Juan Rafael Moro Ávila nació en Puebla el 18 de febrero de 1953. Es descendiente de Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente de México entre 1940 y 1946 y la figura de mayor jerarquía política en México simpatizante del nazismo. El 30 de mayo de 1984 Moro Ávila formaría parte del equipo de sicarios que asesinaron a Manuel Buendía.
Humberto Padgett
Que le dijeran Sérpico le infundía placer.
Explicaba su parecido con Al Pacino en el filme dirigido en 1973 por Sidney Lumet: tirando a estatura baja, bien parecido, el cabello largo, la barba crecida. Un policía irreverente e indomable con look de hippie en Nueva York, ciudad devorada por la corrupción hasta que él, Frank Sérpico, guerrero solitario, pone alto a la podredumbre.
Curiosa identificación para un agente de la policía secreta mexicana a quien tocó disparar al periodista Manuel Buendía cuando éste obtuvo una relación de altos funcionarios del gobierno trabajando en complicidad con los grandes narcotraficantes.
Juan Rafael Moro Ávila nació en Puebla el 18 de febrero de 1953. Es descendiente de Maximino Ávila Camacho, hermano del presidente de México entre 1940 y 1946 y la figura de mayor jerarquía política en México simpatizante del nazismo.
Moro Ávila creció en la colonia Del Valle del Distrito Federal con una hermana, un medio hermano y sin relación alguna con su padre, un comerciante de quien su madre se divorció cuando Juan Rafael tenía dos años de edad y por la cual, la familia salió de su estado natal.
Su madre se volvió a casar cuando él tenía nueve años y en la entrevista realizada en la prisión, refiere que el trato con su padrastro era bueno, igual que el ambiente familiar.
A pesar de la armonía, Moro Ávila decidió independizarse a los 15 años. Salió de casa a “correr mundo”, solía decir, aunque mantuvo un fuerte lazo con su familia, especialmente con su madre.
Aunque omitió dar los detalles económicos de su familia cuando estaba detenido, aseguraba venir de una familia con “excelente” solvencia económica, lo que hizo que su madre dispusiera de la mayor parte de los medios económicos para la defensa legal durante los días del asesinato de Manuel Buendía y la supervivencia durante los años en prisión.
Juan Rafael disfrutaba hablar de sí mismo y resulta imposible encontrar una referencia negativa de su persona, así que de sí mismo se refería como un alumno de excelencia que terminó su carrera de piloto aviador en “las mejores escuelas”.Relataba una infancia con ocasionales trabajos de peón pagados en el rancho de los abuelos en Puebla y poco después de ayudante de mecánico.En el aura de peligro en que gustaba representarse se decía corredor profesional de motocicletas desde los 16 años de edad. A la carrera de piloto aviador, se sumó su incorporación como agente federal a los 25 años, trabajo que dejó perseguido por las sospechas de su participación en el asesinato de Buendía, aunque él explicaba su baja para seguir un carrera como doble cinematográfico y actor. En la cárcel dedicaba horas a relatar el desfile de los famosos por los Estudios América, Churubusco y Televisa y a detallar sus campeonatos obtenidos en karate y judo.
Sérpico se casó por primera vez a los 24 años de edad con una mujer de quien se divorció 11 meses después del enlace. Contrajo nupcias nuevamente a los 29 años de edad con una azafata del Distrito Federal con quien tuvo dos hijas. El matrimonio se diluyó nuevamente y el ex policía inicio una tercera relación de unión libre con una mujer 20 años menor que él, quien los visitaba constantemente en el reclusorio en visitas íntimas.
Vivía en un departamento propio en la Colonia del Valle, con una vida acomodada que le permitían sus ingresos de 6 millones 500 mil pesos al mes, tenía excelente relación con su mujer y sus hijas, a quiénes les pasaba pensión alimenticia.
Hacia los 16 años de edad, Rafael Moro fumó marihuana por primera vez y comenzó a tomar experiencia sexual con prostitutas. Negaba ser consumidor de bebidas alcohólicas, pero en el expediente en que se le relaciona con el asesinato del periodista son recurrentes las versiones de sus novias de cómo se convertía en un toro con las banderillas en el lomo luego de pasar una tarde y su noche aspirando cocaína.
Una de ellas fue la Princesa Yamal, una vedete uruguaya que incursionó con poco éxito en el cine de ficheras de la época.
La versión admitida por el juez de causa –esta investigación periodística no halló documentos de ningún tipo que sostengan alguna de las otras hipótesis– apunta a que José Antonio Zorrilla Pérez vendía protección al Cártel de Guadalajara, específicamente a Rafael Caro Quintero a quien le entregó credenciales de la Dirección Federal de Seguridad, lo que constituía una autorización para hacer lo que fuera.
Un amigo convertido en lo contrario de Zorrilla, José Luis Esqueda, descubrió la complicidad y entregó documentos que probaban estos nexos al periodista Manuel Buendía, quien murió antes de publicarlos, el 30 de mayo de 1984. Meses después Esqueda también sería asesinado.
Según Juventino Prado El Diablo, en ese momento jefe de la Brigada Especial, el jefe de la policía política le llamó a su despacho el mismo 30 de mayo de 1984 para decirle “es necesario ponerle en su madre a Buendía” y que requería alguien de absoluta confianza.
Prado propuso a Moro Ávila por su habilidad con la motocicleta y Zorrilla pidió que le presentaran al agente, reputado además por sus roces con la farándula. Moro se sorprendió, pero aceptó el encargo. Cumplió la orden hacia las seis de la tarde, cuando el periodista salía de su oficina, en Insurgentes casi esquina con Reforma.
