
Crónica de un cronista, sus groupies y su codiciada aura intelectual durante una apocalíptica visita a la ciudad de los ángeles.
La escena es digna de la filmografía de Ben Hur. Uno se siente en pleno set donde se filma La Pasión de Cristo. Reporteros, alumnos de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Puebla, groupies monsivaítas, diletantes preguntones, y una oreja de Gobernación, rodean al “maestro”.
Ese sujeto colectivo guarda un silencio reverencial y se encomienda a Santa Grabadora del Auto Shut Off que registre la palabra sagrada, en su sermón del museo Amparo. Nadie quiere moverse.
Carlos Monsiváis levita, hace tru tru, se pitorrea del “No hay más ruta que la nuestra” del comunista Siqueiros; como el Maharishi de la cultura, Monsiváis sobrevivió al asedio periodístico —ese que deja más náufragos que el Titanic y el acorazado Bismarck juntos—, transformó el asedio de sus fans por sacarse una foto con él en una lección de continencia espiritual y revindicó la ironía como método de auto-defensa ante el implacable fervor de sus seguidores que hallaron en el escritor un consejo, un fantasma y un mito.
El cronista salió entre aplausos del auditorio del museo, insuficiente ante la convocatoria del ícono de lo contradictorio y lo diverso, en la conferencia sobre David Alfaro Siqueiros. Los monsivaítas platónicos y los aristotélicos; los de hueso colorado y los que se han quedado sin hueso que roer; los institucionales y los radicales; los novísimos monsivaítas y los monsivísimos del monacato carnal; los exégetas de filosofía y letras de la universidad y los letrados de la ibero jesuita; los prepos pospúberes que aman a Montaigne sin saberlo y absorben el universo con sus videocámaras digitales y grabadoras de casettes chiquitos, y hasta los guaruras del Amparo: todos, todas y tod@s. Y los que no pudieron entrar se quedaron en el vestíbulo mirando a un Carlos Monsiváis televisado que pernoctó entre estudiantes, profesores, amas de casa y fotógrafos peseteros, en el pequeño auditorio del museo.
—¿Qué mensaje le mandaría a los niños poblanos?— le preguntó un reportero que se alzaba de puntitas, con la playera de Sicom, la cadena de información estatal, a “Monsi”,
—La verdad no se me ocurre nada… que no se preocupen, porque cuando lleguen a viejos van a tener una tarjeta de descuento.
Otra señora, muy preocupada, se acercó a él, lo jaló de la camisa, y cuando lo tuvo feis tu feis le espetó:
—Por favor, por favor, apóyenos. En Puebla se está suicidando la gente… responda una pregunta, sólo una pregunta.
—¿A poco quiere grabarme y cada vez que alguien quiera suicidarse poner la grabación?… ¡¿Se imagina?!
La rogona mostró su cara por excelencia:
—Maestro, maestro, ¿cuál es el centro de su vida?
El “maestro” se queda pensando, carbura su respuesta y nomás le dice:
—El centro de mi vida es no responder preguntas que rebasen mi capacidad y mi entendimiento.
Como al mismísimo papa, los monsivaítas persiguieron a esa alteridad de camisa de mezclilla que en español se llama Carlos Monsiváis, fetiche pop que tanto nos abruma, lo mejor de sus seguidores es su frescura y paciencia para conseguir un autógrafo del cronista oficial de la “contemporaneidad actual y vigente” (auto sic).
El auditorio del museo Amparo fue físicamente impotente para permitir el acceso de los fans del escritor.
Con los formulismos de costumbre a Monsiváis los reporteros le preguntaron de todo: desde el futuro del país hasta la clásica e infaltable pregunta de la fenomenología de la inmediatez: “¿cómo se ha sentido en Puebla?”. El ídolo de la clase media ilustrada se paró a unos pasos de los cuadros de Siqueiros provocando el pánico de los guardias que quisieron contener a la jauría de diletantes poblanos del escritor.
Carlos Monsiváis soportó preguntas idiotas, preguntas absurdas y hasta preguntas intolerantes:
—¿Está en campaña?
—¿Va a votar por Roberto Madrazo?
—Me temo que no.
—¿Por el peje?
—Si es el candidato, sí.
—¿El PRI es la encarnación de la homofobia?
—El PRI es la encarnación de un totalitarismo corrupto.
Otra reportera preocupada porque no iba a poder pasar su informe a su “oficina de México” le suplicaba al cronista que le hiciera un compendio de 50 segundos de su conferencia sobre Siqueiros.
Uno no sabe quién es quién. Si Monsiváis es el gurú de la cultura pop mexicana o si en la cultura pop habitan los Carlos Monsiváis de la política sin sujetos. Monsiváis andaba como en campaña; todo mundo buscaba tomarse una foto con él, todo mundo buscaba un autógrafo, en hojas de cuaderno scribe, en los pósters de sus apocalípticos fans, en las ediciones por poco incunables de Amor Perdido.
Un ejemplo nominal del fervor monsivaíta: al escritor no lo dejaron ni ir al baño.
—¡Que ya salga!
—¿Dónde está?, ¿dónde está?
Los libros se alzaban en el aire. Un paisaje inhumano.
Apenas terminó su conferencia sobre el pintor David Alfaro Siqueiros que culminó en un diálogo de remembranza entre Raquel Tibol (a quien la prensa ni peló por su mediática persecución tras el otro golem de la densidad humana) y Carlos Monsiváis, la perrada se cerró sobre ce eme:
—Ahorita vengo, tengo que atender una llamada… —se excusó el polígrafo.
* Este texto forma parte del libro El Aria de Giacomo, Ediciones de Educación y Cultura, Colección Azul, Octubre 2012. Y se publica con autorización del autor y los editores.
EL PEPO