El jardín de los suplicios, de Octave Mirbeau
Novela decadentista, El jardín de los suplicios, es una aproximación interesante al malestar que caracterizó a la sociedad europea de finales del siglo XIX. En particular, para los franceses, el desencanto se representó por el caso Dreyfus, un evento de espionaje y antisemitismo que significó una ruptura social y política para el país. En este contexto, Mirbeau, que había seguido en sus primeras obras los cánones de la novela francesa realista, da un giro a su narrativa y publica tres obras que rompen con la tradición: El Jardín de los suplicios (1899), Diario de una camarera (1900) y Las 21 jornadas de un neurasténico (1901).
Por Alejandro Badillo @alebadilloc
20 de noviembre, 2014
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Alejandro Badillo

@Alebadilloc

[dropcap]N[/dropcap]ovela decadentista, El jardín de los suplicios, es una aproximación interesante al malestar que caracterizó a la sociedad europea de finales del siglo XIX. En particular, para los franceses, el desencanto se representó por el caso Dreyfus, un evento de espionaje y antisemitismo que significó una ruptura social y política para el país. En este contexto, Mirbeau, que había seguido en sus primeras obras los cánones de la novela francesa realista, da un giro a su narrativa y publica tres obras que rompen con la tradición: El Jardín de los suplicios (1899), Diario de una camarera (1900) y Las 21 jornadas de un neurasténico (1901).

Editorial Impedimenta, 1era edición 2010

Editorial Impedimenta, 1era edición 2010

El jardín de los suplicios se divide en tres partes: la primera es una plática entre intelectuales en la que discuten si el asesinato puede ser ético y cómo la sociedad condena la violencia cuando la fomenta en las ideologías y nacionalismos que, muchas veces, conducen a la guerra. La segunda y tercera parte abordan la relación entre un viajero que, para por corrupción y ventajas políticas, se traslada a Ceilán donde se hace pasar por científico. Ahí, conoce a Clara, una mujer excéntrica que narra sin ningún pudor la explotación colonialista de los países europeos en Asia. La última parte presenta también a Clara, ahora en China, y a un enamorado anónimo que la sigue por un jardín en el que se realizan las torturas más atroces. En lugar de la historia tradicional en la que las escenas conducen a una serie de dificultades que pone a prueba al enamorado, tenemos las reflexiones de Clara sobre “el arte de la tortura y la muerte” mientras recorren el jardín repleto de presos sometidos a sangrientos castigos. Hay varias perspectivas que le interesan al autor: la crítica del colonialismo en Asia que sólo explotó recursos humanos y materiales; el doble discurso de occidente que proclama los más altos valores pero que no los aplicó para lograr una mejor convivencia con los países subdesarrollados. El jardín, así como Clara, son una metáfora de la belleza deslumbrante que guarda en su interior los más terribles secretos que se revelan casi a la primer mirada. El jardín de los suplicios, entonces, es la empresa civilizadora que justificó la violencia y el asesinato con discursos de índole natural, evolutiva o de simple supremacía de una raza sobre otra.

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