Eduardo Rivera Scott | Diez4 *
La noche del 20 de diciembre de 1940, el escritor F. Scott Fitzgerald asistió junto a Sheilah Graham a la premiere de la cinta This Thing Called Love, en un cine de Los Ángeles. La película trataba sobre unos recién casados que deciden posponer el sexo por tres meses para fortalecer su relación, lo que alarmó a la iglesia católica por ir en contra de las buenas costumbres, justo como lo hizo Scott Fitzgerald y su vida de excesos.
Después de la función, Fitzgerald empezó a sentir un malestar. Miró al suelo y sintió que el mundo le daba vueltas y que una hormiga le mordía el corazón. Confundido al acercarse a su auto, tropezó con la banqueta y estuvo a punto de caer mientras abría la puerta del copiloto. Una serie de risitas contenidas, sobretodo de mujeres galantes, se escucharon, y a la espalda del escritor, una metralla de comentarios asociados al inocultable alcoholismo del escritor. Humillado, volteó a Sheilah, su amante y le preguntó:
—¿Piensan que estoy borracho, verdad?
Lo que pensaban los espectadores a la brutalidad causada por el alcohol del célebre autor norteamericano no se basaba en prejuicios. Tampoco en la observación del involuntario desliz del escritor, sino su largo y ventilado historial médico: una especie de sombra infiltrada en la élite hollywoodense donde Scott, contra viento y marea se mantenía: dos infartos sufridos a mediado de los 30, tuberculosis severa y una consuetudinaria afición por la ginebra. Siempre en la cresta de la ola y siempre escribiendo.
Sheilah estaba frente a la chimenea y su hombre decidió colocarse en el mismo lugar, considerando que diciembre en Hollywood no era un clima benévolo a los achaques de un bebedor empedernido que no rebasaba los 50 años de edad. Pero esa tarde de frío, con la revista en el bolsillo Scott consideró proporcionarle a su estómago algo ajeno al líquido catalizador que bebía y tomó una barra de chocolate. Pero en cuanto se sentó junto a su mujer, Fitzgerald pareció rebotar del sillón: se levantó recto, flechado y sin hablar. Con los ojos a punto de botarle de la cabeza y amenazando con impactar el rostro de Sheila, el autor de El gran Gatsby se desplomó. Rojo como la nochebuena y frío como la nieve, Fitzgerald cayó a los pies de su mujer. El ataque al corazón del hombre de apenas 44 años, siempre aspirante a vivir la cultura norteamericana de élite fue, como dicen los médicos, fulminante. Fulminante, fue, también aquello que sucedió antes de su muerte y después de sus libros: Francis Scott Key Fitzgerald vivió de la misma manera que los personajes creados para sus historias: un genio y un alcohólico, un renegado de la clase privilegiada.
Fitzgerald no sólo vivió paralelo a sus novelas; su muerte significó lo que el final de su novela más famosa, El gran Gatsby: la caída de un hombre exitoso. En sus últimos días de vida vendió guiones de cine. Cansado y enfermo, alcanzó a escribir una última novela, El Último Magnate. A su funeral asistieron pocos amigos y familiares. Fue un día oscuro, lluvioso y desolado. Apenas una decena de personas llegaron, entre ellas la escritora Dorothy Parker, con quien sostuvo un breve romance en los años veinte. En su vestido luctuoso, la señora Parker se deslizó al ataúd y cerca del rostro de Fitzgerald, como quien busca dar revancha a alguien desprotegido, habló:
—Pobre bastardo —le dijo en susurros mientras observaba al que fuera el prototipo de la Generación perdida.
Y aunque Scott no pudo escuchar las palabras que la irónica señora Parker citaba del funeral del protagonista Jay Gatsby, en la novela de El gran Gatsby, este pequeño homenaje era testimonio del camino recorrido que Fitzgerald finalizó cuando dejaba de existir.
En El gran Gatsby, el propio Fitzgerald escribió: «de esta manera seguimos avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión sin pausa hacia el pasado».
Pocas novelas tienen la capacidad de ser llevadas a la pantalla grande más de una ocasión y seguir llamando la atención del público. Hoy, a casi cien años de su publicación, The Great Gatsby, un clásico por sí solo de la literatura estadounidense, tiene una nueva adaptación.
Francis Scott Fitzgerald solamente escribió cinco novelas: This side of Paradise (1920), The Beautiful and Damned (1922), la ya mencionada The Great Gatsby (1925), Tender is the Night (1934) y la inconclusa The love of the last Tycoon (1941). Además, Fitzgerald escribió más de veinte cuentos pequeños. Pero El gran Gatsby es su obra más reconocida.
La historia transcurre en 1922 y es narrada por Nick Carraway. En la novela se cuenta la historia de Jay Gatsby, interpretado por Leonardo DiCaprio, un joven millonario que lanza fiestas desbordadas en su mansión cada par de días. El personaje de Gatsby en un principio es misterioso, pues no se conoce realmente de dónde viene ni qué es lo que busca. Después se sabe que se trata de un millonario obsesionado por conseguir el amor de Daisy Buchanan, interpretada por Carey Mulligan, una mujer a la que él había conocido antes cuando era un soldado humilde.
La película está dirigida por Baz Luhrmann, director de Romeo y Julieta (1996), el musical Moulin Rouge! (2001) y más recientemente, Australia (2008). La nueva adaptación de la obra de Fitzgerald cuenta también con las actuaciones de Tobey Maguire interpretando al narrador Nick Carraway, el actor Joel Edgerton como Tom Buchanan y las actrices Isla Fisher y Adelaide Clemens interpretando a Myrtle Wilson y a Catherin respectivamente.
¿Podrá la obra del director Luhrmann dar un mejor homenaje que aquel hecho por la señora Parker al llamarle «Pobre bastardo» a Fitzgerald en su funeral?
Este texto fue originalmente publicado en Diez4
Con información de Alejandro Vizcarra