“Aquí nadie baila sin mi permiso”

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Eric David Montero

@ericdmontero

“Mi abuelo decía que tuviéramos cuidado cuando trabajáramos aquí en Santiago Acatlán, los cabrones se ponen celosos de las mujeres, se sienten sus dueños. Cuidado y les dirijas la mirada o salgas a bailar con ellas porque ya te quieren matar”, dijo Enrique, el trompetista que ya lleva poco más de 20 años de músico y ha pasado de todo, pero nunca se vio en un momento tan bochornoso.

El fervor guadalupano se asoma desde el 8 de diciembre, día de la virgen de la Concepción y también de la de Juquila. Misas, tamales, peregrinaciones ciclistas, mañanitas y borracheras en centros de trabajo, colonias populares y parroquias son la muestra.

La marmolera donde este año nos contrataron no era la excepción, más de 40 trabajadores se presentaron para festejar a La Virgencita de Juquila y también a la Guadalupana. Todos con las manos surcadas, algunos con el polvo del mármol en el cabello y la ropa, porque trabajaron algunas horas por la mañana para que la empresa no perdiera.

En la federal Puebla-Tehuacán hay varios lugares que se dedican a la extracción de mármol. Están en medio de terrenos de zacate amogotado listo para la pizca, exactamente en el tramo que pertenece a Santiago Acatlán, un pueblo “muy cerrado y que no entienden razones”, según platica la gente de municipios vecinos.

Los mariachis esperábamos que empezara la misa, y como todo buen músico de rancho sabes que después del rito católico viene la comida: carnitas, barbacoa recién salida del horno, tortillas hechas a mano, pancita y cervezas, y muchas veces los lugareños te atienden mejor que a los invitados.

Al final de la misa tocamos la monótona canción –y que mi madre me perdone, pero es que sí es muy aburrida- de “La Guadalupana”, y mientras tocábamos el cura que llegó a oficiar cobró 500 pesotes por el rito, si hace el mismo 10 veces en ese día al final acabó con 5 mil pesos sin despeinarse.

Cervezas para un lado y otro, una canción tras otra: “toquen Las Botas de Charro, ahora Sin Fortuna, por favor Cien Años para el chino, Gema para mi señora, por favor”, decían los empleados. Algunas de las tantas que pidieron no nos las sabíamos, a veces piensan que los mariachis son como sinfonola, y que puede uno tocar la canción que se les ocurra.

“Señores mariachis denme un momento por favor”, dijo el dueño de la marmolera de cuyo nombre prefiero no acordarme. “Quiero que todos los presentes le demos las gracias a nuestra madre María, porque ella es una sola, nomás que en diferentes manifestaciones: la Virgen de Guadalupe, la Virgen de Juquila, la de San Juan de Los lagos. Pero es una sola, así que por favor les pido den un aplauso a nuestra madrecita querida. Pueden continuar señores músicos”.

Era un tipo delgado moreno, ojos rasgados, estatura media, vestido de guayabera y pantalón de vestir.  Sabrá Dios cómo perdió la mano derecha. En cada palabra que articulaba imponía su autoridad ante los trabajadores que escuchaban cabizbajos su discurso poco coherente.

“Señores hagan el favor de sentarse a comer, pidan lo que quieran. Ustedes ordenen”, dijo y volvió a sentarse a tomar brandi con sus compadres. También daba consejos a los jóvenes empleados que se le acercaban: “mira, yo por eso no tomo, máximo 3 cervezas y ya. Ahorita porque es día de la virgen me tomo mis copitas si no, ni me emborrachaba”.

Las mujeres iban y venían con los platos llenos de comida. Uno de nosotros llamó a una y le pidió más arroz. En ese momento el dueño volteó y con la mirada un poco enardecida le dijo “aquí el único que puede llamar a las mujeres soy yo. ¿Qué es eso de que  ya la está llamando y le habla despacito y en el oído?”. Enrique soltó la carcajada y nadie hizo caso del comentario.

En 20 minutos terminamos de comer y siguieron pidiendo canciones, la mitad de los asistentes se retiró. Pero aún había forma de mejorar el ambiente.

Pidieron Caminos de Michoacán, una de las mujeres se animó a bailar con un compañero, luego otro sacó a la comadre del mero patrón. No quería, el mariachi insistió y la jaló del brazo hacia la pista improvisada.

La tensión ya se sentía, algo iba a salir mal en algún momento pero no se sabía qué, ni cuándo. La canción terminó y una voz interrumpió el ambiente.

“Señores y señoras, les pido su atención por favor. Esta es una fiesta de todos, de ustedes trabajadores y principalmente para nuestra madrecita la Virgen María. No se vale que jalen a mi comadre, aquí nadie baila sin mi permiso. Absolutamente nadie, y tú antes de sacarla a bailar debiste pedirme mi autorización. ¿A ver por qué no me sacaste a bailar a mí?”.

Los que conocían el temperamento de aquel hombre sabían que hablaba en serio. La mujer que no quería bailar y al final cedió, sólo bajó la cabeza.

“Señores mariachis, no se vale que hagan eso, yo los respeto mucho a ustedes, pero por favor no lo hagan. Hay que respetar al sexo femenino. Y a ti te digo con todo respeto, para la otra que quieras hacer esto tienes que pedir mi autorización, y si quieres algo con ella dile de otra manera y en otro lugar; te pido de favor respetes a María, respetes al sexo femenino y respetes tu traje que portas.”

Enrique pidió la palabra y sólo alcanzó a decir que era parte del show, para hacer más ambiente y no  con el afán de faltar a alguien. Pero lo interrumpieron: “Yo pedí mariachis no show. Si quiero un show contrato a unos payasos. Así que por favor sigan tocando como se debe, y como diría Sara García ora mis mariachis trompas de hule a darle”.

El ambiente continuó tenso, pero nadie dijo nada hasta el final del contrato, cuando el trompetista recordó las palabras de su abuelo y dijo al representante del grupo que en Santiago Acatlán se sienten todos poderosos, y más los que tiene  dinero. “Si hay trabajo acá, ni me invites, que se vayan a la chingada”.

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