Yelitza Ruiz
Las estaciones están en peligro,
poco a poco se van extinguiendo,
la ciudad quiere jubilar a los trenes,
hacer un cambio por carreteras
o por las horas vuelo de los aviones,
dicen que la paciencia se agota entre los pasajeros
perenne itinerario.
Para mí son excusas,
todos los que viajamos en tren
no llevamos más equipaje que la muerte.
Los foráneos anuncian no volver a la ciudad.
Comentan que los trenes no vienen a menudo,
se quejan de la ausencia de puentes,
la perdida de mapas.
Me quedo en silencio:
¿Cómo decir que he construido una ciudad
sobre la misma?
donde el tren no se aburre
en la rutina de los rieles
y la voz es cicatriz que muerde
sonidos ya difuntos.
La ciudad parece preocupada por ocupar
un lugar en el pasado.
Despertó en los días cuando el calor
hace que los trenes
desaparezcan sin eco.
En medio del ardor,
aparece una enorme fumarola
que amarga los labios,
ahora el sonido se percibe por la lengua.
El ferrocarril es una bestia que no se cansa,
repite el gemido de los rieles a destiempo
traslada fabulas de sur a norte,
sus vagones esconden la furia de unos hombres
que a falta de hogar,
asaltan vías,
patean a ilusionistas,
desangran el ansía de los viajeros
igual a las palabras que pronuncio
cuando el diestro corazón revienta.