Lado B
Carta a mi vecino de arriba
Por Marco Castillo @
08 de septiembre, 2021
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Estimado vecino de arriba:

Discúlpeme el atrevimiento de esta carta. Nos hemos saludado muchas veces, pero nunca hemos conversado.

Usted me parece una persona amable, razonable y trabajadora. Lo veo ir y venir del trabajo, llevar y recoger a su hijo del trabajo y lo escucho bailar salsa con su pareja y su pequeño los sábados por la tarde. Yo hago casi lo mismo, excepto por la salsa: a mí me encanta bailar y cantar rock and roll.

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Por eso no pude dejar de pensar en las estadísticas que nos hacen parte de una misma comunidad, los pequeños detalles que nos hacen diferentes y el futuro de nuestra comunidad,  cuando lo vi el martes gritándole a una persona de piel más oscura que la suya y cargando una mochila: “Lárguese a su país. ¡Aquí apenas podemos nosotros!”. Y venía atrás cuando lo escuché decir para usted mismo: “Qué bueno que los están sacando”.

Si le pregunto su opinión sobre la llegada de migrantes de Centroamérica y Haití a México, a Puebla, a su barrio, seguramente se llenaría de preguntas, emociones y opiniones en contra de esta comunidad. Es de lo más común y entendible sentirse amenazadas y amenazados por la presencia de nuevos grupos en una comunidad históricamente establecida.

Déjeme decirle que además no está usted sólo. De acuerdo con la última encuesta y reporte “México, las Américas y el mundo” del CIDE, la mayoría de los mexicanos no tienen una opinión favorable de las personas migrantes y no apoya la integración de migrantes.

Y esto lo tiene claro el presidente López Obrador. “Cuidar” y “rescatar” migrantes a golpes y “ayudarlos” a volver a su país (o a Guatemala, aunque sean de Haití) en contra de su voluntad en vuelos nocturnos, sólo es posible cuando el costo político está medido y es “inofensivo”. El Gobierno de México sabe que esas familias hoy están solas y que una mayoría de la sociedad mexicana hoy les da la espalda.

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Y la nación mexicana no es la única. Estados Unidos fue más lejos: Un candidato que sabía que una mayoría estadounidense temía el crecimiento de la inmigración del globo sur creó una campaña de odio contra estas personas y se hizo presidente. Y ya en la presidencia, instauró el momento más anti-inmigrante de la historia, acusando a los migrantes de ser enemigos del mundo, de la tranquilidad, de la paz. Se enorgulleció de separar padres migrantes de sus hijos e hijas para encarcelarlos por separado. Obligó al presidente de México a “contener” el flujo y a recibir a solicitantes de asilo y protección que esperan ser admitidos en Estados Unidos.

Y ya instalado el terror y el odio anti-inmigrante en el mundo pues no hubo marcha atrás. Un nuevo presidente llegó a Estados Unidos con la promesa de devolver la dignidad al proceso de inmigración y cuando vio las estadísticas y que a la sociedad regional no le importan mucho las vidas migrantes, guardó su promesa en el cajón y continuó elmomentum de rechazo a la migración.

Pero las estadísticas de la historia, vecino, también nos demuestran que promover el rechazo y el odio hacia un grupo nunca termina bien. Y mucho menos cuando se busca sostener o alimentar un proyecto de país con ello. Mire a los alemanes en los 40 o a Estados Unidos contra el mundo árabe. Siempre parece que funciona, la ciudadanía se empodera, pero siempre genera grietas y conflictos posteriores que pueden terminar mal.

Después de una Segunda Guerra Mundial que casi acabó con la vida del planeta, el mundo entero se horrorizó con la destrucción y daño que puede causar una política sobre el odio a un grupo o una raza, y sudando frío adoptó el compromiso de crear un marco de convivencia mínima que asegure el respeto a la vida del otro y la otra, más allá de la raza, género, clase o religión. Les llamaron “derechos humanos”.

Y entonces aquí viene mi reflexión de vecino a vecino: las personas migrantes hoy están solas en las tierras a las que llegan, son acusadas de ser las culpables de muchos de los males y se celebra a los gobiernos que las mantienen afuera de nuestras comunidades.

Pero las personas migrantes tienen nombre, apellido, lugar de origen y sueños de destino, como usted y yo.

Ver el trato del Gobierno de México y Estados Unidos a las personas migrantes a mí me pone a temblar, porque está demostrado históricamente que la violencia y la violación de derechos sistemática contra una familia, una madre o un niño que no cometió delito alguno es una amenaza para la comunidad global. Por una ley nueva, mañana puede ser cualquier otro grupo. Por su color, su apellido o su pasaporte. Usted o yo, digamos.

También está estadísticamente probado que mañana o pasado mañana, las hijas e hijos de las migrantes del mundo y una creciente generación de jóvenes a favor del respeto y la inclusión de las personas migrantes nos van a pasar la factura política del dolor y daño que causamos hoy en otros y otras para salvarnos. No se le olvida que las clases medias (si es que existen) cada mes tienen menos hijos, particularmente en Europa y Estados Unidos. El futuro es mayoritariamente de las mujeres, es del Sur y de los migrantes.

El poder que da el maltrato a las personas migrantes, hoy es el puente que le abre la puerta a más violaciones de derechos humanos y el ejemplo de maltrato que damos hoy será la regla con la que seremos medidos mañana cuando pidamos respeto.

Vecino: rompamos la estadística. Protejamos los derechos de todos. De todas. Seamos ejemplo de respeto. Desafiemos el futuro haciendo lo correcto hoy.

 

Post Data virtual que invita a su vecino de arriba y a quienes leen esta columna a recordar que a principios del siglo XX las comunidades migrantes africanas, obligadas a trabajar en los campos o encarceladas de por vida por delitos menores, usaron su canto y su voz para sobrellevar la vida y sentar las bases de lo que será el blues; que en 1968 un migrante mexicano se subió por primera vez al escenario de una festival de güeros llamado “Woodstock” y cambió la historia del rock; que en ese mismo 1968, un grupo de migrantes puertorriqueños, dominicanos y panameños se reunieron en las calles de Harlem y reinventaron el Son para crear la salsa; en 1978 un nigeriano, luego de recorrer el mundo, reinventó la música popular para crear el Afrobeat y, hasta el día de hoy, son los migrantes quienes mantienen viva la economía del mundo y la llama de la cultura y el arte.

*Foto de portada: LADO B

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Autor Lado B
Marco Castillo
Marco Castillo es antropólogo y activista poblano. Actualmente es el Co-Director de Global Exchange y fundador de la Red de Pueblos Trasnacionales. Vive, trabaja y sueña entre Puebla y Nueva York.
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