Alejandro Badillo
En las últimas décadas el aumento en el número de viajes ha convertido al turista en una especie numerosa que está a la espera de los periodos vacacionales para acudir a las agencias de viajes, migrar y acabarse sus ahorros en fotos y recuerdos “made in China”.
Tatiana Escobar aborda en Sin domicilio fijo una perspectiva interesante del turista y del papel del viajero con una revisión de la llamada literatura de viajes y sus continuas metamorfosis a lo largo de la historia. En un mundo en que cualquier paraje exótico está a la vuelta de la esquina siempre y cuando se tenga suficiente tiempo y dinero, el libro de viajes tradicional –aquel en el que el escritor contaba las mil peripecias sufridas para llegar a salvo a su destino – ha cambiado por llamativas guías de viaje que ofrecen la experiencia homogénea de un parque temático o algún paraíso tropical perfectamente adaptado a las expectativas de los ávidos compradores.
La autora pasa revista a un género aparentemente escondido entre los bestsellers tradicionales pero que igualmente vende un gran número de ejemplares a nivel mundial. De las maravillas contadas por Marco Polo a la guía comprada en el aeropuerto, la autora cuenta la manera en que el viajero enfrenta su periplo. Entre los muchos ejemplos que ofrece Sin domicilio fijo destaca la metodología de dos escritores simbólicos de la literatura de viajes moderna que evidencian la forma de afrontar el turismo: Bruce Chatwin y Paul Theroux.
El primero –famoso por usar las emblemáticas libretas Moleskine– privilegia en sus libros la experiencia de visitar un lugar lejano y la convivencia con los lugareños, pero omite por completo las particularidades del viaje. Theroux forma parte del bando contrario: en El viejo expreso patagónico narra la experiencia del traslado en tren desde Estados Unidos al extremo sur del continente americano.
El 26 de octubre de 1958 Aerolíneas Mundiales Pan-American anunció el despegue de un jet Boeing 707 que volaría de Nueva York a París con 123 personas a bordo. Este evento marca un punto de quiebre en la historia de los viajes no por el hecho de realizar un vuelo trasatlántico sino porque, desde entonces, la popularización de los boletos de avión gracias a su abaratamiento impulsó la venta de tours a cualquier parte del mundo a un creciente número de turistas que podían darse el lujo de “conocer” un país lejano en tan solo una semana.
Después de la lectura de Sin domicilio fijo y de conocer la extensa genealogía de autores que han visitado el género, nos queda la sensación de que un buen viajero debe deshacerse de la artificiosidad de la agencia e internarse, como sucedía antaño, sin ningún plan preconcebido, a territorios salvajes.
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