Justino Miranda | Nodo Noticias
Cuernavaca, Mor. Casi al amanecer, los tres amigos de infancia seguían sentados en un rincón de la plaza municipal “Emilio Carranza” de Miacatlán, situado al sur de Morelos. Durante la noche y parte de la madrugada continuaban la parranda.
El avanzado estado etílico de Jesús Martínez “La Churra”, concitó la sugerencia de un pacto de amigos, de hermanos. Cada uno expuso un deseo para cuando llegara el momento de su muerte. Los muchachos no superaban los 18 años de edad.
“La Churra” pidió que en su funeral llevaran una banda de viento; Francisco Javier “El Chato”, exigió que estuvieran presentes en el cortejo fúnebre y su sepultura.
El tercero de ellos, un joven moreno, de complexión delgada y siempre inquieto, rompió con el protocolo y exigió una botella de alcohol y una cajetilla de cigarros de la marca “Alas”.
“Miren, culeros cuando yo me muera me llevan una botella y cigarros para seguir la fiesta”, exclamó Edgar Tamayo Arias “La Yegua”, apodado así por su carácter inquieto detectado desde su instrucción primaria, cuya directora Delia Beltrán lo llegó a catalogar como hiperactivo.
Francisco Javier Cervantes, “El Chato”, acaso el mejor amigo de Edgar Tamayo, recuerda esa madrugada cuando los tres “alegres compadres” pactaron su último deseo llegado el momento de la muerte.
Eran jóvenes, nada los detenía para visitar municipios aledaños en busca de bailes, jaripeos, novias y de paso compartir noches de parranda en la plaza pública, nombrado por ellos como “El centro de acopio” de alcohol. En ese lugar, dice “El Chato”, la policía no podía detenerlos por ingerir bebidas embriagantes porque la prohibición era en las calles.
“El Chato” recuerda que a “La Yegua” le gustaban los toros, le gustaba torear, pero tiempo después fue tanta su afición que se ausentaba del pueblo dos o tres meses en seguimiento de las fiestas regionales que incluían el jaripeo.
Sus recuerdos con “La Yegua” lo remiten al kínder “Eva Sámano de López Mateos”, luego la primaria “Vicente Guerrero” y después la secundaria “Benemérito de las Américas”.
Su memoria atrapa la afición compartida por el baile que los llevó a ser conocidos como los mejores exponentes de danza en la primaria y secundaria.
“Bailamos en concursos de Jojutla y Cuernavaca y después formamos un club de baile con mi hermana Rocío, su hermana Alma, mi actual esposa Alma Delia; Gaby Franco, Deyanira Luna y otras jóvenes”, dice Francisco.
En su casa, a 20 metros de la casa de Edgar, “El Chato” recuerda a los maestros de danza Isabel y Migue Arias Cruz, en la primaria, quienes les enseñaron los primeros pasos de los bailes regionales.
En su evocación considera su paso por el futbol llanero aunque la popularidad se la ganaron por el baile. “Éramos novieros, casi, casi (Leonardo) Di Caprio, teníamos muchas amigas. Una novia por aquí otra por allá. A Edgar le gustaba bailar mucho la cumbia”.
De pronto el rostro de “El Chato” adquiere un matiz de angustia y suelta el llanto por el recuerdo de su amigo y la funesta desgracia que pende sobre él por la condena a muerte por inyección letal, el miércoles 22 de enero.
Su dolor se debe, dice, a que no pudo despedirse de su amigo cuando aquel partió a Estados Unidos en calidad de indocumentado. Un accidente automovilístico lo postró en cama durante tres meses y lo dejó en estado vegetativo.
“Le mandé dos o tres cartas cuando estaba en prisión. Me contestó y me dijo que yo era su mejor amigo porque nadie de aquí se tomó la molestia de mandar una carta…”, evoca.
Antes, mucho antes de su partida, “El Chato” y “La Yegua” hablaron de viajar a Estados Unidos, pero no se lanzaron a la aventura. La decisión de Edgar fue así nada más, espontánea, de repente.
“Un día Edgar dijo algo así como: ‘que me quiero ir a Estado Unidos’. Un amigo de la esquina de la calle le metió la espinita y meses después se fue con mi hermano.
“Después de mi accidente quise probar el sueño americano pero mi papá supo que también se podía ir contratados y es mejor porque así tienes trabajo y donde vivir”, dice “El Chato” cuyo rostro del lado derecho, a la altura de la sien, muestra una cicatriz como sello de aquel fatídico accidente que le impidió despedirse de su amigo.
“Dejé de verlo cuando estaba en recuperación. No sé si me vino a ver porque estaba en estado de coma, durante tres meses pero cuando me alivié ya no lo vi”, afirma El Chato con un llanto de angustia.
Yegüita
Era la hora del recreo del turno matutino, cuando el niño fue llevado a la dirección y ante la rectora Alma Delia Beltrán, enfrentó la acusación de sus compañeros. Una travesura durante el juego lo señalaba como el responsable y como sanción fue conducido con otro grupo de niños para colaborar en la realización del periódico mural.
“Lo teníamos que hacer para mantenerlo ocupado porque era muy inquieto. Antes no había sicólogos en las escuelas, pero seguramente lo habrían diagnosticado como alumno hiperactivo”, asegura la maestra jubilada cuya dirección en la escuela primaria “Vicente Guerrero” la tuvo desde 1970 hasta el 2008.
