuatro semanas del hecho traumático.

La ayuda del gobierno, escasa pese a que una de las medidas de la alerta de género es generar una estrategia integral de atención a hijas e hijos de víctimas de feminicidio, no ayudó realmente a Jorge. Lo que le brindó consuelo fue la literatura.

—Yo encontré en la literatura como una especie no de refugio, pero sí de ver la vida de otra forma, y como tal vez entender que lo que me ocurrió a mí no solo me había ocurrido a mí […] se volvió como una forma de sentirme acompañado, cuando no había tenido yo esa compañía —dice Jorge conteniendo las lágrimas.

Para él la posibilidad de estudiar la universidad, de leer, de conocer a autoras y autores, de aprender de sus profesoras y profesores, de convivir con sus amistades, fue lo que le dio esperanza, fortaleza para seguir adelante.

A sus manos llegó el libro El invencible verano de Liliana, de Cristina Rivera Garza, donde la autora habla del feminicidio de su hermana. Aunque Jorge no lo pudo terminar, se sintió reflejado y le ayudó a entender muchas cosas que sentía, sobre todo por la injusticia, la impotencia de saber que muchos asesinatos de mujeres están impunes.

Este impulso que recibió de la literatura y de los estudios de género, de las personas que le dijeron que quizás no podían entender lo que vivía, pero que lo querían, lo encaminó a terminar la licenciatura y a iniciar el camino en la docencia.

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Gina  2

Una foto de María Georgina Panohaya Castillo. Archivo / Marlene Martínez

Jenny es la última de la familia de Gina en dar su testimonio ante la jueza durante la segunda audiencia. Ya no es la niña de 12 años con pelo rizado y delgada que su madre vio por última vez. Es una mujer de 22 años, alta y fuerte, estudiante universitaria y que trabaja en los cines cerca de su casa, a la que le gustaría salir más si no fuera porque su hermano se preocupa demasiado.

La joven se para frente a Mauricio y cuenta cómo el 23 de junio su mamá la fue a ver a la hora del recreo, a las 11 de la mañana, e iba acompañada por él. Recuerda que ese día estuvo llamando a su mamá y que cuando llegó a su escuela, le dijo que pasaría por ella a la salida. En ese momento Mauricio sonrió de forma burlona y negó con la cabeza. No volvería a ver a su madre con vida.

En una audiencia posterior, una vecina asegura que vio entrar a Gina y a Mauricio a la caseta de vigilancia de los Condominios del Valle alrededor de mediodía. Un primo de Mauricio afirma ante la jueza, en otra audiencia, que llegó a las 13:15 horas a dejar las llaves de la caseta para que su padre las entregara al administrador. Mauricio nunca les dijo por qué no las entregaba en persona.

Gina murió por traumatismo craneoencefálico y fractura raquimedular. El policía de investigación que dio cuenta de su fallecimiento también comparece durante el juicio oral y señala que el cuerpo de Gina estaba en medio de un charco de sangre. En ese momento sólo se tomaron tres fotografías del lugar de los hechos.

La perita en criminología dice, cuando le toca participar, que Mauricio tiene poca tolerancia a la frustración, indiferencia afectiva, conductas parasociales (no aceptación de los valores adoptados por la colectividad, pero sin destruirlos) y poca flexibilidad. Además, no mide consecuencias y no es empático, al mismo tiempo, es una persona inmadura, impulsiva, egocéntrica, agresiva e inmadura, quien ha mostrado reiteradas conductas de desvalorización o cosificación femenina.

Concluye que es una persona crimini de nivel alto de riesgo, es decir, que puede atentar contra la integridad física, psíquica, sexual o la vida de los individuos.

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De hecho, el Departamento de Justicia de Estados Unidos, en el estado de California, emitió una ficha contra Mauricio por “continuo abuso sexual de un menor de edad”, por ello estuvo detenido de 2010 a 2015 y finalmente fue deportado a México.

A pesar de toda esta evidencia, la defensa de Mauricio alude, en la octava sesión del juicio, que el fallecimiento de Gina fue accidental, muestra a la jueza varias fotografías que no constan en la carpeta de investigación y presenta a una perita en medicina, quien apunta que una caída fuerte puede provocar la misma lesión que presentó Gina. 

Es en ese momento que Karina López, con su pelo rojo y firmeza, interroga a la médica: ¿se necesita una fuerza superior o una fuerza violenta para ocasionar esto? Responde que sí. Karina pregunta si su teoría es la única explicación para la muerte de Gina, la respuesta es no. 

El proceso está llegando a su final

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Jorge tuvo que ver a Mauricio unas diez veces durante todo el juicio oral; siempre lo inundaba una sensación de mareo y dolores de cabeza. Su cuerpo hablaba por él.

—El hecho de ver a esta persona no lo aguantaba mentalmente […] lo trataba de aguantar, pero mi cuerpo no lo aguantaba. Cada vez que iba (a las audiencias) me daba fiebre, me enfermaba. Mi cuerpo como que lo somatizaba —cuenta Jorge.

Sabía que no era obligatorio que estuviera en todo el proceso, pero él sentía que tenía que hacerlo, que no podía estar tranquilo de otra forma, así que estuvo en la mayoría de las audiencias con todo y la repulsión que Mauricio le causaba. Jorge siempre se quedaba con las ganas de saber por qué había matado a su mamá, de hacerle llegar todo ese rencor y desesperación que sentía.

