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¿Ecocidio en la ciudad? Una reflexión sobre contexto y ecosistemas urbanos
Por Lado B @ladobemx
13 de abril, 2026
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Por: Brenda Lira Montero *

En el debate en torno a proyectos de infraestructura urbana, como el Cablebús en Puebla, es frecuente escuchar que el uso del término “ecocidio” resulta exagerado cuando se refiere a la tala de arbolado urbano. Argumentos como “¿qué son mil árboles en comparación con la destrucción de bosques o selvas?” reflejan una idea profundamente arraigada: que el daño ambiental significativo solo ocurre en territorios donde la naturaleza es percibida como intacta, lejana o incluso idealizada. Bajo esta lógica, los ecosistemas urbanos quedan fuera de esa categoría de valor, como si en ellos la naturaleza fuera secundaria o prescindible.

Esta visión revela una contradicción importante. Por un lado, se romantizan los territorios no urbanos como los únicos dignos de protección; por otro, se asume que las ciudades están destinadas a transformarse sin límite en nombre del desarrollo. Así, la degradación del espacio que habitamos se normaliza como un costo inevitable, mientras que la expansión urbana continúa desplazando poblaciones hacia las periferias, extendiéndose sobre territorios rurales donde aún persisten ecosistemas funcionales. Lo que se protege en el discurso, se compromete en la práctica.

El concepto de ecocidio permite cuestionar esta separación. Entendido como el daño grave, extendido o irreversible a un ecosistema que compromete su capacidad de sostener vida, el ecocidio no se limita a escenarios de devastación masiva en selvas o bosques. Más bien, señala procesos en los que la degradación supera la capacidad de regeneración natural y afecta el equilibrio del sistema en su conjunto. En este sentido, su pertinencia no depende únicamente de la magnitud visible del daño, sino del contexto ecológico en el que ocurre.

Este punto es fundamental. Una misma acción —como la tala de árboles— no tiene el mismo impacto en todos los entornos. En ecosistemas amplios y saludables, puede existir cierta capacidad de recuperación. Sin embargo, en contextos degradados o con escasez de áreas verdes, como ocurre en muchas ciudades, los elementos naturales restantes adquieren un valor desproporcionado. Los espacios verdes urbanos no son ornamentales: cumplen funciones esenciales como la regulación de la temperatura, la filtración de contaminantes, la captación de agua y el sostenimiento de biodiversidad. Su pérdida, por tanto, no es marginal, sino estructural.

Desde esta perspectiva, el ecocidio en la ciudad no se define únicamente por la cantidad de árboles eliminados, sino por la fragmentación del ecosistema urbano. Cuando un espacio verde significativo pierde una parte sustancial de su cobertura vegetal, no solo se reduce su extensión, sino que se compromete su funcionamiento. La fragmentación debilita la conectividad ecológica, incrementa la vulnerabilidad del entorno y puede desencadenar procesos de deterioro progresivo. Así, incluso las áreas que permanecen pueden entrar en una dinámica de decadencia ecosistémica.

Manifestación contra el cablebús en Puebla. Foto: Marlene Martínez / Jengibre Audiovisual

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Este problema se inscribe en una lógica más amplia: la del desarrollo entendido como intervención constante y acelerada del entorno. Desde el siglo XIX, el discurso del progreso tecnológico ha posicionado a la infraestructura como sinónimo de avance, muchas veces sin un cuestionamiento profundo de sus implicaciones. Si bien estas obras han sido fundamentales para el crecimiento de las sociedades, no todas pueden asumirse como incuestionables. La historia misma ofrece ejemplos tanto de infraestructuras que han perdurado como de aquellas que respondieron a lógicas extractivas o de corto plazo.

En la actualidad, esta lógica se intensifica bajo un sistema que privilegia la inmediatez. La capacidad técnica para transformar el entorno ha crecido exponencialmente, pero no así nuestra disposición para reflexionar sobre sus consecuencias. Existe una confianza casi automática en que la tecnología resolverá los problemas que ella misma genera, mientras los ecosistemas —particularmente los urbanos— son tratados como espacios disponibles para la intervención.

Sin embargo, lo que hoy vemos no es solo un debate teórico sobre la ciudad y la naturaleza, sino una intervención cada vez más violenta sobre el paisaje urbano y sus ecosistemas. En distintas ciudades han surgido resistencias que denuncian esta lógica. En Monterrey, por ejemplo, la defensa ciudadana del río Santa Catarina ha evidenciado cómo un ecosistema clave para la regulación hídrica, la biodiversidad y el equilibrio ambiental es tratado por las autoridades como si fuera un espacio vacío disponible para la urbanización. Esta misma lógica se repite en otros territorios. 

En Puebla, el Cerro Zapotecas enfrenta una presión constante por parte de proyectos inmobiliarios que amenazan con fragmentar y degradar uno de los últimos ecosistemas relevantes de la región. Incendios recientes y cambios acelerados en el uso del suelo han encendido alertas entre la población, que observa cómo estos territorios son progresivamente debilitados para facilitar su transformación. Estos casos revelan una misma dinámica: los ecosistemas urbanos y periurbanos son considerados obstáculos para el desarrollo, cuando en realidad constituyen infraestructuras ecológicas fundamentales para sostener la vida en las ciudades.

Frente a esto, considerar la ciudad como un espacio inevitablemente degradante implica una renuncia anticipada. Normalizar la pérdida progresiva de sus elementos naturales —uno, diez o mil árboles— como algo necesario o inevitable es, en sí mismo, una forma de limitar nuestra capacidad de imaginar alternativas. La pregunta, entonces, no es si la naturaleza puede coexistir con la ciudad, sino por qué seguimos diseñando ciudades que prescinden de ella.

En este contexto, el uso del término ecocidio deja de ser una exageración y se convierte en una herramienta conceptual para nombrar un daño que no siempre es evidente, pero sí profundo. No se trata únicamente de la pérdida visible de árboles o espacios verdes, sino del deterioro de las condiciones que hacen posible la vida en el entorno urbano. Reconocerlo es, en última instancia, un paso necesario para replantear la manera en que habitamos y transformamos nuestras ciudades.

* Red Savia Urbana, y doctorante en Estudios Urbanos y Ambientales por el Colegio de México

** Foto de portada: Marcha contra el cablebús en Puebla. Foto: Marlene Martínez / Jengibre Audiovisual

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