A Edgar lo recuerda como un elocuente declamador en grupo. A la mente de la maestra viene una poesía en la que destacó, allá por el cuarto año de primaria. El recuerdo provoca el llanto de la profesora, cuyo domicilio se ubica justo atrás de la calle Cuauhtémoc donde jugó y corrió Edgar cuando niño.
“Aquí en el pueblo estamos muy tristes porque lo que esperamos es muy lamentable para la familia Tamayo Arias, y por supuesto para Edgar que más de la mitad de su vida se la pasó encerrado y está a punto de irse y abandonar para siempre a su familia”, afirma la maestra.
Pilar Oropeza Arriaga, maestra de profesión pero contemporánea de Edgar, lo recuerda como un niño inquieto pero saludable porque jugaba mucho. Era, dice, un niño común, alegre, travieso, pero nunca hizo daño a sus compañeros.
Su paso por la secundaria también está marcado por su afición al baile y sus bajas calificaciones en la materia de Español y Ciencias Naturales.
Sus boletas de calificaciones del primero y segundo año muestran a un niño moreno, delgado, de frente ancha, bien peinado y con una expresión de tristeza en los ojos.
Su partida
La suerte de Edgar es seguida a todas horas por sus vecinos del centro de Miacatlán, un municipio cuya población se acerca a los 25 mil habitantes, según el censo poblacional de 2010.
De esa cifra, el 48 por ciento son hombres y el resto mujeres, aunque la demarcación registra la ausencia de varones porque la mayoría abandona su tierra para ir en busca del sueño americano.
Su regreso está marcado en diciembre para compartir las fiestas de Navidad y Año Nuevo, pero principalmente porque el 21 de ese mes se celebra la fiesta patronal de Santo Tomás Apóstol; también en febrero, el 11, se desborda el fervor religioso al celebrar la fiesta del Alma de la Virgen.
“El Chato” y otros vecinos no se dan por vencidos y aunque la fisonomía de su amigo cambió de manera abrupta con la enfermedad del vitiligo, dice que lo recuerda tal como era.
-¿Y cómo era?-, se le inquiere.
-Muy delgado, ahora está “pinto”, ya lo vi en la computadora; era moreno, muy moreno, como de tu color-, dice al reportero.
-¿Y qué dice la raza de todo esto?
-Lo sienten pues, pero hay una esperanza. Aquí el ser humano podrá decir misa pero Dios tiene la última palabra-, alienta “El Chato”.
Y juega su última carta. “A las autoridades de Estados Unidos les pido que revisen bien ese problema porque aquí tiene dos días que llegó un amigo de Coatlán del Río (municipio de Morelos) que concurrió en el incidente y dice que (a Edgar) lo llevaban esposado y el policía se detuvo en una caseta telefónica y dice que cuando iba subiendo le dispararon de afuera. Él asegura que Edgar no fue. Le pido a las autoridades que revisen el caso”, clama El Chato.
El viacrucis
Edgar cruzó la frontera hacia Estados Unidos cuando era adolescente luego de ver frustrada su aspiración por ingresar al Heroico Colegio Militar.
Su familia es origen humilde, su madre Isabel y su padre Héctor Tamayo, profesor de carrera, son personas apreciadas en la comunidad.
El 31 de enero de 1994, cuando Edgar tenía 26 años, fue arrestado en estado de ebriedad, luego subido a una patrulla y cuando lo llevaban con otros detenidos a la cárcel de San Jacinto, el policía Guy Gaddis se detuvo a realizar una llamada telefónica, pero al subir nuevamente a su unidad presuntamente fue ejecutado por Tamayo y luego la patrulla chocó.
El juicio contra Edgar fue considerado injusto porque al momento de su detención estaba ebrio, las manos esposadas hacia la espalda y la parte trasera de la patrulla tenía una reja especial para evitar la fuga del detenido, pero a pesar de las inconsistencias del caso y que se violaron sus derechos como ciudadano extranjero, fue sentenciado a muerte.
Desde entonces fue asistido por una defensora de oficio y comenzó la lucha por demostrar su inocencia y por revocar la pena de muerte, pero el cansancio y la desesperanza también apresó su optimismo.
Quienes lo han visto en los últimos años han atestiguado su transformación física, la tensión permanente le provocó vitíligo, enfermedad de la piel que terminó por invadir su rostro y su cuerpo.
Pablo Antonio Castro Zavala, presidente de la Confederación de Asociaciones y Clubes de Morelenses de Estados Unidos y Canadá, detalló que en varias ocasiones visitó a Edgar en la prisión y sostuvo largas conversaciones en la que hoy, el hombre de 46 años condenado a muerte, le contó sobre sus añoranzas, sus recuerdos.
“La primera vez que lo visité, se veía optimista, echándoles ganas, lo único que lo hacía sentir mal moralmente era el sufrimiento de sus papás”, narró y señaló que Edgar sostiene hasta hoy su inocencia.
No obstante, el tiempo y el limbo en que se encuentra hacen mella en su salud. “La última vez que lo vi, había caído en depresión, estaba muy triste, decepcionado, porque se daba cuenta de que las autoridades no hacían nada por ayudarlo a comprobar su inocencia. Con el estrés desarrolló el vitíligo. Además sufre de dolores de cadera y espalda derivado de las lesiones que sufrió cuando la patrulla en que era trasladado chocó”, explicó
Contó que Edgar tenía nostalgia por su pueblo natal, recordaba a su antigua novia, sus tiempos de infancia y juventud, su familia; incluso, pretendía estudiar en prisión la carrera de leyes con el afán de tomar su propia defensa.