Sin embargo, lo soportó todo porque no quería que su hermana viviera pensando que nunca habría justicia, que viviera en un mundo que la hiciera sentir insegura porque el feminicida de su madre estaba suelto. Él tampoco podría vivir con ello.

—¿Es válido decaer cuando soy la persona que mi hermana más necesita? Al menos para mí, no —manifestó Jorge en su autobiografía.

Así que se mantuvo fuerte y él solo tomó esa carga, para que Jenny y su abuela no tuvieran que lidiar con ella.

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El 15 de mayo de 2026 se dicta sentencia contra Mauricio por feminicidio. Están presentes sólo Jorge y la abogada Karina. La jueza Rosa Celia Pérez, señalada por librar la orden de aprehensión contra la periodista Lydia Cacho, apunta que si bien la carpeta de investigación tenía algunas fallas, existen antecedentes claros como las sentencias de Campo Algodonero y la de Mariana Lima Buendía, así como evidencias suficientes para acreditar que se trató de este delito.

Jorge en ese momento ve pasar ante sus ojos los últimos diez años de su vida. Repentinamente la tensión en su mandíbula cede, el dolor constante en las sienes se disipa, toda su cabeza empieza a tronar, como si un cascarón formado por el estrés acumulado se desmoronara. Cree que por primera vez podrá descansar, que podrá tener tranquilidad para él y su familia.

Cuando le escribe a su hermana para contarle, ella llora desconsoladamente. Se lo dice cuando horas más tarde se tienen de frente. Todo esto lo ha hecho para ella, para que piense que en la vida sí hay cosas lindas, para que ambos tengan esperanza, quizá un mejor futuro. 

Actualmente, en el Código Penal del estado de Puebla existen nueve causales o hipótesis para el delito de feminicidio, de acuerdo con la información presentada por peritos y peritas, así como por el testimonio de la familia de Gina, en su caso se cumple con los antecedentes de violencia previa, que haya existido entre la víctima y victimario una relación sentimental o de confianza y el acoso previo.

El 4 de junio se dicta una pena de 45 años de prisión para Mauricio. La Fiscalía presume en un boletín de prensa que también se incluye el pago de la reparación del daño moral, medidas de compensación y lucro cesante. Asimismo, dice que habrá atención psicológica para las víctimas indirectas y acciones orientadas a garantizar la no repetición de los hechos, aunque no detalla cómo.

No existe una cifra oficial sobre el número de sentencias condenatorias dictadas por feminicidio; el Observatorio Ciudadano del Instituto para la Gestión, Administración y Vinculación Municipal (IGAVIM) informó que de 2016 a 2022 se habían emitido 50; mientras que información de transparencia de la Fiscalía apunta a que de 2015 a 2018 se dictaron 20 sentencias por el delito.

Jorge y Karina sienten que la sentencia es una victoria.

—Mi familia y yo luchamos en silencio, pero nunca solos. Karina López ha sido mi abogada todo este tiempo; la labor que ha hecho por mí y por mi familia es la más noble de todas. La vida no me va a alcanzar para darle las gracias —publicó Jorge en sus redes sociales.

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Han pasado algunos días después de la sentencia contra el feminicida de su madre, Jorge dice, mientras toma un té, que ahora no tiene tan claro el futuro, su meta era lograr justicia y quizás esta es una victoria agridulce, porque sabe que una condena no devolverá a la vida a su madre, ni evitará que más asesinatos de mujeres ocurran.

Así que se le ocurre que quizás es buena idea crear una asociación que ayude a las hijas e hijos de mujeres víctimas de feminicidio, que les dé una atención psicológica real y no como la que él y su hermana recibieron, que les apoye para que sigan estudiando, porque eso le abrió las puertas a él y confía en que lo hagan con su hermana.

—Tengo muchas ideas […] yo quería hacer como una organización que ayude a los huérfanos por feminicidio, tengo ese sueño […] ayudar a pues a otros adolescentes que estuvieran pasando por lo mismo —explica.

También le gustaría profundizar en los estudios de género y quizás aportar desde allí para que los feminicidios disminuyan, para que haya una verdadera garantía de no repetición. Le gusta dar clases; podría continuar por allí para apoyar a jóvenes que estén pasando por los problemas que él atravesó, como las drogas o la pérdida de algún familiar.

Tal vez algún día pueda escribir la historia de su madre, de su familia, su historia propia.

—El hecho de expresarlo, contarlo, te da a conocer que hay mucha gente que pasa por lo mismo, pero que a veces no lo cuentan, a veces ya no continúan […] es muy pesado, es algo demasiado fuerte. Por lo general cuando lo ven en las noticias, siempre te muestran solo la parte desesperanzadora —dice Jorge.

Quizás algún día la literatura no sólo lo salve de su presente, sino que le ayude a escribir una historia en la que su futuro sea luminoso.

* Foto de portada: Foto de Georgina Panohaya. Archivo / Marlene Martínez

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Autor Lado B
Samantha Paéz
Soy periodista y activista. Tengo especial interés en los temas de género y libertad de expresión. Dirigí por 3 años el Observatorio de Violencia de Género en Medios de Comunicación (OVIGEM). Formo parte de la Red Puebla de Periodistas. También escribo cuentos de ciencia ficción.