M.M. Ma. Teresa Abirrached Fernández *
Dejé el trabajo en casa, no tenía conexión a internet, mi abuelita está en el hospital y yo tuve que ir a cuidarla. No sabía cómo resolver la tarea, tuve demasiadas actividades y no pude terminar.
Excusas y más excusas. ¿Quién no ha sido víctima de una explicación poco creíble cuando ha quedado en reunirse con un amigo y éste llega tarde, esperó el envío de una información y nunca la recibió?
La excusa, definida por la RAE como motivo o pretexto para eludir una obligación o disculpar alguna omisión, se utiliza para enumerar razones o causas para convencer a otro, atenuar las consecuencias o impedir que algo perjudicial se concrete.
En este sentido, la excusa y el pretexto son sinónimos. Sin embargo, en lo personal considero que hay una frágil línea que separa los dos conceptos: mientras que la excusa se basa en acciones pasadas, el pretexto va hacia el futuro.
El origen de las excusas se remonta al seno de la familia, a través de nuestros padres. Durante nuestra infancia observamos que ellos cometen errores, como cualquier ser humano, por lo que una conducta sana sería enseñarle al niño que la perfección no existe y que es sano equivocarse. Sin embargo, cuando el niño observa a sus mayores justificarse ante los demás por las faltas cometidas, se forma en su mente el miedo a equivocarse, viendo, además, que la excusa da resultados. Todo ello le lleva a ocultar sus omisiones y errores y escudarse en la excusa para evadir su responsabilidad.
Así crecemos, con la idea de que no puedo ser culpable de lo que me sucede porque siempre habrá alguna circunstancia ajena a mí que me llevó a realizarlo. No acudí a trabajar porque no sonó el despertador. Es cierto que me dormí, pero el problema no es el despertador, sino que no tuve el cuidado de programarlo la noche anterior.
Aprendemos, pues, a culpar a los demás por lo que nos ha salido mal: a los maestros por nuestras bajas calificaciones, al gobierno porque el dinero no nos alcanza, a la pareja cuando la relación no funciona, a los hijos por nuestros fracasos como padres, a Dios porque muere un ser querido, y hasta el hoyo en la calle porque nos tropezamos.
La excusa es una forma de decir “no es mi culpa” y son la razón de la falta de acción, ya que normalmente las utilizamos cuando no hicimos algo que sabemos que debimos hacer, pero que podemos cubrir aludiendo a las circunstancias y no asumir nuestra responsabilidad. Sin embargo, las excusas son un tema delicado porque quien las utiliza trata de justificar sus acciones de manera legítima, esto es, creer que hemos actuado de manera correcta. En este caso, la persona no se siente responsable porque se pierde en una historia basada en mentiras para evadir la propia culpa, buscando explicaciones para todo aquello que se sale de control. Esta actitud puede convertirnos en víctimas del tráfico, los compañeros, los amigos, o las piedras del camino.
¿Cuándo buscamos excusas? Cuando no queremos hacer algo: cuando no quieres salir, inventas excusas para no hacerlo, en lugar de decir no quiero, que es el verdadero problema, el miedo a decir no y, por lo tanto, a quedar mal con la persona.
Buscando en internet el significado de la excusa, me encontré con la siguiente frase: “Dicen que el infierno está empedrado de buenas intenciones, las excusas son las piedras que cubren el pavimento”. Y ahí está el detalle. La persona que se excusa tiene buenas intenciones, pero sólo eso. A la buena intención hay que sumarle la acción o de lo contrario se convertirán en argumentos de vida. Siempre he creído que lo más valioso que tiene una persona es su palabra, y ésta hay que honrarla. Las excusas hacen todo lo contrario, nos alejan de las personas por falta de confianza o porque se han cansado de escuchar siempre lo mismo.
Si las personas acostumbran a dar excusas es porque las otras personas las aceptan. Si la excusa se ha convertido en un recurso es simplemente porque funciona. Si esperas a una amiga para tomar un café y llega 30 minutos tarde, inventando alguna excusa, se la compras y pasas a otro tema. Entonces, logró su objetivo. Si el alumno no hizo la tarea y te dice que la tiene en su USB que dejó en casa, le permites que lo entregue al día siguiente. En resumen, siempre obtienen lo que quieren manipulando a los demás.
Cuando no aceptemos las excusas, éstas perderán su valor de cambio, convirtiéndose en un recurso poco atractivo. Si entendemos que la vida avanza cuando resolvemos problemas, no cuando los evitamos, entonces las excusas dejarán de ser valiosas. Las excusas nos detienen, no nos dejan avanzar. Sin darnos cuenta comenzamos a justificarnos por todo aquello que hacemos o dejamos de hacer, sin analizar que cada argumento empleado en este sentido nos deja detenidos en el mismo lugar, inmerso en un mar de mentiras de las que es muy difícil salir.
* La autora es profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.
Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com
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