Martín López Calva
“…Sin el SNTE es imposible resolver satisfactoriamente cualquier problema, y con el SNTE tampoco”.
Pablo Latapí Sarre. Reflexiones sobre la educación en México.
Más allá de las inconsistencias del estudio presentado por el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) la semana pasada, el resultado de este análisis revela con claridad suficiente el enorme desorden y la gran opacidad que predomina en el manejo de los recursos públicos destinados a la educación, que en un alto porcentaje tiene que ver con el pago de la nómina de los profesores que trabajan en las escuelas públicas de todo el país.
Porque a pesar de las declaraciones en contra de los datos que dio a conocer el IMCO por parte de la SEP federal y de las autoridades del estado de Hidalgo, muchos de los datos que contiene este informe no fueron rebatidos con claridad y la forma en que está presentada la información en el portal de la SEP –de donde se tomaron por parte del programa “Mejora tu escuela” del IMCO-, en formato pdf que dificulta su procesamiento y “enterrados a varios clicks de distancia y, una vez que los encontrabas, había que leer cientos de páginas con decenas de miles de registros” muestra claramente que estamos a años luz de la deseable transparencia y rendición de cuentas propias de toda sociedad democrática.
Del estudio, sus limitaciones y aportaciones me he ocupado ya en otro espacio, de manera que en esta columna voy a tratar de reflexionar acerca de un elemento que llamó poderosamente mi atención dentro de la polémica desatada por el debate entre el IMCO por un lado y la SEP y el SNTE por el otro.
Me refiero a la reacción del nuevo presidente del SNTE, Juan Díaz de la Torre y de varios analistas, investigadores educativos y docentes frente al estudio en cuestión.
En una entrevista con el periodista Carlos Marín en Milenio Televisión, el líder magisterial que sustituyó a Elba Esther Gordillo tras su detención –y que apunta a convertirse en un dirigente similar a sus antecesores- afirmó que el estudio respondía a “una estrategia de otro tipo”, destinada a desprestigiar al SNTE y magisterio a la que calificó como una parte de la “rebelión de las élites” que quieren acabar con la educación pública en México.
En este mismo sentido se manifestaron algunos analistas considerados “críticos” del sistema, al igual que varios investigadores educativos y docentes a través de las redes sociales. “Si quieren mejorar la calidad educativa, paren la campaña de desprestigio” decía una conocida investigadora, “Yo no caigo en lo fácil…” “no se rían de los profesores…” decía otro académico destacado. Ahora ya no solamente la SEP y la SHCP auditan los ingresos de los maestros sino también Televisa (sic), Mexicanos primero, el IMCO… afirmaba un profesor.
“Tenemos el priismo metido en la médula, por lo que hay mucho clientelismo, corporativismo, amiguismo, tráfico de influencias…” afirman Emilio Ribes Iñesta y muchos otros analistas de nuestro imaginario colectivo nacional.
Pero además del corporativismo, el clientelismo y el tráfico de influencias que conservamos como sociedad de la cultura priísta y que se manifiestan sin duda en la complicidad entre la SEP y el SNTE en la asignación irregular de plazas, salarios, estímulos y sanciones a los docentes del país, tenemos en nuestra cultura educativa muy arraigados ciertos valores que identificamos como parte de la debida solidaridad gremial y que son sin embargo, desde mi punto de vista, evidencias de la “obediencia perfecta” producto de décadas de un sistema que se fue apoderando de nuestra consciencia.
Porque así como la vieja estrategia ideológica de los presidentes priístas nos metía en la mente la idea de que cualquier crítica al ejercicio de gobierno o al gobernante en turno era un ataque contra México, una muestra de deslealtad a la patria y de falta de solidaridad con nuestros compatriotas, así también parece que tenemos metida hasta la médula la idea que asocia falsamente cualquier crítica a la SEP o al SNTE -opacos, autoritarios, burocráticos y clientelistas- como un ataque o conspiración para denostar a los docentes y acabar con la educación pública en el país.
