Alejandro Badillo
El boom latinoamericano, aquel movimiento que vendió novelas como pan caliente y que puso de moda el realismo mágico tuvo como virtud el apadrinar novelas fundamentales en la narrativa latinoamericana. Poco se podría entender de nuestra historia literaria sin las novelas exuberantes de Vargas Llosa, la bohemia parisina de Cortázar, las historias a ritmo caribeño de Alejo Carpentier o los trucos de magia de García Márquez.
Seix Barral, Biblioteca Breve, 1era edición, 2003.
Pero olvidados del boom, lejos de los reflectores y la propaganda, hubo escritores cuya obra no se ciñó a los criterios editoriales de moda, escritores que permanecieron ajenos a los temas exigidos por un público ávido de reencontrarse con el paraíso perdido latinoamericano: revoluciones, guerrilla, dictadores, pueblos perdidos en la selva, mujeres hermosas e irreales. Algunos de los escritores olvidados por el boom, como Julio Ramón Ribeyro y Juan Carlos Onetti, lograron una resonancia tardía; otros como Antonio di Benedetto y Juan José Saer a pesar de ser estudiados y conocidos en los círculos académicos siguen esperando que la historia los coloque en el lugar que merecen.
Juan José Saer (1937-2006) escritor nacido en Santa Fe Argentina, autoexiliado muchos años en Francia, escribió una obra cuyo único compromiso fue la experimentación y el trabajo con el lenguaje. Glosa, una obra de madurez dentro del corpus del autor, es un buen ejemplo de esto: la historia recrea el encuentro de Ángel Leto y El Matemático, dos amigos que comentan las incidencias de la fiesta del poeta Jorge Washington Noriega, una fiesta a la cual no asistieron pero que reconstruyen con referencias provenientes de otras personas.
La plática los conduce por los tres capítulos de la novela: 1. Las primeras siete cuadras. 2. Las siete cuadras siguientes. 3. Las últimas siete cuadras. Así, la novela avanza mientras los personajes caminan, mientras invocan la memoria de otras personas. Saer logra en Glosa una novela cuya peripecia es la reconstrucción obsesiva de una fiesta, su foco narrativo es el testimonio que va sufriendo distintas metamorfosis a lo largo de las veintisiete cuadras.
A la manera de las últimas novelas de Beckett (pienso en la trilogía francesa: El Innombrable, Molloy y Malone Muere) los personajes se justifican por su discurso, pero, a diferencia de los personajes del discípulo de Joyce, donde la narración sigue un flujo lineal, en constante avance, los personajes de Saer vagabundean a través del tiempo, yendo de atrás a adelante, balbuceantes, siempre dudando. Para Saer la realidad es un banco de arenas movedizas y por eso la interrogan, la reducen, la diseccionan con la minuciosidad de un cirujano.
Glosa es un buen ejemplo de literatura cuyo único compromiso es las posibilidades del lenguaje, la pugna por disolver la trama para ir en busca de la indagación y la memoria. Saer pareciera decirnos que la literatura, como la vida, no es un sitio de certezas, sino de una fuente constante de preguntas y de búsqueda.
Columnas Anteriores
[display-posts category=»el-increible-devorador-de-libros» posts_per_page=»-1″ include_date=»true» order=»ASC» orderby=»date»]