Flor Coca Santilllana
Ahora que recorrí una vez más la 6 poniente–oriente, en el centro histórico de Puebla, me vinieron a la mente muchos recuerdos y tristezas. En esa calle, casi en la esquina de la 5 Norte, vivía uno de nuestros compañeros de la Facultad, un hombre brillante, admirado y respetado, ya que además de ser un excelente estudiante, era el prospecto más sólido de un revolucionario. Éramos muy jóvenes y los finales de la década de los setenta se nos venían encima. Recuerdo algunas noches que pasamos discutiendo acerca del marxismo en su pequeñísimo departamento de esa vecindad de la 6 poniente y al calor de unas cervezas y él de sus tequilas, nos hablaba de su país, Nicaragua y de cómo iba a participar en la revolución sandinista para tumbar al dictador Anastacio “Tacho Somoza”.
No cabe duda, la división no es sólo por los puntos cardinales; este–oeste o para ubicarnos mejor, oriente–poniente. Es entre la pobreza, la marginalidad, lo feo, y entre el Progreso, como el nombre del colegio ubicado en el exconvento de Santa Clara, la limpieza, lo hermoso.
Del lado poniente, es decir, de 5 de mayo hacia la 11 norte, una gran cantidad de comercios que te venden zapatos, vestidos de fiesta, teléfonos celulares, bolsas y un sinfín de artículos baratos. No podían faltar las fondas y los puestos de zaguán que venden antojitos, como el de Carmelita Caballero, que nos cuenta: “este puesto lo heredé de mi abuelita que se llama Julia Hernández, ella lo atendido 80 años, ahora tiene 97 y yo 26 de trabajar aquí”. La vecindad está en la 6 poniente 319.
¿Y hay muchas personas en las noches? pregunto. “No, a partir de las 8 de la noche, estas calles están desiertas. Bueno, no todas, nos dice con una sonrisa. Más adelante hay muchos clientes, pero eso es en la 9 norte, aquí sólo somos comerciantes”.
En estas calles las casas son pobres, deterioradas, ruinosas, como el pobre hotel, el Sevilla, entre la 9 y 11 norte, en el que las “muchachas alegres” venden no caro su amor, como escribió el maestro Lara, sino barato, como lo amerita el lugar.
Del otro lado del exmercado y ahora centro comercial, los ojos se nos llenan con las vitrinas llenas de dulces de Santa Clara: tortitas de Santa Clara, camotes, borrachitos, macarrones, reinas de coco, marinas de piñón y de nuez, nubias, picones, limones, cocadas de horno, entre otros, en los comercios que pueblan la zona.
Muchos extranjeros vienen a esta zona, por los dulces, nos dice Susan Lesney, vendedora de la Flor de Santa Clara. “Pues yo creo que vendemos más o menos 30 cajas de dulces diariamente”.
Vuelvo a andar las calles y dos dudas no me dejan seguir tranquila.
Una, por qué Roger Miranda, nicaragüense, traicionó a sus compatriotas y se hizo agente de la CIA.
La otra, es: ¿ante tanta pobreza, maltrato y vejaciones, en que lugar de su corazón, esas muchachas de la 6, guardarán su alegría?
Octubre de 2011
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Felicidades a Flor Coca por su participación en este espacio. Excélente crónica para conocer la ciudad de Puebla desde su gente, su pasado y presente, y que manera de rematar su artículo con esas dos preguntas que nos remueven las entrañas; ojalá que próximamente nos dé algunas pistas para, cuando menos, tratar de contestarlas.......... si es que se puede.
Alfonso Hickman
oigan faltó hablar del cine pardavé y de sus cucarachas y ratas! ... buena crónica, hablen más de las calles de Puebla!