Fuego cruzado: los docentes en los malos tiempos

Le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir. Esta es una frase de Borges en su ensayo Nueva refutación del tiempo que suelo citar desde hace muchos años -al menos desde que se aproximaba el cambio de siglo y milenio- en algunas de mis clases, charlas y artículos de opinión para referirme a la crisis civilizatoria multidimensional en la que nos ha tocado habitar este planeta. Nos tocaron, como a todos los seres humanos, malos tiempos en que vivir.

Todos los tiempos han tenido sus dificultades y han sido “malos” para las generaciones que los vivieron. Sin embargo, por la amplitud, la diversidad y la profundidad de los problemas de estas primeras décadas del siglo veintiuno, muchos autores señalan que estamos viviendo tiempos especialmente complicados. Esto aplica para todos, independientemente de la actividad a la que se dediquen. Sin embargo, quiero referirme especialmente a los y las docentes. Si la actividad profesional de educar a las nuevas generaciones ha sido delicada y complicada en todas las épocas de la historia, no cabe duda de que los profesionales de la educación que ejercen hoy la profesión están teniendo que sortear tiempos especialmente difíciles.

Por eso traigo a colación la cita de Borges, que me vino a la mente de inmediato al hacer un recuento de algunos acontecimientos que han ocurrido en el ámbito escolar en las últimas semanas. Por referirme a dos casos concretos y muy sonados, menciono el asesinato de la subdirectora de una escuela secundaria pública en Torreón, Coahuila hace un par de semanas que, como decía la semana pasada en este espacio rebasa el tema de la violencia escolar y habla de la violencia criminal que ha llegado en las escuelas  y el incidente que puede calificarse como surrealista, de la madre de familia que acusó a un docente de “acoso visual” a su hija, por el simple hecho de dejarle a su grupo de estudiantes una tarea que pedía dibujar un croquis que plasmara gráficamente el trayecto de su casa a la escuela .

Si bien se trata de dos hechos totalmente distintos, los dos dan cuenta de la alta vulnerabilidad y el riesgo en que viven los profesores y profesoras en las escuelas de todos los niveles a lo largo y ancho del país y, por información que circula en redes sociales, aparentemente en varios países más. 

En su célebre Carta a un maestro, Pablo Latapí Sarre, padre de la investigación educativa en México recurría a la imagen de las dos caras de la luna para hacer un análisis de la realidad en que se ejercía en la primera mitad de los años noventa del siglo pasado. En el lado oscuro de la luna, el autor planteaba el bajo sueldo y su significado de poco reconocimiento social hacia la profesión que se reflejaba dolorosamente en que “…a veces alguien te ve de arriba hacia abajo…” y “…mucha gente no valora ni lo que estudiaste ni lo que haces…” En ese lado oscuro apuntaba también “…los escasos recursos con los que cuentas para realizar tu tarea y la poca atención que les mereces a las autoridades…”

En ese mismo lado oscuro de la luna, Latapí planteaba otros factores estructurales del sistema educativo nacional como “la corrupción en el medio magisterial; reglas del juego poco edificantes que tienes que aceptar: a veces manipulación, abusos y un doble lenguaje…” además de ciertas “rivalidades, murmuraciones, envidias y zancadillas” por parte de algunos colegas. 

Pues a ese lado oscuro de la luna hay que añadir ahora la violencia escolar -la que se produce entre estudiantes y estudiantes, estudiantes y docentes y también, cada día más como en el caso de la llamada #LadyCroquis, de los padres y madres de familia hacia compañeros de sus hijos o como en este caso, hacia los docentes-, la violencia criminal que aparece en escenarios escolares como el asesinato de la subdirectora de Torreón -que dejó además varios heridos, incluyendo un estudiante que perdió un brazo- y las exigencias cada vez más diversas y ajenas a la tarea pedagógica fundamental que define la profesión por parte de las autoridades de la SEP, como por ejemplo, el extraño programa “La escuela te extraña” que responsabilizaba a los docentes de bachillerato de ir a buscar a estudiantes que desertaran de la escuela para convencerlos de regresar o la ocurrencia actual de capacitarlos como técnicos en prevención de la salud para que además de su tarea pedagógica se encarguen del monitoreo de la salud de sus alumnos.

En su momento, los docentes se encontraban atrapados, decía Latapí, entre las exigencias burocráticas y políticas de la SEP y las del sindicato, lo cual era como una camisa de fuerza que les dificultaba enormemente cumplir con su tarea central. En estos malos tiempos podemos verlos como soldados en medio del campo de batalla, bajo el fuego cruzado de una autoridad que no los valora sino que los instrumentaliza para tareas ajenas a su misión, un sindicato que no los defiende ni los representa, solo los moviliza cuando los necesita políticamente, unos padres de familia que muchas veces justifican sus ausencias y carencias con reclamos injustificados o que entienden su tarea de cuidar como sobreproteger y una sociedad que sigue sin valorar su tarea central en la formación de los ciudadanos que puedan construir un mejor país.

En este fuego cruzado se les pide que sean valientes y heroicos, que aguanten las balas que llegan de todas partes y que además, se hagan cargo como principales responsables, de prevenir o remediar, según sea el caso, todos los problemas y situaciones que afectan sus condiciones de trabajo -de seguridad, convivencia, salud física y emocional, etc.- y obviamente, además de todo ello, que logren que los educandos aprendan todos los contenidos relevantes, desarrollen todas las capacidades necesarias para vivir en el mundo de hoy y se desarrollen integralmente según lo establezca el modelo educativo de cada sexenio.

Esta situación de alta vulnerabilidad y de sobredemanda de tareas va generando de forma silenciosa pero constante, un estado de desmoralización que puede matar la vocación más fuerte. Y con docentes desmoralizados no puede construirse una auténtica educación, sino en el mejor de los casos, una más o menos eficaz rutina de entretenimiento y disciplinamiento. 

Pero a pesar de todos los pesares, sorteando el fuego cruzado y caminando como pueden para buscar una salida a estos malos tiempos, todavía hay educadores y educadoras que siguen haciendo honor a la profesión de la esperanza y que recuerdan la cara luminosa de la luna y algunos de sus componentes, que describe el mismo Latapí: la experiencia de ver aprender y ser testigos de ese chispazo que estremece al estudiante haciendo que brillen sus ojos y se dibuje en su rostro una sonrisa; la grandiosa experiencia de ser invitado “a entrar, en ciertos momentos privilegiados, al alma de un chico o una chica y ayudarle a encontrarse…” y a superar sus miedos y a valorarse. Finalmente, la experiencia de mantenerse joven y actualizado a partir de las preguntas e inquietudes de las nuevas generaciones que obligan a superarse, porque “ser maestro es seguir creciendo”.

Aunque el lado oscuro de la luna, el fuego cruzado que es cada vez más variado e intenso tiene hoy muchos factores que hacen más complicada la tarea de educar, ojalá siga habiendo profesionales de la esperanza que hagan un balance en el que pesen más las luces que las sombras. Como dice Latapí en su carta, “es cosa de vocación, de inclinación interior, de proyecto de vida. O quizá de amor”.


*La ilustración que acompaña este artículo fue generada con IA

Juan Martín López Calva: Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es actualmente es profesor-investigador en la facultad de educación de la UPAEP.