De manera que en lugar de indignarnos con la inequidad que muestra el estudio al señalar que el promedio de ingresos de un profesor en el país es de alrededor de 25 mil pesos –que si entendemos el concepto de promedio, tendremos claro que este dato es elevado por el alto número de profesores que ganan mucho dinero mensual por tener dos, tres y hasta cuatro plazas como muestra el censo del INEGI o por gozar de privilegios discrecionales-, decimos que es el colmo que se plantee esta cifra porque nuestro sueldo individual está muy lejos de esa cantidad.
De modo que en lugar de exigir que se investigue a fondo lo que arroja la nómina docente y que se sancione a los responsables de cualquier irregularidad y se corrija y transparente toda la estructura salarial del magisterio para aspirar a lograr la equidad en el ingreso de los profesores –que no los casos individuales, como pedía una investigadora, pues no se trata de casos aislados sino de una complicidad estructural entre gobierno y sindicato que lleva décadas funcionando- descalificamos el estudio y lo ubicamos dentro de un complot contra los maestros a los que victimizamos.
Esta falsa solidaridad gremial ha sido hallada en distintos estudios aplicados en otros campos como por ejemplo el de la gestión escolar. En su investigación doctoral titulada Conflictos morales en el ejercicio de la función directiva del nivel básico, la Dra. Cecilia Fierro, investigadora nacional nivel 1 descubre a partir de 199 narrativas de directores escolares, tres grandes disyuntivas en el ejercicio de la gestión escolar a nivel básico: ¿A qué me dedico? Que se refiere a la tensión entre gestionar la educación y administrar la escuela, ¿Intervengo o dejo pasar? Que alude al conflicto entre el contenido y los límites de la solidaridad hacia los compañeros y sus consecuencias en el funcionamiento escolar, y ¿A quién protejo? Que se relaciona con la tensión sobre a quién proteger en situaciones cotidianas en las que los intereses de alumnos y profesores entran en conflicto.
Como puede verse, dos de las tres disyuntivas fundamentales se relacionan con esta falsa solidaridad introyectada del sistema corporativista del que nació nuestro sistema educativo y en el que desgraciadamente se mantiene hoy con el enorme riesgo de restauración del viejo sistema.
No resulta extraño, aunque no deja de ser preocupante que en estas dos disyuntivas los directores escolares tienden a actuar desde la cultura de la falsa solidaridad gremial y dejan pasar muchas situaciones en las que deberían intervenir porque inciden en el mal funcionamiento de la escuela en aras de no perjudicar a sus compañeros docentes y se decantan por proteger a los profesores en situaciones en las que sus intereses se contraponen a los de los alumnos, aún cuando los alumnos tengan la razón o incluso estén viviendo situaciones en las que los maestros vulneran sus derechos o no cumplen con sus responsabilidades como educadores.
La verdadera solidaridad como gremio magisterial tendría que manifestarse en la actuación ética que promueva el cumplimiento de la responsabilidad educativa de cada docente y el buen funcionamiento de la escuela porque de este mejoramiento de la calidad de nuestro trabajo depende la recuperación del prestigio y el estatus social del profesor que se encuentran tan deteriorados.
De la misma forma, la verdadera solidaridad con los maestros que trabajan día a día con profesionalismo y compromiso debería pasar por una exigencia de terminar con el sistema de complicidades y corrupción que se vive y presionar para que se construya un sistema educativo transparente, que rinda cuentas de los recursos públicos invertidos y que gaste cada vez mejor el presupuesto otorgado.
Lo contrario es un ejercicio de “Obediencia perfecta” a un régimen que debería desaparecer, aunque aparente ser una muestra de solidaridad. El paso de la “obediencia perfecta” a la plena autonomía de los profesores pasa por una solidaridad bien informada y adecuadamente enfocada.
*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.
Columnas Anteriores
[display-posts category=»educacion-personalizante» posts_per_page=»-15″ include_date=»true» order=»ASC» orderby=»date»]