De Cristo a Satanás: ¿en qué creen los criminales?

Carta Tarot el Diablo

Una aproximación a la realidad elegida

 

A partir de la publicación sobre el satanismo y el crimen organizado en México, me han formulado preguntas que tienen como eje el intentar entender porqué hay una notoria migración de miembros de la delincuencia organizada, creyentes cristianos-católicos en su mayoría, hacia otras religiones y cultos.

¿Será posible que haya una religión que reciba a los criminales, de manera preferente? O, ¿hay una religión para malas personas? En breve, diré que no hay una religión que sea favorita del crimen y si hubiera una religión all inclusive para malas personas, seguramente sería la católica, por mera participación de mercado.

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La realidad es muy compleja y para desazón de la tribuna, no puede presentarse una respuesta unívoca y maníquea. Por ello, he dedicado algunas páginas para explicarla. Le propongo ir por partes, para no perdernos.

Los motivos principales

De acuerdo a mi experiencia personal, tratando con innumerables criminales de todo caletre a lo largo de décadas en todo el país, he podido identificar cuatro motivos, que más allá de que sean válidos o no, son los recurrentes.

El fastidio de la salvación (¿Alguien la ha visto?)

La salvación es en términos ejecutivos, la liberación plena del pecado a través de una intervención divina. Así, se requieren dos condiciones: la primera es que se crea que hay un ser necesario que pueda hacer algo así y la segunda, es que se crea que lavarse los pecados sea necesario.

En ese sentido, el cristianismo vive de dos conceptos, el de la existencia de Dios y el de la salvación. A contrario sensu, en el mundo delictivo, lo imperativo es vivir el ahora y salvarse de los peligros, no del pecado.

Muchas promesas, pocos resultados

El cristianismo ofrece un variado paquete de recompensas que tienen como punto de coincidencia el que, para gozar de esa avalancha de premios, hay que morir primero. Muera primero, goce después. ¿Porqué no invertir la ecuación?

Peor aún: no solo hay que morir sino que aquello que se promete para la siguiente fase, se cumpla en verdad y no vaya a darse una trastada por parte de Dios, que aplique una o varias clásulas de exclusión a la hora de la hora. En ese sentido, las promesas no ayudan en el mundo criminal, porque éste se nutre del ahora y no del mañana.

Focalización al dogma y no al acuerdo

En el cristianismo, aferrarse al dogma es lo relevante. Si hay una fisura de descreímiento, la letra pequeña de sus promesas se agiganta: “hombre de poca fe”, es la máxima que se aplica para justificar porqué algo solicitado no se cumplió.

Puede ser que el argumento sea amplio, cumplido y suficiente para una anciana a la que no le llegó tal o cual favor que solicitó con misas, veladoras y rosarios de por medio, pero no tiene ninguna lógica si se está hablando del territorio criminal, en donde la violencia y la traición se asoman en cada rostro.

En ese sentido, las religiones que solo se muevan a punta de promesas no sirven para nada. Y todas aquellas que funcionan por medio de tratos y acuerdos, serán bienvenidas para los delincuentes.

El camino al espíritu y no a la materia

Si no se tiene asegurado que el ser necesario responda a una petición y su portafolios de recompensas se entrega en otra vida (para lo cual, es imprescindible creer que haya otra), queda claro que el cristianismo es tal cual, un pensamiento religioso y no más.

En el territorio criminal, la condición evidente es la materia y fuera de ésta, suena dificil que algo más tenga valor. La religión no tiene valores probatorios y esto es inaceptable para la acción delictiva, que opera en todo momento en lo sensible. Por cierto, cabe hacer una aclaración: las personas también somos materia, por lo que estamos sujetos a formar parte de un intercambio de mercancías. Para efectos de criminalidad, las personas somos fuente de ingresos y no una categoría existencial ajena a ese movimiento de recursos.

La fluidez ontológica

La fluidez ontológica tiene como principal poder el tomar de distintas creencias y religiones, todo aquello que tenga alguna competencia real para ayudar a las personas a resolver un problema.

