Lado B
Suculenta
Ya ni en las mascotas: las plantas son los nuevos hijes a los que dedicar atención y cuidado. Hay otros mundos pero están en las macetas
Por Klastos @
01 de julio, 2021
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Diana Cuéllar Ledesma

En mi léxico infantil, la palabra suculenta no pertenecía a la botánica sino a la crítica culinaria: “estos tacos están suculentos”. En casa no había plantas de interior porque los adultos trabajaban y no podían procurarlas. Las macetas y sus contenidos solían ser un asunto de abuelas. El repertorio de plantas domésticas no era muy variado: geranios, pasionarias, bugambilias, rosales y pensamientos…

Las suculentas eran plantas de relleno y la sábila era la única que se entronizaba en maceta: en las entradas de casas y negocios solía haber un par de ellas con un lazo rojo atado a alguna penca. No era un asunto ornamental, sino mágico-religioso. Sobre el tezontle del altiplano mexicano crecían agaves y cactus soberbios; pero rara vez poblaban el paisaje doméstico, pues era más factible encontrarlos en las jardineras de los zócalos o las construcciones coloniales convertidas en oficinas, hoteles o restaurantes.

En la última década los cactus y crasas se han convertido en protagonistas de la jardinería mundial, un hecho revelador y sugerente que resulta de la combinatoria entre las fuerzas del mercado hortícola y ciertos cambios en la subjetividad y las dinámicas sociales. De acuerdo con la encuesta nacional de jardinería de los Estados Unidos, en 2015 cinco de los seis millones de personas que practicaban ese pasatiempo en aquel país eran millenials.

Las suculentas y los cactus se han impuesto entre esa generación por muchas razones, pero la más importante es su idiosincrasia poco demandante (apenas necesitan riego, se reproducen con facilidad y requieren cuidados mínimos para su mantenimiento). Como bien sintetizan los memes de “la señora de las plantas”, la jardinería ha dejado de ser un asunto exclusivo de madres y abuelas para convertirse en un pasatiempo juvenil.

Suculenta

Meme visto en Facebook

El apelativo “señora de las plantas” refiere a un grupo poblacional bien acotado: mujeres boomers de mediana edad cuyas principales ocupaciones se concentraban en lo que hoy denominamos cuidados domésticos. Madres, tías, nanas, y abuelas mantenían con vida y salud a todos los seres vivos que poblaban las casas, incluyendo mascotas y plantas. Hoy el cambio de actores en el mundo de la jardinería ha reconfigurado su práctica. Las abuelas tenían predilección por las plantas con flores y cuidaban con celo sus begonias, jazmines y rosales. Sabían cuándo y cuánto regar, dónde colocar las macetas para que recibieran la cantidad de luz adecuada, y usualmente compartían entre ellas “hijitos” o esquejes de sus mejores ejemplares. 

La mayoría de los millenials comparten en Instagram las fotos de sus suculentas, viajan sin temor a que se les mueran y, cuando esto ocurre, las reemplazan por nuevos ejemplares que compran por internet. Ante la ausencia de cuidadores y la poca voluntad de asumir las responsabilidades del cuidado, han hallado en aquellas variedades vegetales el recurso perfecto para convertir sus viviendas en hogares, dotándolos de verdor y calidez. Hablando de reproducción y cuidados, en inglés se ha acuñado el término “plant parenthood” para referir a la tendencia juvenil hacia la horticultura como una especie de sustitución psicoafectiva y ocupacional frente a la falta de hijos o la búsqueda de estabilidad. Lo cierto es que ya sea por apego o desafección, (ir)responsabilidad o narcisismo, necesidad o moda, la fiebre por las suculentas se ha extendido a escala planetaria. En la nueva jardinería doméstica prevalece la facilidad sobre el esfuerzo, y la practicidad ha transformado el gusto colectivo.

La moda de las crasas sin duda llegará a su fin, pero la sobrepoblación de objetos relacionados con ellas pervivirá por siglos. En el futuro se encontrarán suculentas de plástico, ropa con estampados de cactus y todo tipo de parafernalia afín en los bazares y mercadillos de antigüedades. El impacto ecológico de esta tendencia está aún por medirse, dada la propagación descontrolada de algunas variedades y el saqueo y tráfico de otras. Hoy los cactus y suculentas son la tercera familia de plantas más traficada a escala mundial, antecedida por las orquídeas y las carnívoras. 

La mayor presencia de esta familia botánica en las grandes urbes ocasionará su propagación en las áreas verdes de las ciudades y en los campos del extrarradio debido a los procesos de diseminación y polinización. El horticultor español Carlos Magdalena habla de “colonialismo botánico” para describir los procesos mediante los cuales se extraen o introducen variedades exógenas en determinados entornos, impactando dramáticamente en la flora y fauna locales. Históricamente los procesos de este tipo han respondido a accidentes, experimentos o necesidades agrícolas, pero muchas veces también son producto de la volición ornamental, como en el caso de las jacarandas, oriundas de Sudamérica e introducidas en México por un jardinero japonés para embellecer el paseo de la Reforma, según cuenta la leyenda. En el caso de las suculentas, la función estética se ha concatenado con factores prácticos y de mercado generando una bomba molotov de bioconsumo desenfrenado.

En su libro El mesías de las plantas (2018) Magdalena también introduce el concepto “ceguera vegetal”, un término usado en el campo de la botánica para referir al proceso social que configura la mirada colectiva hacia el universo de las plantas, a menudo ignorándolas. Le Corbusier pensó la casa como una máquina para habitar; en su emblemática Villa Savoye, el jardín se reduce a geométricas y uniformes superficies de césped para ser vistas a lo lejos y hacia abajo, desde el interior de la vivienda. De acuerdo con su índice analítico, el libro de Witold Rybczynski La casa. Historia de una idea (1986) no menciona las palabras planta ni maceta, a pesar de que en él se recorre la historia de la casa y la domesticidad en occidente desde el medioevo hasta el siglo XX.

Sin embargo, y como bien nos recuerda el Santo niño cieguito de Puebla, las paradojas de la visión son infinitas. El mismo Carlos Magdalena relata una anécdota en la que un grupo de personas aterriza en una isla africana y, ante el verdor del panorama, asume que el territorio está boyante de vegetación y, por lo tanto, ecológicamente sano. Una mirada especializada, dice el autor, tardaría poco menos de diez minutos en percatarse de que la mayoría de las plantas de la isla son flora nociva que impide la reproducción de ciertas especies endógenas, la vegetación es poco variada y, en consecuencia, el equilibrio ecológico flaquea. 

El reino vegetal es el menos conocido por el ser humano. Se estima que existen en el planeta alrededor de 390 mil especies conocidas de plantas vasculares (es decir, sin contar musgos y algunas algas), pero solo el veinte por ciento de ellas son conocidas por los humanos. Tal vez en los escroleos nocturnos por Instagram o al pasear por los rincones de casa podamos hacer un ejercicio de optometría vegetal y tratar de ver más allá de nuestras preciosas echeverias.

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