La mejor escuela para nuestros hijos II: presencias

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Martín López Calva

@M_Lopezcalva

“Que no sea su presencia
un número en la cifra inacabada
Dale una voz, Señor; no le des nada
sino voz para alzar toda su ciencia.
…dale voz y valor frente a lo oscuro
luego, déjalo solo, que ha nacido
para surcar el viaje hecho saeta”.

Julio Córtazar. Súplica.

¿Cuáles son los elementos de una buena educación en esta segunda década del siglo XXI? ¿Qué debe tener una escuela para formar personas capaces de desenvolverse en un mundo complejo y cambiante como el de hoy y como el que parece vendrá en el futuro? Estas son algunas preguntas que guiaban el planteamiento de esta columna la semana pasada para tratar de pensar acerca de lo que puede ser la mejor escuela para nuestros hijos, desde una perspectiva de educación personalizante.

Decíamos entonces que la mejor escuela no es necesariamente la que tiene las mejores instalaciones o equipos de cómputo, ni la que pide la lista de útiles más cara o hace los festivales o demostraciones más espectaculares para impresionar a los padres de familia sino la que reúne tres características no fácilmente edificables en una institución educativa pero esenciales para la formación de los seres humanos que requiere el futuro: ambientes constructivos, presencias[1] significativas y encuentros transformadores.

Desarrollamos en la primera parte de esta serie de artículos el primero de los elementos mencionados, es decir, la mejor escuela como el espacio que tiene los ambientes adecuados para educar. Plantearemos ahora el segundo elemento: las presencias educadoras.

Una buena escuela, una escuela que eduque a los ciudadanos que el planeta necesita y no solamente capacite a los empleados que el mercado demanda, tiene que ser una escuela en la que haya presencias significativas para los estudiantes. “El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros lo hace porque son testigos…” escribió ya hace muchos años el Papa Paulo VI y esto es algo que puede constatarse hoy en día: los niños y jóvenes ya no creen en los maestros o en las figuras de autoridad simplemente por ser figuras de autoridad. Los alumnos de hoy –y pienso que los de todas las épocas- creen en quienes dan testimonio y ejemplo de lo que predican, claman por personas consistentes, auténticas.

Por tanto podemos decir que una presencia educadora tiene como rasgo fundamental la autenticidad humana, que no es otra cosa que el diario esfuerzo y la capacidad en desarrollo de ser cada día más uno mismo, trascendiendo las máscaras, imitaciones o intereses. Por eso no importan los distintos temperamentos o los métodos diversos y aún los contenidos o campos temáticos. Una presencia educadora, comunica humanidad no importando los modos y los medios. Una presencia educadora deja huella más allá de que se olvide lo que enseñó.

Con mucha razón Einstein afirma que “la educación es aquello que le queda a la persona cuando se le olvida todo lo que aprendió en la escuela” y eso que le queda a la persona tiene mucho que ver con las presencias significativas de los educadores que sin importar la materia que formalmente enseñan, como afirma Savater: le enseñaron la asignatura más importante, le enseñaron a ser humano.

A pesar de que existen muchos estudios sobre los perfiles de los docentes, sus procesos de conocimiento y de toma de decisiones, sus historias de vida, los métodos predominantes o el tipo de relaciones que establecen con sus educandos, el análisis comparativo de las prácticas docentes efectivas no dará nunca información suficiente para comprender este fenómeno misterioso de la empatía, la comunicación profunda, el amor mutuo y el compromiso fraterno que se da entre un docente y su grupo de estudiantes. Este es un fenómeno, en palabras de Fullat, “metaempírico”, que tiene que ser estudiado y reflexionado filosóficamente.

En mi camino de formación he tenido magníficos profesores. Sin embargo y en primerísimo lugar, reconozco desde siempre a dos grandes presencias educadoras en mi vida: Carlos Castro Páramo con su eterna juventud y su espiritualidad salesiana siempre congruente con la pedagogía del acompañamiento cercano, de la convivencia alegre, del ánimo fraterno y del esfuerzo por hacer de la vida una auténtica aventura. Ricardo Avilés Espejel, el pop, como lo conocimos sus amigos-discípulos o sus discípulos-amigos. El pop que era la sabiduría en el sentido profundo y trascendente,  la comunicación siempre presente de significado personificado que enseñaba la autenticidad con la vida y no con los libros.

Como yo, probablemente ahora tú que estás leyendo estas líneas estarás recordando a esos maestros o maestras que fueron presencias educadoras en tu trayecto formativo. Sin embargo igual que yo, podrás reconocer que estas presencias no fueron la regla sino la excepción en una institución como la escuela mexicana en la que muchos docentes no están ahí por vocación sino por necesidad de un empleo y no son por tanto educadores auténticos sino instructores más o menos capaces.

La vocación es sin duda el motor que genera y mantiene vivas a las presencias educadoras auténticas, escasas pero presentes en casi todas las escuelas y niveles educativos del país.

Según el investigador estadounidense David Hansen, la vocación tiene dos características fundamentales: autorrealización y aportación social. En efecto, según este autor, un profesor tiene vocación educadora cuando encuentra en su práctica cotidiana elementos para su crecimiento y realización personal y está convencido de que a través de su trabajo está aportando elementos de mejora y transformación social.

De manera que una presencia educadora se nutre de estos dos elementos. Un profesor será una presencia educadora si cultiva su vocación, es decir, si cuida que no se pierdan los elementos de asombro que le brindan desarrollo a su persona y los elementos de preocupación y sensibilidad social que le aportan ese ánimo y pasión por la transformación social desde el aula.

Si buscamos entonces la mejor escuela para nuestros hijos, tratemos de indagar cómo anda la institución que investigamos en profesores que sean presencias educadoras, testigos creíbles, significado personificado para los educandos. Si queremos la mejor escuela para nuestros hijos, tratemos de que sea aquella en la que se cuide constantemente el cultivo de la vocación de sus docentes: de sus razones para vivir como educadores, de sus motivos para luchar por una sociedad mejor desde la educación.

Y si nosotros, docentes comprometidos con nuestra labor queremos ser presencia significativa para nuestros alumnos, pongamos atención a nuestra vocación, trabajemos día a día en nuestra búsqueda de autenticidad humana y unámonos a la súplica de Cortázar para que no sea nuestra presencia “un número en la cifra inacabada” y que tengamos voz para “alzar toda nuestra ciencia”, “voz y valor frente a lo oscuro” de nuestro horizonte nacional y que podamos “solos, surcar el viaje hechos saeta”.


[1]  Esta serie de artículos se basa en las ideas desarrolladas en el libro: López Calva, M. (2006). Ambientes, presencias y encuentros. Educación humanista ignaciana para el cambio de época. En Cuadernos de Fe y cultura no. 21. Sistema Universitario Jesuita. México.

 

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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