Moro Ávila aseguró que él no disparó, que en todo caso él habría recogido a un compañero suyo designado para jalar el gatillero, un agente federal apodado El Chocorrol, quien no hizo mayores aclaraciones pues fue asesinado. Y también lo mataron Zorrilla Pérez y Juventino Prado para cortar de tajo ese cabo suelto.
Moro Ávila fue condenado. Se supo entonces que Sérpico tenía otro apodo, bastante menos glamuroso: Canito
Sérpico o Canito pasó los siguientes 28 años de su vida en la cárcel.
Moro Ávila realizó varias ocasiones las pruebas psicológicas mientras estuvo recluido. En enero de 1998, casi 13 años después del asesinato de Buendía, la batería de estudios arrojó las siguientes conclusiones:
“Juan Rafael es una persona egocéntrica, perseverante con sentimientos de auto importancia y de dominio formados por una fantasía ilimitada de logros. Busca constantemente la admiración de los demás debido a su tendencia exhibicionista utilizando la manipulación para llamar la atención. Cuenta con capacidad para reconocer el pensar de los demás y de esta manera utiliza sus aptitudes para lograr ser líder de grupos y posiblemente manejo de masas.
“Es explotador y pretencioso, con falta de empatía debido a que se centra en sí mismo, encubriendo su dependencia. Es racionalista, idealista, siendo su capacidad de organización y planeación lógica. Aprovecha los recursos y aptitudes buscando el perfeccionismo. Se muestra obsesivo, perseverante, dinámico, práctico. Trata de verse a sí mismo y de parecer ante los demás como una persona virtuosa cubriendo sus faltas socialmente inaceptables.
“Trata de manipular su imagen mediante la sobre afirmación y se muestra confiado en sí mismo utilizando la racionalización como medio de defensa (…) Aprovecha los recursos y sus aptitudes para adaptarse al medio; no obstante suele ser manipulador, obsesivo y con capacidad de liderazgo.
“Debido a que es una persona que encubre sus emociones, manipuladora, con facilidad de palabra, inventivo con facilidad para el liderazgo y posible manejo de masas encubriendo sus verdaderos intereses. Padece trastorno de la personalidad narcisista”.
En prisión, Sérpico formó una banda de rock llamado Delincuencia Organizada. Estuvo preso en el Reclusorio Norte, la misma cárcel a la que llegaran en 1985 Ernesto Fonseca y Rafael Caro Quintero, los hombres que ese año compraron las almas necesarias para que Sérpico –la fantasía incorruptible de un policía corrupto– asesinara un periodista que, según los expedientes, estaba a nada de publicar cómo la mafia y la policía secreta mexicana eran más o menos la misma cosa.
Sérpico estuvo en el módulo de máxima seguridad desde su ingreso al Reclusorio Norte y no tenía limitantes para desplazarse en su interior, pues incluso el auditorio de la cárcel servía para los ensayos del grupo.
Durante su estancia en el reclusorio, nunca recibió ninguna sanción, pero los psicólogos reportaron que su encierro le causaba depresión. No llevaba a cabo ninguna actividad debido a las medidas de seguridad de la misma prisión.
Sus fantasías en el ambiente actoral y en el mundo de las pasarelas se vieron claramente reflejadas en las pruebas psicológicas aplicadas:“Este es un chico que siempre soñó con ser un músico famoso y piloto y todo lo logró porque a sus 4 años de edad empezó a aprender a tocar el piano, pues la guitarra y a los 14 ya tenían un grupo de rock, tocaban bien pero no eran famosos como él soñaba. Después se volvió famoso pero no como músico sino como motociclista…
“Él quería ser militar, pero encontró su destino en la policía judicial federal combatiendo la droga y la guerrilla. Pero años después decidió renunciar y dedicarse a la música. Logró hacer 30 películas de cine, telenovelas, comerciales y teatro.
“Ahí conoció a la mujer de su vida, una modelo que le cayó del cielo… todo iba bien hasta que llegó un día la policía por él acusado de un crimen que él no cometió… pasó muchos años en prisión injustamente por un asunto político”, escribió atrás del dibujo de un hombre al que tenía que invitarle una historia.
Sérpico relataba lleno de orgullo el día en que el militar, siendo gobernador de Puebla, se acercó a un grupo de trabajadores de Luz y Fuerza del Centro inconformes en protesta por sus condiciones de trabajo.
–¿Quién es el líder aquí?– preguntó Maximino Ávila Camacho.
–Yo soy, señor–dio un paso al frente un hombre con vestido con el uniforme caqui.
Maximino se llevó la mano a la cintura, sacó la pistola de la fornitura, encañonó al trabajador en el pecho y terminó el conflicto laboral con el movimiento de un solo dedo.
A Maximino se le debe la constitución de un poderoso grupo político que tuvo entre sus más reputados miembros a Gustavo Díaz Ordaz, también poblano, también represor, también un furioso anticomunista, pero no filo nazista, como Maximino sí lo fue así como incendiario de pueblos y permisionario de que su tropa perpetrara violaciones tumultuarias durante la Guerra Cristera (1926-1929).
Algo tiene la palabra Sérpico o tal vez el personaje que tanto gusta para cubrirse con ella a policías avenidos en asesinos y torturadores. En Argentina, durante la dictadura de 1976 a 1983, Ricardo Miguel Cavallo usó ese nombre para torturar, violar y asesinar a la oposición socialista en el país sudamericano. A diferencia del Sérpico mexicano, el argentino logró mantenerse libre durante un par de décadas hasta que reapareció en México como beneficiario del gobierno panista de Vicente Fox.
*Este texto forma parte de un trabajo publicado este mismo día en el portal sinembargo.mx titulado: Cuatro policías que vendieron su alma al crimen, y se reproduce con autorización del autor.