Alejandro Badillo
William Faulkner, escritor norteamericano (1897-1962) dejó una visible huella en las letras latinoamericanas del siglo pasado. Autores como Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y, sobre todo, Juan Carlos Onetti, le deben gran parte de su técnica y recursos narrativos. Autor de una obra vasta, difícil de clasificar, Faulkner fue considerado durante mucho tiempo un escritor sensacionalista y oscuro. Novelas como Santuario, publicada 1931, en la que se relata con lujo de detalles una violación contribuyeron a la fama de Faulkner de autor difícil. Incluso Harrison Smith, editor de esta novela, le escribió después de leerla: “Dios mío, yo no puedo publicar esto. Ambos terminaríamos en la cárcel”. Después de Santuario seguirían novelas fundamentales como Luz de Agosto y Absalón,
Alianza editorial. 1era edición, 1999. Traducción de J. Napoletano Torre y P. Carbó Amiguet
Absalón, muestras claras de que Faulkner, además de escribir historias complejas, donde abundan saltos en el tiempo, narraciones paralelas, cambios de narrador; era un autor con una personalísima forma de narrar, donde los adjetivos se acumulan una tras otro y las frases se entrelazan en un discurso extravagante y rebuscado.
The hamlet, traducida como El villorrio y publicada en 1940 es una novela representativa de Faulkner. La novela está centrada en la familia de los Snope, inmigrantes del norte de Estados Unidos que llegan a buscar fortuna a un sur devastado por la guerra civil, sumido en la pobreza. Pero como sucede en la poética de Faulkner lo que uniforma la novela no es un tema, ni una historia convencional donde el lector siga las peripecias de un personaje; lo que da forma a El villorrio es la tensión, el fracaso de los personajes que navegan entre el simbolismo, el pecado, la culpa y que en la pluma de Faulkner su larga caída adquiere dimensiones épicas.
Como en Las palmeras salvajes donde hay dos historias paralelas, cuya explicación -confesaría después Faulkner- no es en un sentido narrativo, sino de un “contrapunto estético”, en El villorrio tenemos un montón de historias que se van entrelazando, que gravitan alrededor de la familia Snope pero que no tienen un centro definido. Es con la mirada de otros personajes (Ratliff, el vendedor ambulante; Will Varner, miembro de una familia de granjeros venida a menos) como construye Faulkner su novela. El relato deviene en una polifonía de voces y acontecimientos: el idilio de un joven trastornado con una vaca, la búsqueda fracasada de un tesoro. A Faulkner no le interesa contar una historia clara, donde un evento sea necesariamente consecuencia de otro. Faulkner quiere transmitir con la palabra imágenes, impresiones sensoriales, una idea de narrativa que influyó a las siguientes generaciones de escritores.
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