Un parangón podría darse con la medicina: si alguien tiene a un ser querido enfermo, es muy probable que combine medicina alópata con homeópata, herbolaria y chamanismo, para atender los distintos frentes que tiene la enfermedad. No importa si es bien visto o no trabajar con quimioterapia, meditación y yerba cancerina al mismo tiempo, porque lo que interesa es que la persona recupere su salud.

En forma idéntica se da la fluidez ontológica: no importa en lo absoluto si se investiga lo que puede ocurrir en la Ngnaga, se confirma con el Tarot y se hacen distintos rituales para que Changó y el Charro Negro tengan a bien modificar el equilibrio entre dos grupos antagónicos: lo que importa son los resultados.

Esto lleva a que, las religiones, en tanto cuanto dogmas que exigen obediencia a rajatabla por parte de un adepto, no tienen viabilidad alguna frente al pragmatismo que ostenta cualquier actividad criminal. Y esta viabilidad se da con los cultos.

La ofrenda y el utilitarismo

Como se sabe, en cualquier religión, se presentan ofrendas a la deidad, ya sea para rendirle respetos, pedirle algo o agradecerle el favor recibido.

Para que la ofrenda funcione, deben darse cita dos elementos: debe ser lo suficientemente importante como para que pague el favor de la deidad, al mismo tiempo que sea de su interés lo que se pretende que acepte.

Este terreno es de lo más resbaloso en dos sentidos: ¿tiene más poder una centena de misas pagadas o una sola? Aquí se presenta el primer resbalón, ya que no hay manera de tener respuesta a si la cantidad es importante, ya que el único indicador de que es importante o no es el cumplimiento de lo solicitado.

El segundo es complementario: si se cumple lo solicitado, no hay manera de saber si fue esa deidad, otra más o el azar, los que hicieron el servicio. Esta condición produce a su vez, dos problemas: el que podría estarse rindiendo culto al ente equivocado o el que en realidad, se obtuvo lo pedido por mera coincidencia y no por intermediación de algún ser espiritual.

Como se sabe, hay tres tipos de ofrenda: espiritual, corporal y material. La primera se mueve a base de oraciones y glorificación hacia la deidad; la segunda se da por privación de satisfactores de apetencias y la tercera, por medio de bienes.

Una vez más estamos frente a la relativización: para usted, ¿qué tiene más valor para ofrendar? ¿Un año sin beber alcohol, construir una ermita o dejarle sus flores al santo? La realidad es que todas y ninguna tienen valor y ni usted ni yo podemos enviarle una encuesta de satisfacción a la deidad para que nos diga cuál le gustó más.

Otro punto no menos importante es el periodo de ventana entre la petición o ruego y la llegada del favor. Entre pedir la ayuda y recibirla, hay un lapso y éste puede ser un territorio de oscuridad, considerando que nunca se sabe con precisión si el favor llegará o no.

Este es el punto de quiebre para quien pide el favor, ya que si no espera demasiado, puede decirse que “tiene poca fé” y si espera demasiado, lisa y llanamente sabrá que su petición no solo no fue cumplida, sino que probablemente no fue escuchada.

Si no se cumple el favor solicitado, el peticionario tiene tres caminos: abjurar, no insistir o insistir. La primera, si se trata de una religión, conlleva la apostasía, al tiempo que la segunda y la tercera son actos que no requieren de ninguna formalidad.

El creyente siempre camina en el filo del instrumentalismo, porque puede perderse en el know how y no concentrarse en el qué. Eso ocurre todo el tiempo con las personas que aseguran que se les vendrá el apocalipsis encima porque interrumpieron sus rosarios o porque no comulgaron el domingo. El instrumento revienta la fe.

El concepto de realidad elegida

Tal noción constituye el nodo central de este escrito. La realidad elegida es la aceptación consciente del libre albedrío, en el sentido que cada persona puede elegir el futuro que quiere, pero agregando una condición: no se trata de sufrir toda suerte de calamidades para obtener lo que se quiere en la vida, así que se vale tomar ciertos atajos.

