El imperio de la neomemoria, de Heriberto Yépez

Alejandro Badillo

@Alebadilloc

Tijuana, sitio experimental, lugar de una cultura impredecible, híbrida; sitio de paso, lugar predilecto de la nota roja y de los cadáveres apilados como leños a la orilla de la carretera, es la base de la escritura, también experimental, también provocadora, de Heriberto Yépez (Tijuana, 1974). A través de una obra que abarca ensayo, poesía y narrativa, el tijuanense reflexiona y deja preguntas sobre el cruce de culturas en una frontera en permanente ebullición donde el fenómeno migratorio ha sido caldo de cultivo de múltiples expresiones culturales y políticas. En El imperio de la neomemoria Yépez utiliza a Charles Olson, poeta y ensayista norteamericano, autor del mítico libro sobre Herman Melville, Call Me Ishmael, escrito durante la Segunda Guerra Mundial y publicado en 1947, como hilo conductor para indagar las entrañas de la cultura americana. El imperio de la neomemoria, es un amplio ensayo que abreva de las fuentes originales del género: aproximación, prueba, intento. En vez de sustentar un férreo aparato teórico, donde todos los conceptos están perfectamente dibujados, conectados, sin fisuras; Yépez basa su apuesta en la filosofía y en el psicoanálisis de los fenómenos culturales no para ofrecer respuestas contundentes sino para sembrar inquietudes, dudas, ideas. Usando como escenario la biografía de Olson, Yépez esboza distintas aproximaciones a occidente (Oxidente, dice él, en referencia a algo desgastado, cubierto de herrumbre), que escapan a los juicios definitivos y buscan en las palabras, en el lenguaje, una nueva posibilidad, una nueva dimensión para aguijonear al lector para provocarlo, no instruirlo.

Editorial Almadía, 1era edición, 2009

Yépez sigue los avatares de Charles Olson, que indaga el imperio norteamericano a través de la mirada de Melville. El imperio representado por un territorio amplio, una llanura inmensa, proteica, desconocida, pero lista para domesticar; lugar donde los americanos sembraron las bases de un imperio que se expandió voraz después dela Segunda GuerraMundial y que, ahora, víctima del agotamiento del modelo económico, enfocado en una producción lineal y expansiva, está dando los primeros coletazos de una anunciada y, quizá, larga decadencia. Un callejón sin salida. En este punto Yépez lanza otro dardo interesante: con la mentada globalización, las nuevas tecnologías de información, la desaparición de fronteras, ¿por qué la mayoría de los escritores mexicanos no se han ocupado del imperio, aún inmenso, que pesa demasiado en la cultura mexicana?

Estados Unidos, bajo la lente de Melville-Olson-Yépez, es un ente siempre en expansión, siempre mítico, pero voraz en sus significados, que se consume cada vez más rápido. Yépez construye un nuevo mito, una nueva simbología que se renueva a cada momento, que tiene que reinventarse para seguir existiendo. Yépez, sobre todo, está interesado en retratar la sustitución, la impostura, la falsedad, conceptos recurrentes, por ejemplo, en las obras de Philip K. Dick, pero que también están presentes en forma obsesiva en el cine, la música, la fotografía. Una nueva dictadura que uniforma y que, como un rey Midas, vuelve efímero, inservible, lo que toca. Los trazos de Yépez cruzan la frontera para analizar el imperio, van una y otra vez a la escenografía, a la unión artificial. También el imperio, según Yépez, muy al estilo de Borges, es un sitio donde está en crisis el tiempo y la memoria. Estos dos conceptos, en las últimas décadas, han dejando una marca en occidente. Pienso en El palacio de los sueños obra del escritor albanés Ismail Kadaré, donde una férrea dictadura controla los sueños de sus súbditos para tener un completo dominio sobre los deseos, pero también sobre la memoria y el tiempo. Esa historia, trasladada a occidente, nos da el escenario de una nueva dictadura, disfrazada de exceso de información, del culto a la velocidad, a la vacuidad de la imagen. Yépez, en El imperio de la neomemoria, busca retorcer las entrañas, tomar una fotografía de un occidente en crisis, al contrario de otros escritores que, desde la comodidad del cliché, utilizan la frontera para vender libros amparados en el folclor de la violencia, novelas que imitan un narcocorrido o una postal de Jesús Malverde.

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