Hace algunos días tuve la oportunidad de toparme con un amigo de la preparatoria al cual no recordaba, la palabra topar puede interpretarse como un encuentro fortuito con un obstáculo, y creo sentir que así fue el tropiezo, puesto que la generación con la que me deformé en tres años de catarsis permanente, no guardo ningún sentimiento de añoranza. Esto me hizo pensar en las personas que lejos de mí, pero paralelo a mi vida, luchan por salir adelante anclados a una realidad difusa que no me pertenece. Sin embargo, la reflexión cayó en tierra infértil, pues sólo me hizo pensar que aquel sujeto era uno más dentro del montón de cuerpos que pululan en un espacio en común, no teniendo nada que ver con ellos, tanto en su futuro, como en su pasado.
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Quizá jamás llegue el momento en que de tantas palabras que emerjan de nosotros, el mundo se hastíe y escupa. No pasará porque a las palabras se las lleva el viento, se las traga la nada. Las palabras nos conminan a ser en sociedad, somos peces que luchamos por salir de la red donde nos tiene atrapados. Las demasiadas palabras deberían llevarnos al silencio, y sin embargo avanzamos porque creemos que entre más decimos, más sabemos. Esto mismo pasa con la idea de la escritura. ¿Por qué escribimos? ¿Por qué siendo joven se escribe? Quizá por rebeldía, por encontrar un camino distinto al impuesto. Generalmente pienso esto cuando conozco que alguien de mi generación, quiero decir, del mismo año que nací, se inmiscuye en la palabra y comienza a plasmar ideas; pero que más allá de la escritura, nos hace partícipe de sus lecturas. Ahí es cuando comienza el problema. Cuando trato de hablar de libros, me siento un arrogante sin sentido, cuando comienzo a leer una novela, me siento un flojo. Y es que no puedo mirar la vida desde otro punto cuando me han cercado, y sigo siendo el pez que tragó el anzuelo y deseo convertirme en el manjar de los codiciosos.
No escribo porque me detengo cuando el deseo de hacerlo me sorprende, en todo caso busco otras instancias que me hagan desistir: las drogas, el alcohol, el sexo, el amor. Todo aquello que haga cambiar el pensamiento de escribir, es bienvenido.
Pero de algo estoy seguro, guardo voluntad para cuando diga: es momento; y aunque el momento tarde en llegar, la idea de escribir es para mí una esperanza.
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No sé por qué no hablo de mi generación. Pero diré que las generaciones me tienen sin cuidado porque no me identifico con nadie, para mí, escribir a los 27 años tiene mucho de valor como de ingenuidad. Pero en este mundo del progreso, cualquier piedra funciona.
Prefiero hablar de mi época que de mi generación, más de situaciones vagas que de lo concreto, porque abarco más y niego menos. Cuando encuentro algún sujeto que tiene la misma edad que yo, me conmuevo porque existe un claro ejemplo de que la vida nos descompone. Quizá tenemos algo en común aparte del espacio en el que vivimos, quizá tenemos la misma preocupación por vivir, o quizá le importa nada que tengamos algo en común.
Comienzo negando la palabra, pero es la misma que me obliga a escribir lo que ahora expreso. Lo que pasa es que al enfrentarse a diario con miles de ideas, ya ninguna nos pertenece.
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No puedo expresarme diletantemente, porque ahora más que nunca, escribir se me hace una pérdida de tiempo.
Los libros seguirán siendo la mejor oferta para la lectura, porque en internet, la pantalla es un contenedor simultáneo a millones de realidades, y una lectura como esta, pasa desapercibida.
Quizá mi carácter pesimista haga que escriba así, con este tono, pero no me voy a retractar. Me gustaría que los lectores entusiastas se multiplicaran para que no existieran sujetos como yo, que piensa que todo se encuentra sujeto a las leyes más penosas del universo, y que lleva como bandera la famosa frase de Voltaire “Nadie ha encontrado ni encontrará jamás”
Pero, de un momento a otro, el viento matutino y romántico, hace que reverbere en mi mente la voluntad de hacer, de reformar el cuestionamiento donde me pregunto, ¿para qué escribir?
Deseo a toda mi generación una buena vida, que los escritores de 27 años encuentren el camino de la salvación por medio de la publicación de sus obras y que encuentren lectores ávidos, sujetos que presionen para sacar el jugo de aquellos piensan hacer de la palabra su casa.
Raúl Picazo tiene 27 años y trabaja en Profética, Casa de la Lectura. Edita la Revista Traspatio y tiene esperanza en el futuro de las maquinas.
EL PEPO