La mejor escuela para nuestros hijos III: encuentros

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Martín López Calva

@M_Lopezcalva

“Hubo un libro de sueños
sin límite de páginas
Casi una vida entera platicada
con nuestra pluma y letra
con nuestras manos de olivos
y esperanzas.
Poemas, poemas…
Versos que nacían de otros versos
de otros rostros, de otras piedras
y de un mismo mar que nos alcanza.
Eran versos plenos a veces de alegrías
otras tal vez de tristeza o añoranzas”.

Antonietta Valentina Bustamante. Un libro.

En las semanas previas hemos hablado en este espacio de las características que debe tener “la mejor escuela para nuestros hijos” desde la perspectiva de una educación personalizante. En la primera parte abordamos la relevancia de los ambientes de aceptación, inclusión y confianza como parte esencial de una buena educación.

La segunda entrega desarrolló otro elemento fundamental que son las presencias significativas, es decir, los educadores que se vuelven significado personificado para los estudiantes. En este tercer y último ejercicio, abordaremos una tercera característica de las mejores escuelas y es la búsqueda sistemática de encuentros formativos para los niños y jóvenes dentro y fuera de las aulas.

Un encuentro educativo es  un momento o un proceso simbólico que transforman el modo de ver el mundo en los educandos, es el momento mágico y misterioso en el que los estudiantes trascienden el estudio de un tema o problema y establecen una relación personal transformadora con un autor del presente o del pasado, con un hecho histórico o cultural relevante, con un personaje de los que han destacado por diversas razones en el caminar de la humanidad, con una obra maestra de la pintura, la música, la literatura, la poesía, el teatro o el cine, con una persona o comunidad de personas que con su labor han hecho y están haciendo un poco mejor el mundo en que vivimos.

 No importa la duración del encuentro sino la profundidad de su huella, esto es lo que marca las vidas y alimenta búsquedas que van construyendo a los niños y jóvenes como sujetos humanos. En un encuentro intervienen de manera igualmente importante, el sentido y la profundidad de aquélla persona o búsqueda con la que nos encontramos, y el momento que estemos viviendo al suceder se encuentro.

Todos los educadores pueden, si se lo proponen y ponen en juego sus competencias creativas, su propio deseo de conocer y su pasión educadora, convertir uno o varios contenidos de la asignatura que imparten en procesos de encuentro formativo para los estudiantes.

En efecto, un buen profesor de Filosofía –un profesor que sabe que no se apdrende Filosofía, que se aprende a filosofar- puede convertir una clase más o menos tediosa, más o menos interesante sobre la filosofía de Aristóteles en un encuentro de sus estudiantes con Aristóteles, el ser humano que a partir del ejercicio de su capacidad de asombro y de reflexión construyó respuestas profundas a preguntas vitales sobre distintos campos de la experiencia humana que siguen dándonos luz sobre nuestras propias dudas existenciales.

Del mismo modo un buen profesor de Matemáticas o de Ciencias naturales puede tratar un tema de su asignatura de manera que no sea un proceso de transmisión de información o de comprensión más o menos completa de ideas sobre la materia sino un encuentro con el misterio de la naturaleza y la posibilidad de comprender sus leyes y encontrar la proporción y medida explicativa de ciertos fenómenos.

Qué decir de la literatura o el arte en general en el que los docentes tienen la oportunidad de oro de facilitar el encuentro de los educandos con la belleza, el significado, la felicidad, el dolor, el amor y la compasión que hacen vibrar al ser humano de todos los tiempos.

No obstante que existen muchos estudios teóricos, metodológicos, didácticos, científicos, que han ido progresivamente aportando elementos para la selección, dosificación y presentación de los contenidos que hay que incluir en la educación de los distintos niveles y modalidades del sistema educativo, es aún un misterio por desvelar el proceso por el cual un contenido, un tema, un enfoque teórico, un autor o escuela de pensamiento, se convierten en verdaderos encuentros que transforman la perspectiva y aún la vida de los educandos.

Este es, un fenómeno más, que manifiesta lo que el filósofo de la educación Octavi Fullat denomina la RUAH o desmesura del espíritu humano, un proceso paulatino de liberación del potencial humano, de la dimensión poética de la existencia humana a través de la educación,  que tiene que ser estudiado desde una perspectiva filosófica puesto que no es un fenómeno meramente empírico y por lo tanto evaluable o medible con exámenes, rúbricas u otros medios convencionales.

La dimensión de los encuentros formativos en la escuela tiene que ver entonces, en términos del mismo Fullat, más que con la Physis –el proceso de maduración bio-psíquica- o la Polis –el proceso de socialización e inculturación- del estudiante, con “el milagro de existir, el instinto de buscar, la fortuna de encontrar, el gusto de conocer…” como dice poéticamente Joan Manuel Serrat en su poema-canción  Y el amor.

¿Cuánto mejoraría la calidad educativa en nuestro país si en vez de que el proceso de enseñanza-aprendizaje que ocurre todos los días en las aulas se centrara en preparar para los exámenes, se enfocara hacia la vivencia cotidiana del milagro de existir y hacia el desarrollo progresivo del instinto de buscar y el gusto de conocer? ¡Qué distinta sería la actitud del niño hacia la escuela si en vez e acudir a recibir contenidos empíricamente evaluables asistiera a un espacio de encuentros formativos con los grandes pensadores, científicos, artistas, matemáticos, políticos y ciudadanos que han dejado su huella en la forma en que hoy comprendemos el mundo que nos rodea y nos entendemos a nosotros mismos como parte consciente de este mundo!

Al buscar la mejor escuela para nuestros hijos tratemos de averiguar qué tanto los docentes y la institución educativa entienden la educación como facilitación de encuentros formativos y en qué medida se esfuerzan en preparar a sus docentes para que sean capaces de promover estos encuentros desde la asignatura en la que son expertos.

Para que nuestros hijos vean cada clase, cada día de clases como la aventura de adentrarse en “…un libro de sueños sin límite de páginas, casi una vida entera platicada con nuestra pluma y letra con nuestras manos de olivos y esperanza…”

  • Esta serie de artículos se basa en las ideas desarrolladas en el libro: López Calva, M. (2006). Ambientes, presencias y encuentros. Educación humanista ignaciana para el cambio de época. En Cuadernos de Fe y cultura no. 21. Sistema Universitario Jesuita. México.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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