En la realidad elegida, la persona asume lo que quiere como propósito existencial y simultáneamente, busca caminos para llegar más rápido y con menores costos a ese fin que ansía.

En el camino de lo católico, existe un catálogo abismal de justificaciones para que las personas no podamos llegar a la plena felicidad, comenzando por la especie de que ésta sólo se dará cuando se dé la salvación.

En la lógica de la realidad elegida, la persona selecciona lo que quiere lograr y pone como meta paralela, hacerlo con la menor cantidad de rasguños posibles. Ahí es donde la religión se presenta como parte de la solución o como parte del problema.

Si el Dios en cuestión acepta ayudar al creyente para llegar a su objetivo y le cumple en la reducción de los costos en el camino, es bienvenido. Pero si solo ofrece burocracia y felicidad en cómodas mensualidades, es donde se busca un competidor que tenga clara una obviedad: sin creyentes, no hay Dios.

El sendero izquierdo

En la tradición hebrea, la explicación absoluta a todas las preguntas sobre lo creado, se encuentra en el Árbol de la vida, con sus 32 componentes, 22 senderos, 3 pilares, 16 triadas, 3 barreras, un rayo relampagueante y diez esferas llamadas Sefirot. Y existe un anti-árbol, llamado Árbol de la muerte o del Conocimiento, el Qlifot, que posee once esferas.

El camino izquierdo es el que conduce hacia el anti-árbol y en él, habita lo oscuro, lo clifótico y lo reprimido, albergando a los daemones, que dicho en forma sencilla, son 72 seres de oscuridad  y justo es ese número porque en el Árbol de la vida habitan sus némesis, los ángeles, que también son 72. El Qlifot contiene en sus once esferas a los distintos modos en los que se da el mal y el desorden.

El conjunto de las Qlifot es entonces el Árbol de la Muerte o Árbol del Conocimiento. Se dice que las Qlifot o “cascaras”, son las sombras malignas contrarias a las Sefirot, que a su vez son emanaciones benévolas de Dios. Las Qlifot son las fuerzas caóticas que se “activan” cuando una o más Sefirot se salen de equilibrio. Luego entonces, el Árbol de la Vida es el ideal de la creación.

Pero hay escritos que señalan que los daemones viven dentro de nosotros y solo a través de una labor de autoconocimiento se puede llegar a experimentar un dialogo con éstos, sin perder lucidez. Simplificando mucho, los daemones serían el Arquetipo de Jung.

Al menos para los que trabajamos todos los días en el mundo de lo criminal, tiene mucho sentido que los daemones no sean seres exógenos sino parte de nosotros y, simplificando drásticamente, el dialogo interno es el que permite sublimar y aprender de nuestro lado oscuro mediante el sendero izquierdo.

El criminal no está buscando salvación porque en el menor de los casos, la religión le ofrece algo que ni siquiera sabe si existe y además, no ayuda en la búsqueda de lo material sin grandes problemas. El delincuente busca un socio con el cual trabajar: yo te doy ofrendas y mandas, a cambio de que me ayudes a obtener lo que quiero.

A partir de todo lo anterior, puede usted entender porqué en la actualidad, el crimen organizado cree en mixturas y no en principios a rajatabla. Los delincuentes creen en lo que funciona y si no les funciona, peor para la creencia.

Luego entonces, los criminales no persiguen una religión monolítica sino en un conjunto de creencias que al menos en su mente, les ofrezcan los resultados que ansían, a saber: impunidad, inmunidad y riqueza.

Esto explica porqué en un altar convive la Santería con la religión católica, el Palo Mayombe, el Charro Negro y la Kabala. Quién sabe si funcione la mixtura, pero de que es una representación fiel de la búsqueda de la realidad elegida, no hay duda.

Del Qlifot al Sefirot hay una elección. De eso va la conciencia.

Mauricio Saldaña: